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Un texto conmovedor sobre cómo cada uno de nosotros es el mejor en algo

Me llamo Olga Savelieva y un día fui a visitar a mi amiga Tania y me quedé estupefacta.
Todo es tan perfecto y tan hermoso que entran ganas de preguntar dónde se compra un boleto para ver este museo. Todo está tan limpio que entran ganas de sacar un bisturí e inmediatamente comenzar a operar. No es un departamento, sino un paraíso para los perfeccionistas.
Los libros están en orden decreciente por su tamaño. Las velas de varios colores en los estantes se combinan con el patrón en las cortinas. Bombones, en una cesta a juego con el papel de las paredes. Qué lindo...

— Lo siento, no me dio tiempo de ordenar—, me dijo mi amiga y ajustó un cojín decorativo, que yacía asimétricamente en el sofá a la última moda.

“¿Me está tomando el pelo?”, pensé. “¿Bromea?”.
— No pasa nada, encontraré el modo de aguantarlo—, le seguí el juego.

Yo misma no he vivido un solo día con tanto orden y, por lo visto, me temo que no lo haré. Mi casa es un lugar donde reina el caos: todos corren a algún sitio, dejan caer algo, olvidan sus tazas de té sin terminar; dos montones de calcetines asustados se asoman por debajo de la cama; creando un hermoso desastre están esparcidos por el suelo las muñecas (“¡Katia, recógelas!”) y los libros de texto de mi hijo (“¿Hiciste las tareas?”), que alguien ya quite la ropa del tendedero, ya ven que no tengo tiempo, estoy limpiando lo de la gata, que ha vomitado su pelo en el sofá.

Saliendo de casa para ir a visitar a mi amiga, dejé caer el perchero para ropa de abrigo en el que colgaba una montaña entera de prendas, y no siempre las de abrigo.

“Algo va mal conmigo”, pensaba, disfrutando del ambiente acogedor en el hogar de otra persona. “Probablemente, solo los superhumanos viven así, como si todo fuera una postal...”.
Yo nunca podré ser así.

Al día siguiente, por la mañana, tuve una discusión con mi hija. Ella tiene dos años y esta es la edad de la protesta continua.


En su kínder, tenían previsto tomar fotografías solemnes, por lo que se requería vestir con elegancia. Mi pequeña “noquieronada” rechazaba un vestido tras otro, exigiendo su “faldita” favorita, que eché ayer al cesto con prendas para lavar, cuando ella la acababa de manchar al comerse una sopa.
Le explicaba, rogaba, persuadía. Como resultado, acabé tirando la toalla, saque del cesto la faldita, en la que la sopa ya se había secado y se volvió invisible, por lo que inmediatamente hice feliz a mi hija. Se vistió con alegría y sin rechistar, feliz, fue al kínder.

El hermoso vestido lo llevé conmigo en una bolsa, por si acaso ella cambiaba de opinión.
En el kínder, en la zona de vestuarios, se aglutinaba una multitud de padres e hijos. Las niñas-princesas, con lazos y horquillas, con elegantes vestidos de gala, lloriqueaban porque “mamá trajo los zapatos equivocados” o “tengo calor”.
La mía corría por todas partes con su faldita “sopera” y se reía de un erizo de juguete.

Las mamás estaban hablando sobre si valía la pena planchar las braguitas y camisetas. La mayoría coincidía en que sí porque “la tela después del planchado se vuelve más suave” y, además, “yo plancho todos los días”.

Callada, me moría por la vergüenza. Jamás en mi vida he planchado un solo par de braguitas, ni las mías ni las de los demás y mi criterio principal a la hora de elegir la ropa es que sea cómoda y no se arrugue.
Una mamá, directamente, en el vestuario, planchaba a vapor... un lazo para su hija.

“Algo anda mal conmigo”, pensaba yo, contemplando los vestidos perfectos de las niñas. “Probablemente, solo los superhumanos viven así, planchando todos los días...”.
Yo nunca podré ser así.

Le di un beso a mi hija en la cabeza. Olía a carne. La sopa era de guisantes.
— Katia, ¿te pongo el vestido? ¡Hermoso! ¿Quieres?
— ¡No, no quiero! — se negó mi princesa.
No insistí más. Quiero que salga en la foto de buen humor, como está ahora. Y no hermosa, pero tras haber llorado. Después de muchos años, contemplaré esta fotografía y disfrutaré de su dulce sonrisa coqueta y sus ojos brillantes, y ni siquiera me daré cuenta de la falda olvidándome de la sopa.

