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Médico alemán exhibía bebés prematuros en ferias y así logró salvarles la vida

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Desde 1904 hasta 1943, entre espectáculos de elefantes danzantes y juegos mecánicos en un parque de diversiones, un médico de dudosa reputación llamado Martin Couney cobraba entrada para una exhibición de diminutos bebés en incubadoras, algo que, a pesar de ser cuestionado, despertaba la curiosidad de miles de visitantes.

Genial.guru, siempre curioso y buscando historias que no son lo que parecen, se dio a la tarea de investigar lo que había detrás de este caso para reconocer la importante labor de este doctor.

¿Héroe o charlatán?

¿Qué clase de médico cobraría por mostrar a bebés prematuros en cajas de cristal? Quizá esta parezca una práctica de moral cuestionable para algunos, pero salvó la vida de alrededor de 6 500 bebés prematuros a lo largo de 40 años, y se convirtió en el inicio de una revolución en la atención médica para recién nacidos.

El protagonista de esta historia es el Dr. Martin Couney, de quien desafortunadamente hay datos escasos. Sin embargo, los registros sugieren que nació en Prusia (antiguo reino alemán) en 1869, y emigró a Estados Unidos en 1898, donde se convertiría en una leyenda participando en varias ferias del país.

Algo que despertó sospechas sobre este personaje fue precisamente la falta de información disponible sobre él. Couney aseguraba haber estudiado en París con el reconocido obstetra francés Pierre Budin; sin embargo, no parece haber prueba de que eso fuera real. Lo que es un hecho es que mientras muchos médicos consideraban que los bebés prematuros estaban condenados a morir, él buscó una forma de cambiar su destino.

Couney ya había participado en exhibiciones de incubadoras en Europa y tuvo gran éxito entre los asistentes e incluso en la comunidad médica. De esa forma pudo reunir el dinero suficiente para viajar a Estados Unidos. En el verano de 1898 presentó su primera muestra en el continente americano durante la Exposición Trans-Mississippi, en Omaha, y después hizo lo mismo en Nueva York.

“Todo el mundo ama a un bebé”

Luna Park, Coney Island, en 1917.

En 1903, el Dr. Martin Coney inauguró su primera exposición en el icónico parque de atracciones de Coney Island, en Nueva York, donde había logrado construir una clínica solemne y profesional en medio de un ambiente clásico de feria. Esta tenía un gran letrero que decía “Todo el mundo ama a un bebé”.

Dentro de la exposición, el doctor les explicaba a los visitantes cómo las incubadoras extraían aire del exterior y lo filtraban hacia el interior, generando un cambio completo en la atmósfera del bebé dentro de la incubadora. Además, Coney trabajaba con un equipo de médicos, enfermeras y nodrizas que se encargaba de brindarles la mejor atención posible a los recién nacidos.

Martin Couney y una enfermera posando junto a la ambulancia de la exhibición.

A pesar de que haber sido acusado de charlatán y de explotar a los bebés, el compromiso de Couney con los prematuros era indudable. El lugar siempre estaba impecable, pues era muy riguroso con la higiene y muy cuidadoso con la alimentación de las nodrizas, para quienes contrató un cocinero. Incluso era capaz de despedirlas si las encontraba fumando o bebiendo alcohol.

Couney también buscaba mejorar la salud de los pequeños al alentar a las enfermeras a tener contacto físico con ellos para mostrarles afecto. Eso era algo poco convencional en la época, pues se creía que, para evitar riesgos de infección, el contacto debía reducirse al mínimo. Además, prefería que su instalación fuera vista como un hospital en miniatura, y no como una atracción de feria.

Vida por 25 centavos

Martin Couney y su hija, Hildegarde Couney, sosteniendo un bebé prematuro.

El tiempo pasó y los hechos hablaron por sí mismos. La comunidad médica en el terreno de la neonatología en Estados Unidos comenzó a reconocer la innovación que representaba el proyecto de Couney, el cual comenzó a ganar aceptación. Otros médicos enviaban bebés al cuidado del doctor y algunos padres preocupados llegaban buscando una esperanza de sobrevivir para sus hijos.

De hecho, las incubadoras utilizadas en la exhibición eran las más recientes de la época e importadas desde Europa. El cuidado de estos bebés era caro y se costeaba con las entradas a la exhibición, las cuales tenían un costo de 25 centavos, pues no se les cobraba nada a los padres. Couney confiaba tanto en su proyecto, que su propia hija pasó tres meses en exhibición tras haber nacido prematuramente. Al crecer, ella se convirtió en enfermera y trabajó con su padre en la exhibición.

Martin Couney y su hija, Hildegarde (enfermera), mostrándole la incubadora a un niño.

Eventualmente, y tras 40 años, la idea de ver bebés en incubadoras dejó de ser emocionante para muchos. Debido a eso, en 1943, la exhibición cerró de manera definitiva. Sin embargo, el trabajo de Couney estaba hecho: había influido en la apertura del primer centro de atención infantil prematura en el Hospital Cornell de Nueva York, y salvado al 85 % de los bebés que llegaron a él.

Incubadoras para sobrevivir

Los bebés que el proyecto de Couney salvó se convirtieron en casos de éxito, y, al llegar a la adultez, ellos agradecieron la segunda oportunidad que eso representó en sus vidas. Una de esas historias es la de Beth Allen, quien nació en 1941, cuando su madre tenía solo 6 meses de embarazo.

La madre de Beth estaba esperando gemelas. Ella apenas pesó unos 600 gramos al nacer, pero su hermana era aún más pequeña, por lo que no logró sobrevivir. Cuando la madre de Beth supo del Dr. Couney, se negó a la idea de exhibir a su hija en una feria, pero él fue al hospital a hablar personalmente con ella y logró convencerla de poner a su hija en la incubadora.

Beth era visitada a diario por su madre y, eventualmente, fue dada de alta pesando más de 2 kilogramos y con una mejoría notable. Después de su estancia en Coney Island, los padres de Beth la llevaban cada año a visitar al Dr. Couney en el Día del Padre, e incluso asistieron a su funeral cuando el médico falleció.

Dos “graduados” de las incubadoras de Couney.

Otras historias similares fueron recopiladas en el libro El extraño caso del Dr. Couney: cómo un misterioso europeo salvó miles de bebés americanos, de la escritora Dawn Raffel, donde se cuenta la travesía de este médico para que la comunidad científica tomará con seriedad sus incubadoras.

Algunos de los bebés que Couney salvó siguen con vida actualmente, y eso es gracias al hombre que no los abandonó cuando otros dijeron que no había nada más que hacer por ellos.

Martin Couney es un personaje que la historia ha reivindicado y reconocido debido a su intensa labor en la neonatología. ¿Qué piensas de este doctor? ¿Conoces otra historia similar donde alguien no era lo que parecía ser? Cuéntanos en los comentarios.

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