18 Mamás imperturbables que salen de pie de todos los altibajos de la maternidad

Las personas que tratan mucho con los niños saben de primera mano que el intelecto infantil a veces puede explicar hasta los mismísimos misterios del universo, llevando a los adultos a un estado de completa confusión con su infalible lógica.
Genial.guru ha encontrado historias en “Oído por ahí”, “Pikabu” y “Habitación N°6”, que te mostrarán el impredecible pero, a la vez, tan simple mundo de la infancia.
En la escuela primaria, una maestra de música se llevó mi libro de canciones infantiles y no me lo devolvió. Fui a verla casi todos los días durante varios meses, y ella siempre decía que había olvidado el libro en su casa.
Como resultado, la maestra finalmente me lo devolvió, y se quejó con mis padres de lo insistente que yo era. Después de eso, mi madre me dijo que, si lograba que una de sus amigas me devolviera un dinero que le debía, podría quedármelo. Fui a verla todo el verano, hasta que logré mi objetivo.
Una vez iba en auto y mi hijo (en ese momento tenía unos 4 años) estaba sentado en el asiento trasero. Me olvidé de él y doblé a gran velocidad. Entonces escuché desde atrás: “Papá, ¿por qué me tiró hacia a un lado?”. Le dije: “Es la fuerza centrífuga, hijo, pronto aprenderás sobre eso en la escuela”. Luego frené bruscamente, y mi hijo me volvió a preguntar por qué ahora se había ido hacia adelante, y le conté sobre la energía cinética. Otro día, lo llevé a él y a sus abuelos. Otra vez giré rápido, mi suegro maldijo, y mi hijo dijo:
— Abuelo, no maldigas, es la fuerza centrífuga, tendrías que haber prestado atención en la escuela. Y prepárate, que ahora nos golpeará la energía cinética.
Mi suegro quedó en shock. @PivBear
Tenía 5 años. Papá estaba muy enfermo y mamá estaba afuera. Él necesitaba una inyección intramuscular urgente. Ningún vecino estaba en casa, así que me pidió a mí que se la aplicara. Pasó mucho tiempo convenciéndome de que no había nada que temer, y que no le dolería. Después estuvo una hora explicándome cómo tenía que hacer. Pasé otra media hora animándome. Y lo hice. ¡Listo!
Mi papá, frotándose el lugar de la inyección, me dijo: “?¿Ves, hija? ¡Nada que temer!”. Yo: “Por supuesto, papá, ¿por qué tendría miedo si cerré los ojos cuando te pinché”. Han pasado 25 años y él todavía me lo recuerda.
¿Y tú alguna vez has sido testigo del ingenio de los niños?