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19 Historias de personas que se toparon con una insolencia indignante y actuaron con contundencia

El mundo está repleto de vecinos descarados que se presentan en tu departamento a las tres de la madrugada para pedirte una pastilla, ancianas encantadoras que buscan comodidad a costa de los demás y amantes que creen que la fidelidad en una relación era importante solo en el siglo XVIII. Seguramente, te has topado al menos con uno de estos personajes en tu vida, aunque sinceramente esperamos que no haya sido así.

Antes de leer este artículo, Genial.guru te recomienda abastecerte de valeriana, ya que algunas historias son capaces de generar un tic incontrolable.

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Regreso a casa en mi auto desde las afueras. En una parada de autobús, hay una señora mayor de 50 años, junto a su nieta, que pide parar a los vehículos. Me detengo, y se produce el siguiente diálogo:

— ¿Me puede llevar a la ciudad? Le daré 80 centavos.

— Me queda en el camino, no hace falta el dinero.

Ella interrumpe:

— No, mejor, solo le daré 30 centavos. Su auto apesta a tabaco.

— Espere el autobús, adiós. © SinPodrugi / pikabu

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Suena el timbre, abro y encuentro al fontanero funcionario de la oficina de vivienda. Siguiente diálogo.

— ¿Puedo mirar la instalación del radiador para las toallas?

— Claro, sin problema.

Entra, mira y me dice:

— Bueno, vamos a cortar por aquí, voy por las herramientas.

— ¿Pero para qué cortarlo?

— El vecino de abajo está cambiando el radiador para las toallas.

— Muy bien, que lo cambie, ¿pero qué tengo yo que ver con eso?

— Bueno, hemos decidido cortar en su departamento. Primero, es más cómodo y, segundo, quedará más bonito.

Por lo que entendí yo: decidieron realizar esta conexión en mi apartamento para no estropear el “feng shui” en el cuarto de baño del vecino. Al final, por supuesto, les dije que cortaran cuanto quieran y cuando quieran, pero no en mi casa. © Redisport / pikabu

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Voy, ya de noche, en uno de los últimos microbuses. Tenía que bajarme en la última parada, pero todavía quedaban otras dos más y ya soy el último pasajero del vehículo. El conductor se da media vuelta:

— ¿A dónde vas?

— A “El Océano”.

— ¿Y si vas caminando? Tengo que ir a otro lado.

— Vale, entonces pagaré menos por el viaje.

— Pero si casi te he llevado.

— Yo también casi te he pagado.

Me pareció que en este momento por su cabeza pasaron todas las palabras malsonantes que sabía. © Sirmyan / pikabu

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En el trabajo, un empleado de unos 50 años, durante una conversación con su compañero, de repente se quedó en silencio y cayó inconsciente. Los hombres corrieron al servicio médico de la empresa. Allí, como siempre, había una fila para ir al médico, pero a ellos, por supuesto, les dejaron entrar.

La doctora agarró su maletín de emergencia y, al mismo tiempo, llamaba a la ambulancia. Pero de repente, a su lado se oyó la voz de la joven que había estado en consulta con la doctora:

— Doctora, ¿puede primero terminar de escribir mi receta y luego ocuparse de sus asuntos?

La doctora no le prestó atención a la chica y corrió hacia el paciente. El hombre acabó en cuidados intensivos, en estado grave. Accidente cerebrovascular. © Nastas21 / pikabu

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Hace poco, mi esposa y yo estábamos buscando una silla de paseo para nuestro hijo. Vimos un anuncio con una buena oferta: una carriola alemana, de segunda mano, y al alcance de nuestro bolsillo.

Llegué a la vivienda de la propietaria: un departamento costoso y enseguida percibí que en el pasillo albergaba tres carriolas. Resultó que tenía solo un hijo y varias carriolas para diferentes propósitos: una para ir al campo, otra para llevar en auto y una tercera para paseos cerca de casa. Enseguida me invadieron las sospechas.

Examiné la carriola en venta. Resultó que estaba muy desgastada: todos los rodamientos rotos, los remaches colgando, agujeros cosidos por distintos sitios. Ella, por supuesto, la preparó bien para hacer las fotos, incluso pintó de negro las gomas y las retocó un poco con Photoshop.

