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11 Historias que demuestran cómo la vida siempre guarda sorpresas para todos

Incluso si llevas un estilo de vida tranquilo y predecible, pese a eso, corres el riesgo de que algo te sorprenda en cualquier momento. Lo principal es que resulte agradable, o al menos divertido, tal y como le sucedió a la mayoría de nuestros protagonistas. Por ejemplo, una discusión de dos melómanos que será recordada durante mucho tiempo, no solo por ellos mismos, sino también por los que fueron testigos de la misma, o bien la historia de una empleada de un banco, cuyos compañeros resultaron ser unos verdaderos “detectives”.

Genial.guru recopiló para ti una nueva colección de historias reales de diferentes usuarios de las más populares comunidades de Internet.

  • Hoy, cuando salía de la tienda de electrodomésticos con una compra, el vigilante de seguridad me pidió que le mostrase mi recibo, algo habitual. Pero en las manos tenía una bolsa, y había guardado dicho papel en mi bolso. De repente, mi hijo se acercó y se colocó detrás de mí, quedando fuera del rango de visión del hombre. Cuando dije: “Sostén esto, vida mía”, el vigilante extendió rápidamente sus brazos. ¡Un sujeto corpulento y fuerte también necesita un poco de atención y palabras amables de vez en cuando!
  • Fuimos a la costa de vacaciones, y nada más instalarnos decidimos ir a la playa. Pero al llegar al lugar, descubrimos que estaba repleto de gente, ¡aquello parecía un festival internacional de rock! Fuimos a buscar un hueco en donde ubicarnos, y por suerte encontramos un rincón ideal cerca de un establecimiento hostelero, en donde incluso podríamos hacer una barbacoa. Ya estábamos a punto de poner nuestras esterillas, cuando de repente se acercó una pareja con un hijo de mi edad. Ellos también habían pensado colocarse en el mismo sitio. Nuestros padres empezaron a discutir, ¡estaban dispuestos a matarse por ese maldito lugar! Al final, colocaron sus mantas sin dejar espacio entre ellas. Estuvimos una media hora en silencio. Tras eso, alguien bromeó y comenzamos a comunicarnos. Ya llevamos 5 años de larga amistad.
  • Mi gato se acercó, muy contento, con un collar hecho a partir de una rebanada de pan. “¿Qué es eso?”, pensé. Fui a mi habitación y allí estaba mi loro con el mismo “accesorio”. Me di media vuelta y descubrí que nuestro perro, de raza Teckel, había “robado” una bolsa de pan. Además, se estaba comiendo el centro de una rebanada e intentaba poner su cabeza allí. Él fue el encargado que embellecer a todos los animales y ahora era su turno. Aparentemente, ellos planificaban una gran fiesta del pan con estilo hawaiano.

  • Tenía un auto con calefacción en los asientos, pero no funcionaba porque se le había roto el botón de encendido. Al buscar en distintas tiendas y páginas de segunda mano, encontré el ansiado interruptor. Al comprarlo, enseguida lo cambié, conecté todos los cables del viejo al nuevo y regresé a casa. Durante el camino, por supuesto, decidí comprobar cómo funcionaba, por lo que encendí el botón: calentaba perfecto, hasta sentía mucho calor. Estaba bien, funcionaba, así que lo apagué sin más. Sin embargo, cuando una semana más tarde aspiré debajo del asiento, me di cuenta de que los cables de ese botón no estaban conectados... A eso le llamo “el poder de la mente”.
  • Trabajo como profesora en una escuela. Siempre, cuando mis alumnos faltan a alguna clase, exijo una nota aclaratoria por parte de sus padres explicando los motivos. Ayer, una de las niñas trajo la siguiente justificación: “Estimada Sofía, te pido que perdones a mi hija por haberse ausentado ayer en la escuela. Estábamos leyendo juntas un libro, pero el final resultó ser tan triste que pasamos toda la noche llorando. Como buena madre, simplemente no podía dejarla ir a clases con la nariz y los ojos hinchados. Atentamente, la madre de Ana”. Podría haber escrito el título del libro al menos.
  • Cuando vamos a algún sitio, mi hermano (de 5 años) siempre pide el teléfono de mi madre o de mi padre para jugar, pero estos le dicen que se lo han olvidado en casa. Una vez, fuimos de vacaciones al mar en avión. Teníamos mucha prisa, llegábamos tarde, y solo al entrar al aeropuerto mis padres se dieron cuenta de que realmente se habían olvidado sus móviles. Y en ese preciso momento, mi hermano los sacó de su mochila y dijo lo siguiente: “Sabía que los olvidarían, por eso los traje yo mismo. ¿Puedo jugar?”.

