¡Ayyy qué bonito! :) He estado en ambos lugares y sí, pedir ayuda no es debilidad... ¡y darla es un gran gesto! ¡Si podemos ayudar, deberíamos hacerlo!
Un compañero me demostró que la empatía es real en mi peor momento

Muchas veces, los gestos desinteresados de amabilidad y bondad llegan de parte de quienes no lo esperamos. Un lector de Genial compartió esta historia inspiradora.
Esta anécdota es de una época no muy buena en mi vida. Trabajaba, pero el sueldo no era bueno y a veces no llegaba a fin de mes. Abría la app del banco y me daban ganas de llorar. Para ese entonces, había pagado el alquiler, unas deudas viejas y ya no tenía más dinero. Y faltaban diez días para cobrar. La verdad, en esa situación, se me dificultaba tener esperanza y confiar en la vida.
Al principio pensé que podía aguantar. Tenía arroz, fideos, café, esas cosas. Con eso tiraba. Pero el tercer día ya me dolía la cabeza del estrés. No era solo la comida. Era el transporte, el celular, cualquier imprevisto que pudiera pasar.

En el trabajo trataba de actuar normal, pero por dentro estaba hecho polvo. Una tarde, un viernes, luego del trabajo, mis compañeros fueron a tomar algo a una cafetería. Yo dije que tenía cosas que terminar. Era mentira, no podía pagar ni un café.
Me quedé solo frente a la computadora, esperando que se fueran todos para irme a mi casa. Pero mi compañero Martín, con el que no tenía mucha relación, se acercó.
“¿Te pasa algo?”
Yo dudé, pero algo en su tono me dio confianza, y le largué todo. Le dije que estaba sin dinero, que me daba vergüenza, que no sabía cómo iba a llegar a fin de mes.
No se rió. No me juzgó. No me dio un discurso. Solo sacó su billetera y, mostrando una generosidad pocas veces vista, dejó unos billetes sobre el escritorio. Yo me quedé congelado.

“No, no puedo aceptarlo”, le dije rápido.
“Sí podés. Y cuando puedas, me lo devolvés”, respondió sonriendo.
No lo voy a hacer muy largo: con esa ayuda pagué el transporte y compré comida para la semana. Pude dormir mejor, pude concentrarme. Dejé de sentir ese nudo en el pecho.
Dos semanas después cobré. Lo primero que hice fue devolverle el dinero. Le llevé también una caja de alfajores. Él se rió y me dijo que no era para tanto, pero para mí sí lo era.
Ese momento cambió algo en mí. Entendí que pedir ayuda no te hace débil. Y que a veces un gesto pequeño puede salvarle el mes a alguien. Desde entonces trato de estar atento: si veo a un compañero callado, distinto a como suele ser normalmente, me acerco. Pregunto. Escucho.
Porque yo sé lo que se siente estar al borde.
Martín quizá no recuerde ese día como algo grande. Para él fue un favor simple. Para mí fue un salvavidas. Fue la prueba de que, incluso cuando todo parece oscuro, siempre puede aparecer alguien empático y dispuesto a tender la mano.
Si te está gustando este artículo, podría gustarte 12 Gestos de bondad que demuestran que todavía se puede confiar en la humanidad.
¿Conocen una historia similar? ¿Alguna vez alguien “les salvó el mes” con su amabilidad y empatía cuando lo necesitaban?
Comentarios
¡Por eso hay que saber administrarse!
Hermosa historia, y lo digno es que devolvió... hay otros que no, y solo saben pedir :/
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