15+ Historias de infancia que nos transportarán a aquellos días sin preocupaciones

Crianza
hace 4 horas

La infancia es una etapa maravillosa. Seguro que todos hicimos cosas que tanto nosotros como nuestros padres recordaremos para siempre.

  • Cuando era niño, fui con mi mamá a comprar sillas. De camino, teníamos que pasar por el supermercado. Al llegar, mi mamá me dejó afuera con las sillas mientras hacía las compras. Mientras esperaba, una señora mayor se acercó y me preguntó si estaba vendiendo las sillas. Me puse nervioso y, titubeando, dije “sí”. Pues resulta que me las compró... ¡y hasta pagó más de lo que costaban en la tienda! Por supuesto, cuando mi mamá salió y se enteró, me cayó una buena regañada. Tuvimos que volver a comprar otras sillas, pero al menos me quedé con algo de dinero extra. Años después, seguimos recordando esta historia y riéndonos. © Oído por ahí / Ideer
  • Un día, mi mamá decidió sacar a mi hermana en su cochecito para que tomara una siesta al aire libre. Me mandó a jugar al patio mientras ella hacía cosas en la casa. Limpió, cocinó, hizo de todo. En un momento, se dio cuenta de que había avanzado muchísimo, incluso horneó panqueques y pasteles. Miró el reloj y notó que ya estaba oscureciendo. Primero despertó a mi hermana y la alimentó, luego salió a buscarme. Me llamó varias veces, pero no respondí. Empezó a buscarme por todo el barrio, preguntó a los vecinos, llamó hasta al policía de la zona... pero yo parecía haber desaparecido. Hasta que, de repente, algo la hizo revisar el invernadero. Ahí estaba yo, profundamente dormido. A mi alrededor, varios pepinos a medio morder. Tal vez por eso dejaron de gustarme los pepinos después de ese día. © Palata № 6 / VK
  • Recientemente, vimos una grabación de mi festival de la infancia en VHS. Todos los niños estaban disfrazados de ositos, de Cenicienta... y yo, vestida completamente de negro. Los niños recitaban sus poemas cuando llegó mi turno. La maestra me presentó con entusiasmo:
    — ¡Démosle la bienvenida a la Princesa de la Noche! Nunca en mi vida vi tanta indignación en un rostro infantil. Con orgullo y desdén, le corregí:
    — Reina. Y sin inmutarme, comencé a recitar mi poema. Ojalá hoy tuviera esa seguridad en mí misma. © Oído por ahí / Ideer
  • Un día, el juguete favorito de mi hija, una enorme y querida yegua de peluche llamada Anna, sufrió un desgarro en la espalda. La abuela se ofreció a coserlo, mientras mi hija la observaba con el rostro lleno de preocupación. Finalmente, tras un rato de ansiedad, advirtió con seriedad: — Abuelita, cóselo sin que le duela. Y si Anna dice “¡hiiiiii!”... ¡deja caer la aguja de inmediato! La abuela, aguantando la risa, le contestó: — Si Anna llega a decir “¡hiiiiii!”, no solo suelto la aguja, ¡ también salgo corriendo! © Oído por ahí / Ideer
  • Un día, la mejor amiga de mi mamá vino de visita con su hija de cinco años. Se quedarían un par de días en nuestra casa. Mientras conversábamos, la niña me hizo una pregunta extraña: — ¿Cómo se llaman tus hijos?
    Me quedé en shock por un segundo, pero le expliqué con calma que solo tenía 17 años y no tenía hijos. Ella me miró con total seriedad y respondió:
    — Entonces, ¿quiénes son esos niños pequeños que vienen a tu cuarto por las noches y te hablan? Esa noche no dormí. Ni la siguiente. Pasé horas escuchando el silencio, aterrada. © Caramel / VK
  • Hace unos 15 años, ocurrió una anécdota muy divertida. Mi papá se acababa de jubilar y toda la familia estábamos sentados disfrutando del almuerzo. En aquella época, las tarjetas bancarias no eran tan comunes y el dinero de las pensiones se entregaba en el banco. Mi mamá, con gran entusiasmo, le anunció a mi papá que había llegado su primera pensión. Recuerdo que él, emocionado, se puso incluso una camisa y dijo: “La primera pensión es como el primer amor, hay que recordarla bien”. Mi hermano y yo, sabiendo que ese día le entregarían el dinero, decidimos jugarle una broma. Cuando mi papá salió al patio para recibir su dinero, lo adelantamos corriendo y gritando: — ¡Hurra, hurra! ¡Por fin le trajeron la pensión a papá, al fin podremos comer carne! Mi papá se puso rojo como un tomate y nosotros no podíamos parar de reír. Hasta el día de hoy seguimos recordando esa historia con una sonrisa. © Palata № 6 / VK
