De niña me perdí en una ciudad que no era la mía, y ahí conocí la bondad

Historias
hace 2 horas
De niña me perdí en una ciudad que no era la mía, y ahí conocí la bondad

Habíamos viajado esa mañana para visitar a una tía. La ciudad era enorme, llena de avenidas anchas y edificios tan altos que parecía que tocaban las nubes. La cantidad de autos me abrumó. Me gustaba mirar hacia arriba mientras caminaba de la mano de mi mamá, contando ventanas como si fueran cuadros, todo me daba alegría. En algún momento solté su mano. Solo un segundo. Ya no recuerdo qué me distrajo, pudo ser un perro, o alguien que daba un show de malabares.

Cuando me di vuelta, mi mamá ya no estaba.

Al principio no entendí lo que pasaba. Primero pensé que se trataba de una broma de mi mamá, pero ella no era de hacer esas cosas. Era una persona buena, que nunca se burlaba de nadie (menos de su hija pequeña).
Todo lo que veía era desconocido. Abrigos grises, bolsos, zapatos que pasaban frente a mis ojos sin detenerse. Empecé a caminar en círculos, llamándola cada vez más fuerte. Mi voz se hacía pequeña entre tanto ruido.

Sentí un nudo en la garganta y las lágrimas me nublaron la vista. La ciudad, que minutos antes me parecía emocionante, se volvió gigantesca y fría. Me senté en el borde de una fuente, abrazando mi mochila.

Fue entonces cuando escuché una voz tranquila.

—¿Estás bien?

Levanté la mirada con desconfianza. Era una señora que llevaba de la mano a dos niños de aproximadamente mi edad.

—Estoy perdida —dije—. No encuentro a mi mamá.

Ella asintió con seriedad, como si entendiera la gravedad del asunto.

—No pasa nada, vamos a encontrarla —respondió—. ¿Cómo se llama tu mamá?

Se lo dije. Por algún motivo, también le dije que éramos de un pueblo pequeño, y que estábamos ahí para visitar a un familiar, como si esa información pudiera servirle para encontrar a mi mamá.
Ella me sonrió y señaló un puesto de información que estaba a unos metros.

—Vamos a ir hasta allí. Siempre es mejor buscar a alguien que trabaje aquí para que nos ayude. Yo me quedaré acá hasta que encontremos a tu mamá.

En el puesto, una mujer con chaleco oficial de atención ciudadana me ofreció agua mientras hablaba por teléfono. La mujer, que seguía tomando a sus hijos de la mano, le explicó la situación con claridad.

Los minutos se hicieron eternos. Miraba a la multitud esperando ver un rostro conocido. Entonces, entre la gente, apareció ella. Su cabello, su manera de caminar, sus ojos llenos de angustia que al verme se llenaron de alivio.

Corrí hacia mi mamá y me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar. Yo también la abracé, prometiéndome en silencio no soltar su mano nunca más.

Mi mamá le agradeció a la mujer con una efusividad que en ese momento me dio un poco de pudor, pero que luego, ya de adulta, entendí.

No supe su nombre. No sé por qué decidió ayudarme. Esa mujer estaba ocupada con sus propios hijos, y sin embargo, me vio.
Cada vez que recuerdo ese día, pienso que en medio de una ciudad desconocida y ruidosa, encontré algo que sí reconocí: la bondad inesperada de un extraño que eligió hacer lo correcto.

¿Tienen una experiencia similar para compartir? ¿Algún extraño los sorprendió con su bondad amabilidad?

Comentarios

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Igual me pasó cuando tenía 13 años. En una ciudad donde no hablaban mi idioma, logré comunicarme con una pareja que me ayudó a llegar al hotel. ¡Fueron mi salvación!

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A mi me pasó ser la señora cuando tuve que ayudar a un niñito a buscar a su madre en el mall

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