16 Historias conmovedoras que por un segundo nos regresan a nuestra despreocupada infancia

Historias
hace 4 años

Todos tuvimos una infancia, y para cada uno fue distinta. Por momentos triste, en ocasiones divertida, pero siempre única y lejana. En este artículo queremos recordarte esa hermosa época, cuando los árboles eran altos y los padres jóvenes. Y lo que nos ayudará a lograrlo son las historias contadas por personas comunes, reunidas en la comunidad "Oído por ahí".

Genial.guru advierte que después de leer estas 16 historias te puede dar un irrefrenable deseo de sumergirte de cabeza en la nostalgia.

  • Mi mamá me contó una historia: de pequeño, ya sabiendo usar la bacinilla, fui con mis padres a visitar a mi tía. Yo hablaba poco, casi siempre estaba en silencio. Todos estaban sentados en la sala, mientras yo trataba modestamente de atraer la atención de mi tía. Ella hablaba activamente con los invitados y apenas notaba mi presencia. Entonces salí de la habitación y unos minutos más tarde regresé con una olla cubierta con una tapa. Sin decir nada, le entregué el objeto a mi tía. Ella la abrió y entendió que ahora su utensilio de cocina favorito era mi nuevo orinal. Los invitados estallaron en risas. Yo quedé satisfecho con la atención de todos.
  • Una vez, nos reunimos la familia completa: mamá, papá, hermano mayor y yo. Nos pusimos a recordar nuestra infancia. Y entonces mi hermano dijo: "Cuando vivíamos en el segundo piso, yo tenía 6 o 7 años, sentía un deseo irrefrenable de saltar desde ese nivel de la casa con un paraguas". Y mi papá bajó modestamente el rostro y dijo en voz baja: "No funciona... El paraguas se da vuelta por el viento...".
  • Tengo mucho miedo de usar un ascensor, aunque la razón es ridícula. Cuando tenía 4 años, mi abuela y yo regresábamos a casa del mercado donde habíamos comprado un matamoscas que ella había guardado en una bolsa medio abierta. En un momento dado, ese objeto cayó en la brecha entre el ascensor y el piso, y mi abuela no encontró nada mejor que bromear acerca de que el transporte se lo había comido. Por supuesto que a la edad de 22 años me di cuenta de que no era cierto, pero por alguna razón sigo teniéndole terror a los ascensores.
  • Cuando era chica, tenía una amiga que se llamaba Male. Y ella tenía un hermano que se llamaba Ale. Cuando la llamaba por teléfono y atendía su madre, manteníamos aproximadamente el siguiente diálogo:
    — Hola, ¿está Male?
    — ¿Ale?
    — Male, por favor.
    — ¡Ale-eee-eee, teléfono, te están llamando tus novias!
    — Hola.
    — Ale, llama a Male.
  • A todos los niños les trae regalos Santa Claus, pero a mi prima se los traía el Erizo. Antes llamaba, por supuesto, para averiguar qué quería ella, y luego cambiaba unas piñas por dinero. En el bosque había un sistema de cambio de piñas por dinero en el "peñómetro", como el de reciclaje de botellas de los humanos. En toda la infancia de mi prima, su papá no fue descubierto ni una sola vez. Creo que ella creyó en este Erizo hasta los 15 años.
  • En el lejano 1993, hubo un momento en que las empresas pagaban los sueldos con diferentes cosas, productos y otros objetos. A mi mamá le dieron como remuneración una enorme caja de hojas secas de laurel. Como no teníamos despensa, esta terminó en nuestra habitación, debajo de mis juguetes y una casa de muñecas hecha a mano. Cada vez que en la cocina se terminaba el laurel, mi madre me pedía que sacara un paquete nuevo de la preciada bóveda. Mi infancia estuvo saturada con el olor de esa especia. Con el tiempo, la caja comenzó a vaciarse, los paquetes se guardaron sin piedad en los estantes, los juguetes se mudaron a un nuevo estante, y luego al desván. Y ayer se terminó el último paquete de ese producto. Se ha ido toda una época...
  • Esta historia me la contó un amigo. De niño vivió con su abuela y se negaba a comer carne. Entonces ella le decía: "Bueno, come puré con pan negro", y le ponía una albóndiga en las manos. Y toda su infancia él comió eso engañado. La abuela estaba contenta y no le pedía que tomara algo de carne. Y cuando fue a la ciudad, pedía llorando pan negro de verdad. Y nadie podía entender que había que darle una albóndiga.
  • En la infancia, me encantaban las cajas registradoras de juguete. Tenía como 3, algunas incluso con unos sensores que leían los códigos de barras, algunas con comida y cestas pequeñas. No me gustaba jugar sola, y siempre molestaba a mi madre para que estuviera conmigo. En un momento dado, en lugar de actuar como una compradora normal, comenzó a hacer de abuelas gruñonas, y me gritaba que yo pasaba los productos con demasiada lentitud, que pesaba mal, que la engañaba con el cambio. Yo me divertía, por supuesto, pero ya no quise volver a jugar a las compras con ella.