No la compré, obviamente. Al volver a casa, consulté su perfil de vendedora y allí estaban en venta 3 carriolas y otras 10 ya vendidas. © Bolshoi200 / pikabu

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Regresando de repente del trabajo, un conocido mío encontró a su mujer en la cocina con un tipo. Estaban fumando y tomando café. Todo habría estado bien, solo que estaban sin ropa interior.

Los miró y salió del departamento. Regresó una hora más tarde y comenzó a recoger sus pertenencias. El departamento era de alquiler. Al principio, la mujer estaba en silencio, para después soltar frases desde la cocina: “¿No me dirás nada? ¿A dónde piensas ir? ¿Eres un hombre o no?”. Él empacó sus cosas, llamó a un amigo y se fue a vivir con él temporalmente.

Tres días pasaron sin novedades y, después, la mujer lo llamó. Descolgó el teléfono y oyó una voz muy descontenta: “Maldita sea, ¿cuánto tiempo más va a durar tu espectáculo? ¿Por qué montaste un problema de una tontería? No estamos en el siglo XVIII. Todos viven así. Está bien si no te gusta, pero deberías haber avisado. No puedo mantener sola un departamento así. Puedes vivir con tu amigo, pero envíame el dinero para pagar el alquiler. Y también se agotó el papel higiénico. Y no pienso ir en autobús: cómprame un auto o llévame en el tuyo. Deja ya tus rabietas que no eres ninguna nena”. © shiftalt / pikabu

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Íbamos mis hijos y yo en un autobús interurbano. Mis pequeños, juntos (5 y 6 años), y yo, separada de ellos por un pasillo. Un detalle: mi asiento estaba cerca de la ventana. Estaba convencida de que podría cambiarlo sin problemas para no crear incomodidades. Una mujer muy corpulenta ocupó el asiento de al lado: no cabía en él y poco a poco iba invadiendo el mío (no había apoyabrazos entre los asientos). Cuanto más lejos me desplazaba, más sitio ocupaba ella. Yo guardaba silencio: me sentía incomoda si protestaba. No se me ocurriría pedir cambiar de emplazamiento. Mis hijos estaban ocupados con el teléfono, las bebidas y las golosinas estaban en sus mochilas. Pese a esto, en un momento, tuve que levantarme: oía muchos suspiros, quejas y lamentaciones. Al pasar tres horas de viaje, hubo una parada de 30 minutos.

Y entonces resultó que su hija y su nieto iban en la fila de delante. Junto a ellos, los asientos estaban libres y uno de ellos correspondía a esta mujer. Ella simplemente no quería molestar a sus familiares.

Nunca antes un autobús interurbano había oído unas palabras tan malsonantes. © pd351027 / pikabu

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Nos mudamos a este departamento hace apenas una semana y todavía no nos ha dado tiempo de conocer a nadie. Entonces, un día: por la mañana, aún no eran las 9, un sábado, me despierto, no hago nada malo, estoy tomándome un café. Suena el timbre de la puerta. Abro. En el umbral está un hombre calvo con una camiseta de tirantes.

— ¿Tienes un destornillador?

Ni hola, ni buenos días. Estoy alucinando.

— Sí, tengo.

— Dámelo.

Entonces empiezo a comprender que algo no anda bien. Le digo:

— Para empezar, buenos días. Después, ¿por qué demonios tengo que dárselo?

— Pues, necesito montar un armario.

— Móntelo.

— Dame el destornillador.

— ¿Pero por qué tengo que dárselo?

— ¿Te es tan difícil o qué?

— Hasta luego.

Cierro la puerta. Buenos días. © AlexAlpha / pikabu

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El camino a la entrada del centro médico pasa por el parque y precisamente en este camino se puso una mujer que vende cubrezapatos desechables. Es muy cómodo: te queda en el camino y el precio es dos veces más barato que en la clínica.

Hoy llegué justo cuando abrieron y vi a esta mujer cerca del laboratorio de análisis de sangre. Y la enfermera de repente comenzó a gritarle que si la volvía a ver, llamaría a la policía.

Resultó que el laboratorio entrega los cubrezapatos gratis a todos sus pacientes, y esta “empresaria” siempre llegaba a la hora de apertura, se llevaba un montón de la bandeja y comerciaba con ellos.

La mujer logró agarrar algunos pares y se fue corriendo. En el camino de regreso, en el parque, me acerqué a ella y le pregunté:

— ¿No te da vergüenza?

