10 Historias que demuestran que la compasión y la empatía pueden dar pelea a las injusticias del mundo

Historias
hace 2 horas
10 Historias que demuestran que la compasión y la empatía pueden dar pelea a las injusticias del mundo

Hoy en día es fácil creer que el mundo en el que vivimos no es el mismo de hace unas décadas atrás, cuando éramos chicos. Y aunque suena extraño, algo de razón hay en ese pensamiento. Esta época parece ser mucho más acelerada, mucho más impiadosa y egoísta. ¿Pero cómo puede ocurrir eso, si las personas somos las mismas? Y así como por momentos todo parece impersonal y distante, también hay gente que con su amabilidad, consideración y empatía nos demuestra que no todo está perdido.
Estas historias compartidas por lectores de Genial arroparán tu corazón.

  • Hace unos meses perdí un embarazo. Tuvieron que hospitalizarme para monitorear mi salud, y durante las noches me sentía desamparada. Mi marido y mi familia me acompañaban, pero por las noches debían salir de la habitación. Una de esas noches tan tristes, alguien me tocó el hombro: giré para ver, y era mi compañera de habitación, que me convidaba un chocolate que le habían dejado sus amigos. Posiblemente para ella fue un gesto mínimo, olvidable, pero yo sentí que también en esas horas difíciles alguien se fijaba en mí.
  • Me acuerdo de esta historia: cuando yo era adolescente, el gato de mi mejor amiga se perdió, como muchas veces pasa con los gatos. Ella imprimió volantes, los pegó en los árboles, pero el gato no aparecía. Entonces, una noche, nuestro vecino, un hombre con el que apenas hablábamos, llamó a su puerta con el gato en brazos. Al parecer, había estado revisando los volantes todos los días, y cuando vio al gato escondido en su garaje, pasó dos días intentando sacarlo poco a poco con comida.
  • Trabajo en una librería. Hace unos años, un adolescente venía todas las semanas y leía fragmentos del primer tomo de Juego de Tronos. Un día le pregunté si quería que le reservara un ejemplar del siguiente libro de la serie (en esa época eran libros muy demandados). Se quedó muy callado y dijo que no le alcanzaba la plata para libros, pero que le gustaba leer. Mi jefa escuchó la conversación y después me dijo que registrara el libro como “producto dañado”. Se lo regaló al chico y le dijo que el libro tenía una pequeña falla y que por eso no podía venderlo. Todavía recuerdo la cara de felicidad del muchacho. Ojalá sus cosas hayan mejorado y ahora pueda comprar libros.
  • Mi abuelo falleció el año pasado y tuve que ayudar a mi mamá a vaciar su casa. Había vivido en el mismo barrio de Buenos Aires durante treinta años. Cuando los vecinos se enteraron de su muerte, no paraban de llamar a la puerta. Una mujer nos trajo una pastafrola casera. Otro hombre me contó que le dejaba las llaves de su casa a mi abuelo cuando viajaba, por cualquier emergencia. Muchas historias así. Me di cuenta de que había hecho muchísimas cosas buenas en silencio que nunca nos contó, y que era un hombre muy querido.
  • Trabajo como guardia de seguridad en un pequeño museo de arte contemporáneo. Una tarde vi a una mujer mayor sentada en el mismo banco durante casi tres horas. La mayoría de los visitantes pasan unos veinte minutos, así que me llamó la atención. Finalmente, me acerqué y le pregunté si estaba bien. Me contó que su marido pintaba paisajes y que la galería en la que estábamos le recordaba a su obra. Él había fallecido seis meses antes y ella había tenido demasiado miedo de mirar sus cuadros en casa. Me dijo que estar allí le hacía sentir como si estuviera cerca de él de nuevo. Le dije que podía quedarse todo el tiempo que quisiera. Cuando terminé mi turno, la acompañé hasta la puerta. Una semana después volvió con un pequeño cuadro envuelto en papel. Era uno de los de su marido, y quería que yo lo tuviera. Es un paisaje precioso, de una playa de noche; lo colgué en mi comedor y lo miro todos los días mientras desayuno.
  • Mi mamá trabaja en una biblioteca. Me contó sobre un nene que va casi todos los días después de la escuela y se sienta tranquilamente a hacer la tarea hasta la hora de cierre. Un día le preguntó dónde estaban sus padres y él le contó que su casa es un caos y muy ruidosa (tiene cinco hermanos y su abuela también vive allí), por lo que la biblioteca es para él el único lugar tranquilo. Desde entonces, el personal deja las luces encendidas un poco más de tiempo para que pueda terminar de estudiar. A veces mi mamá le prepara un mate cocido o un té con galletitas. No es gran cosa, pero estoy orgullosa de ella.
  • A los veinte años me mudé solo por primera vez, no sabía hacer nada y estaba bastante perdido. Una noche se me cortó la luz y no entendía nada del tablero. Estuve como 20 minutos intentando. De repente, mi vecino golpea la puerta. Entró, lo arregló en dos minutos y, antes de irse, me dejó su número de teléfono y me dijo que lo llamara por cualquier cosa. Nunca más lo necesité, pero ese gesto me hizo sentir menos solo, y siempre lo saludaba cuando me lo cruzaba en el edificio.
  • En el hospital donde hice mis prácticas de dermatología, estaba internado un señor mayor que casi no recibía visitas. Una enfermera, cada vez que terminaba su turno, se sentaba 10 minutos a charlar con él. No hacía nada especial, solo le hablaba, le preguntaba cosas. Un día el señor le dijo: “sos la única persona que me habla como si todavía importara”. Fue muy fuerte.
  • Cuando estaba en la facultad, un compañero faltó a varios parciales. Todos pensábamos que había abandonado. Una chica del curso le escribió, le pasó apuntes, le explicó temas por audio. Meses después volvió, rindió todo y aprobó. En el último día de clase, él nos contó que había estado cuidando a su mamá enferma. Nunca se olvidó de esa ayuda, en especial porque recién empezábamos y la chica no lo conocía de nada.
  • En una cafetería de mi barrio, el dueño empezó a implementar este sistema: los clientes pueden dejar pagados un café, una merienda, un almuerzo, lo que quieran, para personas en una situación difícil que tal vez no llegan a cubrir todas sus comidas. Entonces, todos los días, el dueño de la cafetería pone en la vidriera una lista con las consumiciones disponibles: un té con medialunas, una porción de tarta, dos empanadas, etc. Y los vecinos que lo necesitan, van y consumen una de esas comidas que ya están pagadas. Es algo pequeño, nadie gasta demasiado, y todos comen. Me parece absolutamente genial.

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