Genial
NuevoPopular
Inspiración
Creación
Admiración
10 Confesiones de personas que sobrevivieron al Holocausto

10 Confesiones de personas que sobrevivieron al Holocausto

--4-
26k

Es difícil imaginar por lo que tuvieron que pasar las víctimas del Holocausto y que por algún milagro sobrevivieron. Con cada año que pasa quedan menos testigos de esta tragedia. Precisamente por eso debemos hacer todo lo posible para que sus recuerdos permanezcan con nosotros para siempre: como una garantía de que jamás volverá a pasar nada similar.

Genial.guru publica algunas historias narradas por los testigos de aquellos hechos horribles.

Teníamos tijeras. Les cortábamos el cabello. Tirábamos los mechones al piso, y esto no tenía que tomar más de 2 minutos. Incluso menos de 2 minutos, porque ahí atrás había una fila de mujeres que estaban esperando su turno. Así era como trabajábamos. Era muy difícil. Difícil porque algunos de los peluqueros reconocían en aquella fila a sus seres queridos: a sus esposas, madres e incluso abuelas. Solo imagínalo: tenían que cortarles el cabello pero no podían intercambiar ni una palabra con ellas porque hablar estaba prohibido. Si les hubiéramos dicho lo que les esperaba... que dentro de 5-7 minutos las meterían a las cámaras de gas, habrían entrado en pánico y de todas formas las habrían matado a todas.
La selección era la palabra más temible en el campo de concentración: significaba que las personas que hoy aún estaban vivas, estaban condenadas a ser quemadas vivas. ¡No te imaginas cómo me sentía! Sabía que iba a perder a mi mamá y que no podía ayudarla. Mi mamá me consolaba, diciendo que ya había vivido lo suyo y que solo se sentía mal por nosotros, los niños. Ella sabía que el mismo destino nos esperaba también a nosotros. Dos días después de la selección, a los condenados los mantenían en el bloque, los alimentaban al igual que a nosotros, y luego los llevaban al bloque de la muerte (el bloque A 25 a). Ahí reunían a los seleccionados de todos los bloques y los llevaban al crematorio. Las llamas en el cielo y el humo indicaban que aquel día, el 20 de enero, quemaron a muchas personas inocentes; entre ellas estaba mi madre. Mi única consolación era que también yo moriría y ella ya estaban liberada del sufrimiento.
Empezamos a pensar en la rebelión, en la venganza, y esto nos ayudó a sobrevivir. Todos estos planos no valían nada pero los discutíamos, soñábamos con cómo salíamos libres y cómo todos los nazis morían. Empezamos a buscar una manera, nos reuníamos en secreto. Aunque solo hubo unas cuantas reuniones porque teníamos que tener cuidado. Cuando regresabas de una reunión, sentías como si estuvieras haciendo algo, como si estuvieras intentando cambiar algo. Si lograbas hacerlo, bien. Si no, recibías una bala en la espalda, lo cual era mejor que terminar en la cámara de gas. Me prometí que jamás entraría a la cámara de gas, que empezaría a correr, a pelear, y al menos tendrían que gastar una bala conmigo. Así que empezamos a prepararnos y hablar de nuestros planes, y esto nos ayudó a sobrevivir. Verás, la idea de que tal vez nosotros podíamos tomar venganza por todos aquellos que no podían hacerlo por su cuenta, nos ayudó a sobrevivir.
Ellos, los nazis húngaros, llevaban a la gente a la costa, las ataban de tres en tres, y luego le disparaban al del medio de tal forma que los tres caían al agua. Si sabían que alguno se estaba moviendo, volvían a disparar para estar seguros. Nos ubicamos al otro lado del río, los nazis no nos vieron porque estaban ocupados atando y fusilando a los judíos. Teníamos autos con médicos y enfermeras, y más personas que tenían que sacar a la gente del agua. Éramos cuatro, tres hombres y yo, y saltábamos al agua. Gracias a que las cuerdas se enredaban entre los pedazos de hielo, lográbamos sacar a aquellos que aún estaban vivos. Pero solo pudimos salvar a 50 personas, porque luego nos enfriamos tanto que ya no pudimos hacer nada.
El 2 de enero de 1943 fui enlistado al equipo que se dedicaba a organizar las cosas de las personas que llegaban al campo de concentración. Una parte de nosotros se dedicaba a acomodar las cosas, otra, a organizarlas, y la tercera, a empacarlas para enviarlas a Alemania. Cada año enviábamos a Alemania 7-8 vagones con cosas. Las cosas viejas y desgastadas se enviaban a reciclaje a Memel y Lodz. Trabajábamos sin parar, día y noche, y no lográbamos terminar: había tantas cosas. Entre el montón de cosas infantiles encontré una vez el abrigo de mi hija menor Lana.
