La vez en que casi pierdo mi vuelo por andar llevando recuerditos en el equipaje de mano

Historias
hace 2 años

Viajar en un avión implica estar atento a muchas cosas. Tienes que ir preparado con tu identificación, tu pase de abordar y, sobre todo, debes saber perfectamente qué puedes llevar en tu maleta para que a la mera hora no te hagan dejar ahí tus pertenencias. Por eso siempre conviene no llevar más cosas de las necesarias, para no estar sufriendo en el filtro de seguridad.

En Genial.guru escribimos esta breve historia que nos contará Ramón, el mapache sobre su experiencia a la hora de lidiar con la seguridad en los aeropuertos.

¿Cómo están, amiguitos? El día de hoy vengo con tristes noticias. Hace poco llegué de un viaje muy bonito, me fui a descansar a las playas del Caribe; son tristes noticias porque no me acompañaron a tan bellas vacaciones.

La verdad, la pasé muy bien, pude asolearme hasta quedar bien bronceadito y pude visitar a los cocodrilos que viven por ahí cerquita. No les voy a mentir, fue un paseo inolvidable; lamentablemente, como todo lo bueno llegó a su fin y ahora tenía que regresar a la triste realidad.

Un día antes de regresar a mi humilde morada, me habló mi mamá por teléfono, lo cual la verdad se me hizo muy raro, porque normalmente cuando salgo de vacaciones se olvida de que tiene un hijo. Pero como soy un buen retoño, contesté la llamada.

—Hola, mijito, ¿cómo te trató la vacación? Espero que estés muy bien, oye, quería pedirte un favorzote. Es que fíjate que Lucerito, la señora esa que te he contado de mi club de costura, no me cree que andas de paseo y entonces para demostrarle que sí es cierto, te voy a encargar que te traigas un molcajete de allá.

—¿Un molcajete? ¿En verdad un molcajete será la diferencia entre que Lucerito del club de costura te crea o no?

—Mira, no cuestiones mis métodos y tráeme mi molcajete ultramegapadrísimo, que yo acá te lo pago.

Como sabía que jamás iba a ganar la batalla sobre cuál era la mejor manera de demostrarle a Lucerito que estaba yo de vacaciones, acepté llevarle su molcajete y terminé la llamada.

Ahora, justo un día antes de que tuviera que tomar el avión de regreso, tenía que encontrar un bendito molcajete, que para quien no sepa lo que es eso, es como una licuadora de piedra, muy tradicional. ¿De qué le iba a servir eso a mi mamá? Yo tampoco lo sé.

Antes de perder más el tiempo, comencé mi ardua búsqueda, que en realidad duró muy poco, ya que en el primer lugar a donde entré a preguntar, me ofrecieron un hermoso molcajete que sería el afortunado de mostrarle a la famosa Lucerito que yo sí andaba de paseo.

Cuando llegué al hotel, guardé los tres trapos que llevaba y el supermolcajete dentro de mi mochila, porque estratégicamente me llevé una mochila en el avión para no tener que pagar una maleta documentada. Ahí donde me ven, soy todo un erudito nato de las finanzas.

Y pues ahora, después de comprar el molcajete, aunque quisiera no podría documentar ninguna maleta, porque ya no traía dinero más que para el taxi que me llevaría al aeropuerto.

Al otro día, guardé todas mis cositas y emprendí el camino rumbo al aeropuerto. Al llegar, una señorita me preguntó si no iba a documentar ningún equipaje y le dije que no. La señorita, al ver mi mochila, que estaba a punto de romperse de tanto peso por el molcajete, me vio con una cara juzgona y me deseó un buen vuelo.

Aunque, amigos, déjenme decirles que la aventura apenas comenzaba. Como soy una persona a la que le gusta correr riesgos, había llegado algo tarde al aeropuerto y mi vuelo estaba a escasos 15 minutos de despegar.

Así que la situación era esa, 15 minutos en el reloj y yo aún tenía que cruzar seguridad y llegar corriendo hasta el avión. Cuando me formé en la fila de seguridad, me tocó esperar detrás de una señora mayor que no llevaba ninguna prisa por llegar a su destino; ese fue mi primer obstáculo.

Cuando por fin me tocó pasar por el filtro de seguridad, me detuvieron porque al parecer llevaba algo prohibido dentro de mi mochila, por lo que inmediatamente llegaron varios policías más a ver qué estaba pasando. ¡Qué horror! Yo ya sentía que iba a salir en el noticiero por tanto policía que había ahí. Cuando el oficial me dijo que abriría mi maleta para ver qué era lo que llevaba adentro, estuve de acuerdo, y en el momento en que la abrió, todos los oficiales se asomaron a ver cuál era el objeto tan peligroso que llevaba yo.

Al ver que lo más peligroso que yo podía hacer con el molcajete era una salsa, se comenzaron a ir los oficiales. Pero tuve que comenzar una terrible negociación con el señor justicia:

—Híjole, joven, es que no va a poder pasar con eso.

—¿Pero por qué no, oficial? ¿Qué daño podría hacerle yo a alguien con eso?

—Es que aunque no está escrito, va en contra de las reglas que están ahí en el reglamento, y pues no se va a poder.

En lo que estaba discutiendo con el señor justicia que si podía o no pasar con mi supermolcajete, logré escuchar a lo lejos lo peor que cualquier viajero puede llegar a escuchar en el aeropuerto, una voz en las bocinas del aeropuerto que decía: “Esta es la última llamada para el señor Ramón Mapachón para que aborde su vuelo antes de que cerremos las puertas del avión y lo abandonemos a su suerte, ¡córrale!”.

Al escuchar eso, tuve que tomar la decisión más difícil de mi vida y abandonar en manos del señor justicia mi molcajete nuevecito, pero logré llegar al avión justo antes de que cerraran la puerta.

Durante todo el vuelo nomás me iba imaginando la regañada que me iba a poner mi mamá por no llegar con su molcajete, pero más que nada, lo creída que se sentiría Lucerito al pensar que tenía razón, pero ni modo, no todas las batallas se pueden ganar, amiguitos.

En este caso, de lo único que me puedo sentir orgulloso es de que, cuando viajen en avión y vean un molcajete en la vitrina de las cosas que no se pueden llevar en la cabina, yo soy el culpable de ello. Casi casi es como formar parte del salón de la fama del aeropuerto, así que ya tienen un amigo famoso, guapetones, ahora me pueden presumir con quien quieran. Ya me voy a seguir haciendo del mundo un lugar mejor, ahí se ven, amigos, adiosito.

¿Cuál fue la cosa más extraña que viste que alguien quería subir a un avión?

Imagen de portada Sonsedskaya / depositphotos

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