  • Estaba sentado en un parque leyendo un libro, cuando un anciano se acercó y se puso a mi lado. Leía el periódico y no me molestaba de ninguna manera. Pero, de repente, me quitó un audífono de la oreja y se lo colocó en la suya. Me quedé tan estupefacto que ni siquiera pude mediar palabra. Y allí estábamos, sentados, cada uno con un audífono y con lo suyo para leer. Al pasar una media hora, se lo quitó, me sonrió y dijo: “Qué buena música tienen ahora, no como en mi juventud. Pásame, por favor, algunas canciones por Facebook. Gracias”. Después dejó su tarjeta de visita en mi libro y se marchó. Ahora estoy aquí sentado, eligiendo qué enviarle.

  • Mi vecina en la residencia de estudiantes trajo un gato pese a que estaba prohibido según las normas del lugar. En una ocasión, cuando la directora revisaba las habitaciones, este maulló, por lo que mi vecina comenzó también a hacerlo. Ante la mirada atónita de la supervisora, no tuve más remedio que intervenir: “Tiene trastorno bipolar”, dije. ¡Se salvó!

  • Trabajo en un bar como músico y recientemente fui testigo de una discusión bastante interesante entre una joven y un hombre del tipo “yo sé más”. La plática trataba de una obra clásica, ya no recuerdo cuál. Hablaban tan apasionadamente entre ellos que empecé a temer que llegaran a golpearse, por lo que me acerqué al dúo en caso de que la chica necesitara de mi ayuda. Pero antes de que yo llegase, el hombre dijo: “Niña, créeme, terminé la escuela de música”. A lo que ella respondió: “¿Ah sí? Que puedo decir yo, directora de una orquesta sinfónica, frente a un simple graduado”. Fin de la comedia, amigos. Todos los que presenciaron el debate lloraron de la risa.
  • De niño, pasaba el verano con mi abuela, la cual vivía en un país nórdico. Siempre le pedía que jugase conmigo, pero ella se cansaba rápido y me decía: “En cuanto oscurezca en la calle, volveré a jugar contigo”. Y así esperé varias veces. Esperaba y esperaba antes de que oscureciese. Al crecer fui descubriendo qué son las noches blancas...
  • “No esperaba que fueras así de descarada, Ana”, me dijo Nina, del departamento de contabilidad. ¡No entendía nada! Me ausenté del trabajo tan solo un par de horas. “¡Oh, ahí va la víbora!”, me decía con la mirada otra de las jefas. Al lado de mi mesa, sollozaba una mujer rodeada de mis compañeros. “Ahí está, mírenla, dijo que iba a llevar a su hijo al dentista y lo que hace es quedar con los esposos de las demás”. ¿Qué estaba sucediendo? Al bajar el nivel de los murmullos, escuché que esa mujer me consideraba la amante de su esposo, por lo que decidió hacer pública la situación. Le contó a nuestro departamento, repleto de mujeres, la historia de una víbora adultera. Le pregunté cómo había llegado a tal conclusión, y me contestó que yo siempre llamaba a su esposo, él se escondía y contestaba susurrando. Una posterior investigación demostró que, ciertamente, yo hacía algunas llamadas de vez en cuando a su marido desde el número de nuestra oficina, pero con el único fin de que pagara el préstamo que tenía con nuestro banco, el cual había pedido hacía dos años y había ocultado a su esposa. Me encantan los “Sherlocks” principiantes.

Estimado lector, tu vida seguramente es muy interesante. ¡Cuéntanos cosas sobre ti! Tal vez fuiste voluntario en una residencia de ancianos, viviste en Bangladés, trabajaste en un restaurante con estrellas Michelin en París, o simplemente quisieras decirle al mundo por qué es tan importante ir a recibir a tus seres queridos al aeropuerto. Escríbenos tu historia a redaccion@genial.guru bajo el título “Mi historia”.

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