Se nos ocurrió hacer dos agujeros en la cerca, más bien, debajo de la cerca, de tal manera que los niños pudieran pasar al otro lado, quitarse la estrella de David de la ropa, intentar comportarse como una persona normal y ver si podían conseguir alimentos. De vez en cuando los niños lograban llevar al guetto algunos productos. Yo lo hice muchas veces. Fue muy arriesgado porque ellos tenían la orden de dispararles a los infractores. Pero yo siempre tenía suerte y muchas veces llevaba a casa pan, o una zanahoria, o un tubérculo de patata, o un huevo; y esto se consideraba una gran suerte. Mamá siempre me hacía prometerle que ya no me pondría en riesgo pero al final, nunca le obedecía.
Una niña de mi escuela también estaba en el guetto junto con su mamá. De pronto se enfermó de gravedad y la iban a deportar. Entonces todas nosotras, sus amigas, decidimos que cada día le íbamos a llevar una pequeña parte de nuestra ración diaria. No te imaginas lo que significaba en aquellos días compartir tu comida. Y también tenía un guante y nos daba mucho frío. Entonces todos nosotros nos poníamos ese único guante en turnos. Nos lo pasábamos para que todos al menos por algunos minutos pudieran calentar los dedos entumecidos de una mano. No sé de quién era el guante en realidad, pero lo encontré yo y lo convertí en el guante de todos. Cuando después de la guerra nos reunimos en Inglaterra con una de aquellas niñas, ella me preguntó: "Blanka, ¿recuerdas aquel guante?". Y le respondí: "Sí, lo recuerdo".
Logré sobrevivir de milagro. En la parte frontal de cada cabaña había un pequeño cuarto para los "blokalteste", lo cual significaba "jefe de cabaña". En esas cabinas se ubicaban cajas de pan. Una caja tenía la puerta defectuosa, y me escondía en esa caja volteada con el fondo hacia arriba. Un día pasó un guardia y pateó la caja. Afortunadamente, yo estaba tan flaco que la caja se movió. Así fue como sobreviví. Luego me escondí en la pila de cadáveres, porque en la última semana el crematorio ya no trabajaba y los cuerpos se ponían uno encima del otro. Ahí pasé la noche, y de día vagaba por el campo. El 27 de enero Birkenau se convirtió en uno de los primeros campos que fueron liberados. Así fue como logré salir con vida.
Recuerdo que estaba acostado en el suelo. Aquel chico dijo: "¡Dios mío! ¡Míralos!"... Ellos empezaron a levantar a la gente del suelo. Pero la mayoría ya estaban muertos. Aquellas pocas que estaban con vida, las empezaron a subir a sus camiones y llevarlas a hospitales o poner tiendas de campaña y meterlas ahí. A darles agua. Les daban alimentos de la Cruz Roja. Lo cual también era malo, porque cuando las personas recibían estas bolsas con comida, estaban tan hambrientas que no podían aguantar y se la comían toda. Cientos de personas murieron porque sus estómagos se habían desacostumbrado de recibir alimento. A mi lado había una persona, no sé, tal vez era un médico o algo, también estaba semi-muerto. Cuando le dieron esa bolsa, me dijo: "No comas nada. Si comes algo, morirás. Solo agarra aquel trozo de azúcar y métetelo en la boca, chúpalo. Solo eso puedes comer por ahora, lo demás no". Y tuvo razón.
Vimos de lejos cómo se abría la puerta, vimos una camioneta con 4 policías militares con uniforme inglés, con guantes blancos y gorros rojos. Estaban adentro de la camioneta, con sus rifles en las manos. Y atrás iba un camión con altavoces de los cuales se escuchaba: "Queridos amigos..." en idiomas diferentes. En alemán, en polaco, en idish, etc. "A partir de este minuto son libres. Están liberados por las tropas de los aliados. Los alemanes ya no tienen ningún poder sobre ustedes. Son personas libres". Todos alrededor estaban llorando. Fue una sensación increíble, difícil de describir. Las personas saltaban de alegría, se abrazaban y se besaban. Todos se echaron a correr hacia la camioneta. Los policías militares se bajaron, la gente las levantó en sus brazos y las llevó cargando alrededor de todo el bloque. La gente no se lo podía creer. Muchos todavía tenían miedo.
Imagen de portada Dennis Jarvis / flickr.com
--4-
26k