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Una historia de vida de una niña mal vestida que, con mucha gracia, les cerró la boca a todos los que la ofendían

El hecho de que no son las cosas lo que embellece a una persona es algo que todos hemos escuchado desde la infancia. Pero, al mismo tiempo, también sabemos que una persona es juzgada, en primer lugar, por la ropa. Por lo tanto, no hay nada vergonzoso en el deseo de lucir atractivos, especialmente si eres una colegiala que no quiere vestirse peor que otras compañeras de clase. Pero, ¿qué pasa si la familia no tiene la oportunidad de comprar atuendos bonitos? ¿Hay que pedir un vestido nuevo con lágrimas en los ojos o preocuparse en silencio por usar lo mismo todo el tiempo? De la historia de la vida de la psicóloga Anna Kiryanova, queda claro que ni una ni la otra.

Genial.guru quedó conmovido por esta historia porque demuestra que en cualquier situación es importante no desesperarse y no esperar la misericordia del destino, sino tomar todo en tus propias manos y cambiar tu vida para mejor.

Érase una vez, una niña que tenía un uniforme escolar. Todos tenían uniformes escolares. Un vestido marrón y dos delantales: uno negro, para todos los días, y uno blanco, para los días festivos. También tenía un vestido: a cuadros, de lana. Bueno, tenía otra ropa, por supuesto: para la educación física, para el verano, hasta unos pantalones de esquí. Pero para las fiestas escolares, la niña se ponía un vestido a cuadros. No tenía otro. Un vestido a cuadros amarillos. Medias grises. Y zapatos gastados.

La niña tenía dos hermanas menores más, su papá las había dejado y había formado otra familia, la madre trabajaba sola. Así que, solo había un vestido. Y la niña se ponía su vestido a cuadros amarillos e iba a la fiesta escolar. Primero leían poesía, hacían pequeñas puestas en escena y luego comenzaban los bailes. La maestra se quedaba sentada en una silla junto a la ventana, bebiendo té, y los adolescentes bailaban. Y a veces el profesor de educación física se asomaba por la puerta del aula: ¿está todo bien? ¿No hay ningún exceso? ¿Están todos bailando correctamente? Todos amaban las fiestas escolares, por supuesto. Era lo más romántico de su vida y, a veces, hasta pasaban lentos.

Pero algunas compañeras miraban con recelo a la niña. Y, una vez, una chica vestida a la moda, llamada Irene, dijo burlonamente: “¡Ya te queda chico!”. Y era verdad. Las mangas realmente ya le quedaban cortas. La falda también había sido alargada por su mamá. Y usar siempre el mismo vestido a cuadros amarillos es un poco triste.

Eli, así se llamaba la niña, no demostró que los comentarios y las sonrisas de algunas chicas le dolieran. No lloró en su casa, exigiendo un vestido nuevo. No comenzó a tener complejos y no dejó de ir a las fiestas, que se celebraban dos veces por trimestre. En cambio, lo que hizo fue inscribirse en un club de baile. Y comenzó a aprender a bailar, a veces con gracia y belleza, otras incendiaria y chispeante, eso dependía de la música. Y estudió enérgicamente. Luego fue a otra fiesta escolar y bailó tan bien que todos miraron su baile y después aplaudieron. ¡Simplemente no podían quitarle los ojos de encima! Las clases de baile hicieron que la figura de Eli se cincelara, sus movimientos se volvieron suaves, sus ojos se iluminaron, su cabello se esparció sobre sus hombros... Y nadie le prestó atención al vestido que llevaba puesto. Qué zapatos y que medias tenía. Era completamente irrelevante. Todos la veían bailar. Y todos los chicos querían bailar con ella. Y el vestido a cuadros perdió absolutamente toda la importancia.

Y con esta chica sucedió otra cosa: resultó ser una bailarina muy talentosa. Comenzó a ser invitada a concursos y actuaciones. ¡Y le regalaban vestidos! Un día, Eli llegó a una fiesta escolar y pidió que pusieran la grabación de música que trajo. Y se cambió de ropa en el baño, no había otro lugar. ¡Oh, cómo salió de allí! Todos se congelaron. Eli tenía puesto un vestido para el baile de Carmen. Las medias negras gruesas eran el sueño de todas las chicas de la época. Elegantes zapatos brillantes con pequeño tacón. Y un vestido negro y ceñido con lentejuelas y falda ancha que revoloteaba en el enérgico baile, y Eli, que con sus piernas y manos hacía movimientos impresionantes con música ardiente. ¡Fue genial, maravilloso!

Y luego volvió a ponerse su pequeño vestido a cuadros amarillos. Dobló con cuidado el traje español de Carmen. Y se fue a casa con un guapo chico del equipo de hockey. Comenzaron a ser amigos y andar juntos, como se decía entonces. Cabe mencionar que la chica vestida a la moda que se había burlado de Eli le aplaudía junto con los demás. Y se movía al ritmo del baile de Carmen. Y miraba con admiración. Ella no era mala, esa Irene, algunas chicas son simplemente así. No les disgusta lanzar una piedra cada tanto. Pero, como puedes ver, la piedra no hizo más que beneficiar a Eli. Lo que hay que hacer no es exigir un vestido nuevo, sino lograr el éxito por sí mismo. Entonces aparecerán los vestidos. Y sonarán los aplausos. Y entusiasmados gritos de “bravo”. Y el murmullo de los envidiosos, por supuesto. Pero no se trata del vestido, esa es la verdad.

Más tarde, después de la escuela, Eli se convirtió en una famosa bailarina. Y se fue a otro país, porque, bueno, ¿tal vez le resulta más interesante vivir allí? Y yo recordé la historia de su único vestido a cuadros amarillos. Yo tampoco tenía muchos vestidos. Dos. Bueno y el uniforme escolar, por supuesto. Que diversificó enormemente nuestro abundante armario.

La historia de vida de Eli nos impresionó tanto que hicimos la promesa de recordarla cada vez que una “chica vestida a la moda” trate de lastimarnos.