10 Personas comunes que nos recuerdan que la amabilidad es una fuerza poderosa

Historias
hace 1 hora
10 Personas comunes que nos recuerdan que la amabilidad es una fuerza poderosa

En un mundo muchas veces dominado por la ambición sin límites y el egoísmo, las pequeñas -y no tan pequeñas- historias de amabilidad y empatía vienen a recordarnos la increíble fuerza de la bondad. En este artículo, lectores de Genial comparten esas historias en las que un gesto amable en el momento preciso les cambió el día, la semana o la vida.

  • Era joven, estudiaba en la universidad y trabajaba part-time, porque no me daban los tiempos. Ese día venía corta de plata, y cuando fui a pagar la compra en el supermercado (necesitaba lo básico: huevos, yerba mate, arroz) mi tarjeta fue rechazada. Murmuré algo como “debe haber poca señal” o una tontería así, y la señora que estaba detrás de mí en la fila simplemente apoyó su tarjeta en el lector de pago y pagó mis cosas. “A todos nos pasó alguna vez”, me dijo. Esto fue hace varios años, y tuve la oportunidad de hacer lo mismo por otras personas, y lo hice (y lo seguiré haciendo).
  • Tuve a mi hija a los diecisiete años. El que era mi novio comenzó a trabajar en el taller de su padre para mantenernos, y toda la familia en general se portó muy bien con nosotros, pero así y todo la plata no alcanzaba. Los pañales, la leche en polvo, la ropa de la beba, todo costaba mucha plata. Un día fui a la verdulería del barrio y el verdulero, al que conocía desde chiquita, (toda mi familia compraba ahí) me dijo que necesitaba alguien para acomodar la mercadería, embolsar la compra de la gente y esas cosas, y me preguntó si estaba interesada en el trabajo. Le dije que sí, al instante. Luego me enteré de que ese puesto no existía, él podía hacer todo solo, pero “inventó” esa oferta laboral para poder ayudarme.
  • Unos días antes de que me despidieran de mi trabajo por recortes presupuestarios, el que era mi jefe me aprobó un misterioso bono por buen rendimiento. Con eso pagué la comida las semanas siguientes.
  • Estaba llorando en una cafetería porque me había peleado con mi novio, cuando la camarera me trajo un té y un alfajor. “Regalo de la cafetería”, me dijo. Fue un detalle muy simple, pero en ese momento me hizo muy bien.
  • Un desconocido pagó la cirugía de mi gata en la veterinaria. Tuve que operar a mi gata de urgencia, y el monto resultó más alto de lo que esperaba. Pagué una parte, expliqué que si pagaba el resto no podía pagar mi alquiler, y entonces este hombre que estaba esperando simplemente dijo: “Yo lo pago”.
  • Mi papá estaba internado y yo prácticamente vivía en el hospital. Fueron días terribles. Casi no dormía y comía papas fritas, maníes, esas cosas de la máquina expendedora. Una tarde, una de las administrativas -que ya me conocía, hasta se sabía mi nombre- me dio una bandeja con un café con leche y tres medialunas. La miré sin entender y me dijo “te lo dejaron, dijeron que era un regalo”. Hasta el día de hoy creo que fue ella.
  • Una tarde suena mi celular. Atiendo. Era una chica. “Hola, encontré a su perro”. Pero yo no había perdido a mi perro... o eso creía. Sin querer, diez minutos antes había dejado la puerta de calle entreabierta y mi perro había salido a la calle. La chica estaba a pocas cuadras, mi perro no había ido muy lejos, pero el tema es que esta chica -que solamente pasaba por ahí, no era una vecina ni nada- vio a mi perro perdido, lo agarró a upa, se fijó en la chapita del collar, sacó su teléfono, me llamó, y se quedó esperando hasta que fui corriendo a buscarlo. Tal vez mi perro estaría perdido todavía si no fuera por ella.
  • Estaba de turista en Granada, España. Reinicié mi teléfono y no encendió. Estaba sola, en una ciudad que no era la mía, en un país que no era el mío, y tarde o temprano debía comunicarme con mi familia, y mi teléfono no encendía. Caminé muchas cuadras buscando un local de telefonía, y no encontré ninguno. Desesperada, entré a una farmacia y le expliqué a la farmacéutica mi situación. La mujer dejó de hacer lo que estaba haciendo, sacó su teléfono y con toda la amabilidad buscó la dirección de la casa de telefonía, que resultó estar en la otra punta de la ciudad. Le agradecí, me tomé un taxi hasta el negocio, y solucionaron mi problema. Pero nunca voy a olvidar a la farmacéutica amable que con un pequeño gesto me salvó de una situación muy estresante.
  • La semana pasada, mi único hijo se mudó al extranjero. Me puse a llorar en la puerta de embarque, sola, en el aeropuerto. Entonces, una mujer sentada frente a mí me deslizó un paquete de pañuelos sin decir palabra. “Yo pasé por lo mismo”, me dijo, y durante un momento me sentí menos sola.
  • En una entrevista de trabajo, me preguntaron sobre unos años vacíos en mi currículum. Con vergüenza, conté que mi padre estuvo enfermo y yo tuve que dejar todo para cuidarlo, que por eso no pude trabajar. La reclutadora me interrumpió y me dijo: “Cuidar a alguien no es no trabajar: es trabajo no remunerado”. Luego me ofreció el empleo, y trabajé ahí durante años. La vida luego me llevó por otro camino, pero nunca olvidaré esa conversación.

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