  • Mi hermano de 6 años quiso desearme buenas noches y me dio un beso en los labios. Se produjo este curioso diálogo:
    — Hermanito, los besos en los labios son para novios. A mí bésame en la mejilla.
    — ¿Tú también eres un chico?
    — No, soy una chica. Pero los besos en los labios son solo cuando se aman. Los ojos de mi hermano se llenaron de terror y tristeza al mismo tiempo. Estaba a punto de llorar, pero hizo acopio de toda su fuerza de voluntad y dijo:
    — ¿O sea que tú no me amas? © Oído por ahí / Ideer
  • Un amigo me contó una historia que me ha hecho reír durante años. Cuando era niño, odiaba la cebolla frita en la sopa. Un día, lo amenazaron diciéndole que si seguía sacándola del plato, tendría que comerse un montón de cebolla de una sola vez. No encontró mejor solución que esconder los trozos de cebolla en su nariz. © cyraxcyborg / Pikabu
  • Iba caminando a casa cuando presencié esta escena: Un niño de unos cinco años frenó bruscamente su bicicleta frente a una casa y gritó:
    — ¡Laura, sal! En la ventana apareció una niña pequeña que le respondió a gritos:
    — ¡No puedo salir hoy! Me voy con mi abuelo al mercado.
    El niño insistió: — ¿Y por qué no puede ir solo?
    — No me deja, alguien tiene que cuidarme.
    — ¡Dile que yo te cuido! ¡Pero sal! En ese momento me invadió la nostalgia. ¿Será que aún quedan niños así? © Oído por ahí / Ideer
  • Primer grado, finales de diciembre. Me equivoqué de día y fui a la escuela disfrazado de pirata con bigotes pintados, creyendo que era el día del festival navideño. Cuando llegué, me di cuenta de que todo era normal, con clases como cualquier otro día. Hice reír a todos los que me vieron. Hoy tengo más de 50 años y todavía recuerdo ese momento con horror. Pero la que más se rió fue mi mamá, quien sigue contando la historia a cada visita. Ese día adquirí un buen conjunto de traumas para toda la vida. © DmitriUps / Pikabu
  • Esta historia me la contó la hermana de un excompañero de clase. En el jardín de infancia, yo fui el primer amor de su hermano. Cada año, en mi cumpleaños, me felicitaba con la esperanza de recibir un beso en la mejilla a cambio. Para mi sexto cumpleaños, llegó con una barra de chocolate en la mano, caminando con orgullo hacia la escuela. Pero en el camino, había charcos de lodo por la nieve derretida. Se aventuró a pisar sobre una capa de hielo, resbaló y cayó de cara en la suciedad. Apenas se preocupó por los raspones o los moretones. Lo que de verdad le angustiaba era su chocolate arruinado y una gran duda en su cabeza: “¿Cómo me va a besar ahora que estoy tan sucio?” No te preocupes, lo limpiaron bien... y sí, le di su beso.. © Oído por ahí / Ideer
  • Mi papá se preparaba para otro viaje de trabajo y me preguntó qué quería que me trajera. Sin pensarlo mucho, le dije: — “Cuando vayas en el avión, recoge un poco de nubes para mí. ¡Quiero probarlas!” Dos semanas después, regresó con un enorme paquete de “nubes”. Salí corriendo a la calle a compartir con mis amigos lo que yo creía que eran nubes reales. ¡La emoción fue inmensa! Muchos años después entendí que en realidad era algodón de azúcar. © Oído por ahí / Ideer
  • Cuando tenía 5 años, me metí en el cajón de mi mamá y tomé algunas de sus toallas femeninas. Un rato después, mi mamá entró a mi habitación y se quedó pasmada ante la escena. Con mi inocencia infantil, había organizado la “boda” de Barbie y Ken. Barbie lucía un “elegante vestido” con “alas” y un “velo” hecho con las toallas femeninas de mamá. © Caramel / VK
  • Cuando tenía 5 años y mi hermana 4, nos encantaba jugar a ser adultos. No recuerdo exactamente de qué trataba el juego, pero sí tengo claro que nos fascinaba discutir en broma. Yo le decía:
    — “¡No ganas suficiente dinero! ¡Ni siquiera tengo para comprar comida para perros!”