  • En el kínder, me cambié a mí misma de mi grupo a uno mayor. Sucedió un día en que me pusieron de servicio en el comedor y me obligaron a poner los platos y las cucharas sobre las mesas. Yo era muy perezosa, y pensar que tendría que volver a hacerlo durante el refrigerio de la tarde me ponía muy triste. Así que después del paseo, subí las escaleras hasta el segundo piso, donde estaba el grupo de los más grandes. Todavía no entiendo cómo fue que aquello dio resultado.
  • Esto pasó en mi infancia, cuando tenía 3 años. Escuché esta historia de mi madre. Ella estaba en la cocina, preparando la cena, y me veía agarrar de a uno los palitos de maíz y llevármelos a la habitación. Le dio curiosidad ver qué estaba haciendo. Cuando me siguió, vio la siguiente imagen: yo le ponía los palitos de maíz en la boca de mi padre dormido, y se ablandaban con la saliva hasta convertirse en una masa espesa. ¿Cómo se me habrá ocurrido aquello?
  • Cuando yo era pequeña, nos mudamos a un departamento en un edificio nuevo. Y me gustó un chico vecino. Entonces tomé un trozo de asfalto y escribí una confesión de amor en la recién pintada pared de la entrada del lugar. Y no tuve mejor idea que firmar con el número de nuestro departamento. Mis padres se cansaron de atender a los indignados vecinos. Como resultado, al día siguiente compraron pintura del color de la pared y me mandaron a pintar mi vergüenza. Durante mucho tiempo más seguí siendo el hazmerreír del edificio...
  • Hace poco volvía a casa por un vecindario de hogares de 2 pisos y vi la siguiente escena: un niño de unos 5 años frenó la bicicleta cerca de una de las casas y gritó: "Luu-uu-uu, sal a jugar". En la ventana apareció una niña igual de pequeña y le dijo: "Vete, no saldré hoy, iremos al mercado con mi abuelo". Él: "¿Pero por qué? ¿Qué, no puede ir solo?". La chica: "No me va a dejar, ¿quién me va a cuidar entonces?". El niño: "Bueno, dile que yo te cuidaré, solo saa-a-al". Enseguida recordé mi infancia. ¿Acaso siguen existiendo niños así?
  • Un día, mi mamá tenía que ir a trabajar antes de lo habitual, por lo que me llevó al kínder a las 5 de la mañana. El vigilante nos dejó entrar y me quedé en la oscuridad, jugando tranquilamente. Después de un rato me dormí, y me desperté por un grito salvaje de la maestra. La pobre abrió las puertas del lugar y adentro estaba oscuro, no debería haber nadie, pero allí estaba yo, durmiendo entre los juguetes. Pensó que me habían olvidado allí y que había pasado toda la noche sola. Después le dijo a mi madre que pensó que la despedirían y que le harían un juicio por aquello.
  • Me encanta hacer pasta casera. Para mí, este es un recuerdo familiar muy cálido, cuando mi bisabuela todavía estaba viva y con toda la familia hacíamos raviolis con diferentes rellenos y escuchábamos sus historias. Me dejaban hacer una figurita en la masa y luego cocinarla. Recuerdo ese gran plato de pasta casera caliente, y enseguida parece que toda la familia se ha reunido y que todos están vivos. Es una pena que esa tradición familiar sea cada vez menos frecuente en nuestra cocina.
  • Toda mi infancia y adolescencia estuve enamorada de un vecino. Siempre me pareció que no era lo suficientemente interesante para él. Leí mucho, aprendí 4 idiomas, me gradué de la universidad con las calificaciones más altas. Y un día, comenzamos a salir. Pasé el primer año en euforia, el segundo... en perplejidad. Lo dejé porque estaba terriblemente aburrida: él no sabía ni una sola lengua extranjera, no leía libros en absoluto, no estaba interesado en nada. ¡Pero le sigo agradeciendo por inspirarme a educarme!
  • Tengo 15 años. Campamento de verano. Noche. Bebemos entre cinco, de una sola taza, una sopa de preparación rápida, nos reímos y nos contamos secretos en un fuerte susurro. Soy joven, estoy enamorada y feliz. Tenemos toda la vida por delante. En algún lugar zumban los mosquitos, afuera de las ventanas hay un bosque de pinos y un cielo estrellado sin límites. Huele a té. Alguien corre por el pasillo. Ahora tengo 23 años, todo eso está en el pasado, alrededor hay otras personas, la vida es diferente... Pero cada vez que me compro una "taza de sopa", regreso a ese verano de 2010, y no hay nada más sabroso en todo el mundo.

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