De camino al trabajo, pasé por el salón de Julita para maquillarme. Julita, por cierto, está a punto de cumplir 50 años, pero aparenta unos 25. Por eso, Julita y no Julia.
Cuando la vi, le pregunté:
— ¿Tú duermes en la nevera, Julita? ¿O comes manzanas rejuvenecedoras? ¿O tienes un retrato de Dorian Gray que envejece por ti?
Porque es imposible lucir así cuando ya tienes casi medio siglo.
— Esto es bótox, nena. Gimnasia facial. Cosmetología. Por cierto, tú también deberías. Mira, ya tienes muchas arrugas mímicas— , dice Julita, quien, acercándose a mi rostro, aplica la base de maquillaje sobre mis espinillas.

“Algo anda mal conmigo”, pensaba yo contemplado su piel perfecta. “Probablemente, solo los superhumanos viven así, siempre luciendo jóvenes y con frescura...”.
Yo nunca podré ser así.

Después, ya maquillada, fui corriendo al trabajo. Más precisamente, a una reunión con mis lectores. Hace poco se publicó mi segundo libro y ahora tengo reuniones con aquellos que me leen, bromeando desde el escenario y siempre, con un entusiasmo incrédulo, firmo autógrafos: “¿Realmente le gustó?”.
Hago aquello que me gusta y además me dan las gracias por ello, ¡pura felicidad!

Después del encuentro, llegué al vestidor y me agaché para cambiar mis zapatos por unas botas. Resultó que di la sensación de que me estaba escondiendo.
Dos señoritas se acercaron al vestidor. Estaban charlando con entusiasmo y al principio no me di cuenta de inmediato de que se trataba de mí.
— Cuando contemplo a esas personas, creo que algo anda mal conmigo—, dijo una.
—Sí, yo también—, la entendía la otra. —Si yo tuviera que salir, moriría allí mismo, en ese escenario. Y ella bromea, se ríe, como si no estuviera delante del público, sino en su propia casa. La miro y pienso: “Estos son algún tipo de superhumanos. ¡Nunca podré así!”.

Salté del vestidor gritando “¡Podrás!”, me di un golpe en la rodilla y asusté a las chicas. Milagrosamente, no rompí el vestidor.
— ¡Podrás! ¡Podrás! ¡Podrás!—, grité, frotándome la rodilla dolorida. —Pero hay un “si”...
— ¿Cuál?—, sonrieron las chicas.
— ¡Si quieres!

Mi amiga Tania es diseñadora y su casa es su tarjeta de presentación. Crear esta tarjeta de presentación ocupa todo su tiempo, fuerza y ​​talento, porque su trabajo es vocacional.
Queda tiempo solo para hacer ejercicios porque debes estar a la altura de una casa así. No quedan horas para nada más, pero Tania está contenta de que cada día lo pueda dedicar por completo a su trabajo favorito, que sus clientes la aprecien, que tenga muchos proyectos...
Es su elección y eso la hace feliz.

Y la vocación de aquellas mamás del vestuario es ser madres. Vivir por y para los intereses y necesidades de sus hijos.
Crecen tan rápido estos niños que muy pronto las hijas e hijos ya adultos irán a una cita, por lo que estas madres aprovechan el momento ahora y disfrutan de la posibilidad de planchar vestidos y braguitas para sus pequeños que, por supuesto, no recordarán esto más adelante.
Pero las madres sí. Recordarán este dulce período como el más conmovedor, cuando tuvieron tantas oportunidades de estar junto a sus hijos, de sentirse madres, necesarias, buenas e ideales. Las mejores.
Es su elección y eso las hace felices.

Yo escribo textos. Y esta es mi vocación. Elijo precisamente esta actividad porque soy egoísta y quiero ser feliz.
Porque en ese momento no solo me siento feliz, les estoy enseñando a mis hijos esta habilidad. Les transmito estas vibraciones: una alegría interior. Aunque lo hago con un desorden en casa, en bata y con las arrugas esparcidas por mi cara.
Todos somos egoístas. Hacemos lo que nos hace felices, eligiéndolo intuitivamente entre un millón de otras cosas. Y eso es maravilloso.

¡Esto significa que nada anda mal con nadie!
¡Todo anda bien con todos!
Simplemente, alguien, hoy, viste unas braguitas sin planchar.

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