Ella me dijo groseramente que daba vergüenza sentarse sin hacer nada y lo que tenía ella era un negocio. © Pofinik / pikabu

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Publiqué en una página de segunda un anuncio con la venta de artículos para niños, muy variados. Me llama una compradora: “¡Uy, lo necesito todo! Sabe, tengo tres hijos y no tengo dinero, mi primer marido era malvado, también el segundo, y el tercero es un...”.

Total, con el intento 158 “acordamos” que viniera a verlos y probarlos. Llegó en un Nissan Murano e inmediatamente me pidió un descuento del 90 %. Me quedé en estado de shock. Le dije que a esto y eso le haría una rebaja, pero los zapatos, no, porque un par nuevo en tienda cuesta más de 100 USD y este solo lo había usado dos veces. Ella me dijo:

— Pero, realmente lo necesito, ¿acaso no lo entiende? ¡Tengo tres niños!

— Yo tengo la misma cantidad.

En silencio, volvió a probarlo todo con sus hijos. El más pequeño de los suyos, comenzó a lloriquear: “Quiero comer algo ahora mismo”. Ella soltó:

— ¿Estás cocinando sopa?

— Ehhh... Sí.

— Quizás, al menos, pueda darle de comer a mis hijos si le da pena hacerme un descuento para los zapatos.

Desde ese momento me convertí en una mujer maleducada. © Baby2013 / pikabu

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Trabajo de doctora en un centro de salud y en la sala de emergencias de un hospital regional. Alquilo un departamento cerca del recinto sanitario en un edificio donde el 90 % de sus residentes son ancianas. Las vecinas saben perfectamente a qué me dedico, por eso no se cortan en llamar a la puerta de mi departamento por cualquier tontería. Incluso siendo tarde. Hasta de noche.

Tratamos de luchar contra eso de diferentes maneras: no abriendo la puerta, mi esposo decía que yo no estaba en casa, también les decía que, cuando estaba en casa, no era doctora, sino una persona común y corriente que quería descansar. Era inútil: “Hija, mídeme la presión”, “Hija, mi nieto tiene fiebre, ven a verlo”, y así sucesivamente. El colmo fue que me llamaran a la puerta a las 3 de la madrugada para preguntarme si tenía una “pastillita de captopril”.

Por lo tanto, recurrí al método sucio de batalla: ahora respondo que la consulta cuesta 10 USD. Ya todo el edificio sabe que soy una chica descarada, una doctora repugnante, todos me miran con recelo, mientras que yo disfruto de un descanso relajante en el sofá al terminar mi turno. © MaryDG28 / pikabu

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Un familiar está haciendo remodelaciones en su casa, en un edificio recién construido. Lo siguiente, se desprende de sus palabras.

Hace poco, vino una mujer que vivía en el piso de abajo. Le dijo:

— Veo que su remodelación aún está en el proceso: aísle el suelo, porque penetra el frío en mi casa por el techo.

— Cualquier capricho, pagando usted.

— ¡Ni hablar! El departamento es suyo, haga usted todo por su cuenta.

— No es no.

— ¡Voy a reclamar!

— Mucha suerte.

No sé si acudió también a los vecinos que viven debajo de ella demandando que aíslen el techo y a los vecinos de los lados reclamando aislar las paredes, pero por alguna razón su relación con todos es extremadamente tensa. © wouldrather / pikabu

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El otro día, iba en el metro. Estaba sentado con los auriculares puestos escuchando música, un hombre en una silla de ruedas entró en el vagón pidiendo limosna. Se acercó a mí y me tendió la mano. Me quité el auricular (me resultó embarazoso), saqué monedas de mi mochila. En la mano tenía entre 5 y 7 monedas muy pequeñas y otro tanto de mayor valor. Escogí las monedas pequeñas y las puse en su mano. Entonces, me dijo: “¿Qué te cuesta dármelas todas? Eres muy joven, ¡todavía puedes ganar más!”. Y en ese momento me acordé de la historia donde un joven le dio a un hombre un dólar y este le pidió dos. En fin, le quité todas las monedas y me volví a poner los auriculares. Porque no había nada que negociar. © malinin / pikabu

Ahora es tu turno de contar cómo lidias con los groseros en la vida diaria.