    Y ella me respondía:
    — “¡Todo es por tu culpa! Si no me presionaras tanto, ganaría más.”
    Un día, nuestros padres escucharon una de nuestras discusiones y, al parecer, algo les hizo reflexionar... porque después de eso, nunca más hubo peleas en casa. © Caramel / VK
  • Mi hermana de 8 años jugaba voleibol. Un día, un niño que le gustaba muchísimo accidentalmente le dio un pelotazo en la cabeza. La llevaron al médico y me llamaron. Cuando llegué, ella saltó de la camilla con una gran sonrisa, recogió sus cosas y se fue casi dando brincos. Yo estaba atónita, porque los médicos habían dicho que el golpe había sido fuerte. De camino a casa, me confesó: — “No te preocupes, solo fingí que me dolía para que él se acercara. Pero su aliento olía tan mal que ya no me gusta”. © Caramel / VK
  • Estamos enseñando a nuestro nieto a compartir. Tenía en la mano una mandarina y, cuando se llevó un gajo a la boca, le dijimos:
    — “¡Espera! Primero dáselo a mamá”. Fue y se lo dio. Luego, otro para papá, otro para la abuela... y así hasta que todos recibieron su parte. Al final, quedaron dos gajos, y esos decidió comérselos él solo. Más tarde, con todo el ajetreo en la casa de campo, el nieto se quejó de hambre y la abuela comenzó a hacer galletas. Cuando las puso en la mesa, él las devoró en segundos. Aprovechando que estaba distraído, la abuela le pasó la mitad de una galleta de su plato sin decir nada. Esto se repitió varias veces hasta que el niño, sospechando algo, señaló la comida y preguntó con seriedad:
    — “¿Qué es esto?”
    La abuela, algo titubeante, respondió:
    — “Es... es que estoy compartiendo contigo”.
    El nieto frunció el ceño, reflexionó un momento y luego, con aire solemne, dijo:
    — “¡Bien hecho, abuela!” Ya aprendiste la lección. © user10036328 / Pikabu
  • Mi hijo de 8 años está obsesionado con los trenes. Sabe el nombre de todos los modelos de locomotoras diésel y eléctricas y sueña con ser maquinista. Un día, mientras se abrochaba la chamarra antes de salir de paseo, dijo:
    — “Papá, me rasgué el barredor de nieve”. No entendí a qué se refería, así que le pregunté. Resulta que el barredor de nieve es un dispositivo de los trenes que despeja objetos del camino. En resumen, mi hijo había llamado “barredor de nieve” a su propio mentón. Vaya imaginación. © wurtz1 / Pikabu
  • Paseaba con mi hija de un año. Como siempre, había un montón de niños alrededor. De repente, un niño de unos 7 u 8 años se acercó, se agachó, tomó las manos de mi hija, la miró fijamente a los ojos y le dijo con total seriedad:
    — “Bueno, ¿qué tal? Vamos a conocernos. Tienes los ojos del mismo color que mi mamá”. Si hubiera sido mayor, ¡seguro que me habría enamorado de este pequeño maestro del coqueteo! © Oído por ahí / Ideer
  • Un día, se rompió la tubería de alcantarillado en nuestro edificio. Entramos al ascensor con mi hijo y, de inmediato, él aspiró profundamente y dijo: — “Mmm... alguien está cocinando sopa”. Lo miré sorprendida y le respondí: — “Es la alcantarilla, ¿no hueles el mal olor?”
    Su respuesta fue algo que definitivamente no esperaba: — “Qué raro... pero tu sopa huele igual”. © Palata № 6 / VK
  • Regresaba a casa con mis compañeros de clase cuando vimos que los melones estaban a 50 centavos. Todos compraron uno, pero yo decidí llevarme dos. Metí uno en mi mochila y cargué el otro en las manos. Los primeros 100 metros, me imaginaba la alegría de mi familia al ver los melones. Los siguientes 100 metros, empecé a rodar el segundo como si fuera un balón. Finalmente, después de arrastrar ambas “frutas” hasta el quinto piso y entrar en la casa, me di cuenta de que todo había sido en vano. Esperaba recibir agradecimientos y elogios, pero en su lugar, todos estallaron en carcajadas. ¿La razón? En la cocina ya había 8 melones esperando. © Oído por ahí / Ideer

Hace poco reunimos las historias más impactantes de nuestros lectores sobre sus exparejas, aquellas que lograron sorprender incluso después de la ruptura.

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