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Cómo cambié mi doctorado por convertirme en una maestra de Kung Fu

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A veces pienso que las personas que escriben frases inspiradoras acerca de los cambios radicales en la vida, jamás han cambiado las suyas. Como alguien que lo ha hecho en varias ocasiones, me abstendría de dar ese tipo de recomendaciones.

A mí en todo me ha ido bien hasta ahora, ¿pero les aconsejaría a los demás renunciar a todo? Lo dudo. Porque sé que es difícil y el hecho de que tengas la valentía de hacerlo no significa que después de esto te irá bien del todo. Aunque jamás sabes dónde tendrás suerte.

A los 33 años me mudé a Alemania. Dejé mi hogar, vendí mi auto, renuncié a mi trabajo en una universidad y de pronto me convertí en una inmigrante desempleada y, peor aún, de Europa Oriental. No es la suerte más envidiable para alguien que se había acostumbrado a viajar al extranjero como turista, pero, por lo general, como un académico respetado participando en alguna conferencia. Y aunque en la tierra natal de Schiller y Goethe mi vida estaba más o menos estable en el aspecto económico, mi mundo interior se convirtió en una pequeña filial del infierno. Tenía que cambiar algo.

En septiembre de 2013, a mis 34 años, viajé a China y me presenté en una escuela de Kung Fu en el Monte Wudang para estudiar un curso de 9 meses y obtener el certificado de entrenadora de tai chi chuan, un arte marcial que ahora es percibida por la mayoría de personas como una gimnasia curativa, sin sospechar lo que hay detrás de esta práctica.

En aquel momento tenía una pequeña experiencia de practicarlo (alrededor de un año y medio), una decena de películas de acción acerca del Kung Fu y unos 20 kilos de sobrepeso.

A partir de entonces mi vida cambió drásticamente. El primer año de estudios (9 meses se convirtieron en 12) pude crear varios libros acerca de cómo aprendes a sobrevivir en una situación de entrenamientos de 6-8 horas al día; acerca de cómo se siente estar completamente sola y ser rechazada a pesar de todos los intentos de caer bien; acerca de qué sucede con tu cuerpo, mente y alma cuando practicas algo que toca las capas más profundas de tu personalidad y, al fin, que nada de eso importa cuando encuentras tu verdadera vocación.

Viviendo en un espacio cerrado, no porque no puedas salir de la escuela, sino porque 6 veces a la semana de las 7 de la mañana hasta las 8 de la noche tienes entrenamientos, y claro que puedes faltar a uno o dos, pero entonces ¿para qué estás aquí?; estando en contacto con una cantidad de personas muy limitada, sientes cómo empiezas a perder capas como si fueras una cebolla, y comienzas a entender: ya no puedo sentir lástima por mí misma. Pensamientos como: "Soy tan pobre, infeliz y sola", "Nadie me quiere", "Estoy gorda", simplemente desaparecen de tu cabeza.

De pronto empiezas a comprender que si a alguien no le caes bien, no quiere decir que eres una mala persona. Es más, no significa que esa persona sea mala tampoco, simplemente a veces dos buenas personas no se agradan. Y esa no es ninguna tragedia. Al contrario, empiezas a valorarte y comunicarte solo con aquellas personas cuya compañía se te hace interesante y acogedora, con las que puedes ser tú mismo.

Mi maestro me impulsó a una importante reevaluación de todo el proceso del pensamiento. Le era difícil hablar en inglés, por eso cuando no entendía lo que le decía, me preguntaba: "¿Es importante?". Así me daba a entender que si dijera algo importante, se esforzaría para entenderme, y si no, no vale la pena esforzarse. De la misma forma empecé a evaluar todos los pensamientos que se me ocurrían y todos los motivos para preocuparse. "¿Es importante?", me preguntaba.

Un año después sucedió un milagro. Había gastado básicamente todos mis ahorros pero desesperadamente soñaba con seguir aprendiendo (empecé a entender que un año para Kung Fu no es nada). De pronto me dejaron en la escuela en calidad de ayudante del entrenador. Si hace 5 años alguien me hubiera dicho que trabajaría felizmente por comida y techo para dormir, me echaría a reír, pero nunca sabes qué sorpresas te da la vida...

¿Vale la pena renunciar a todo? ¿Cambiar la vida?
No conozco la respuesta a esta pregunta. Cada quien decide por su cuenta. Tuve suerte: vivo en una auténtica Narnia. Tengo una espada, un palo, un machete, un arco y una multitud de jóvenes hermanos de kung-fu de pelo largo. Ya no quiero salir en películas porque mi vida parece una película. Y me doy cuenta de que si no fuera por aquel insoportable año en Alemania, no existiría mi China mágica.

Sin embargo, dando paso hacia lo desconocido, siempre debes estar preparado a que algo no saldrá tal y como te lo esperabas. Todo será diferente pero, por lo mismo, más interesante. Aprender a no temerle a lo desconocido es la mayor hazaña que un hombre puede cometer.

Y yo aún tengo miedo. Pero he aprendido a actuar a pesar de eso.

Imagen de portada Masha Pipenko
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