Chiquitina, pobrecita
Una historia sobre cómo el amor y la bondad de mi madre adoptiva cambió mi vida

Esta es la historia de mi primera infancia y del primer día del resto de mi vida.
No recuerdo mucho de mis primeros años, pero sí recuerdo que no había demasiado amor ni amabilidad. Crecí en un hogar para niños hasta los cuatro años. No tenía mamá ni papá. Mi mundo era una sala grande con cunas, algunos juguetes para todos y el ruido de otros niños llorando.

Las cuidadoras hacían lo que podían. Me daban de comer, me cambiaban, me acostaban. No me trataban mal, no me malinterpreten, pero siempre estaban ocupadas. A veces me preguntaba si había hecho algo mal para estar ahí. Aunque era pequeña, esa idea, esa sensación ya estaba en mi cabeza.
Un día, cuando tenía cuatro años, me pusieron ropa nueva (una remera rosa con florcitas, me acuerdo) y me peinaron con unas hebillitas. Eso no pasaba seguido. Me dijeron que una señora venía a conocerme. Yo no entendía bien qué significaba eso. Pensé que era como cuando venían personas a traer juguetes en Navidad o para el Día del Niño, que a veces nos visitaban payasos y animadoras.
La vi entrar por la puerta. Sonrió cuando me vio. No fue una sonrisa grande. Fue una sonrisa tímida, como si también tuviera miedo. Se agachó para quedar a mi altura y me dijo: “Hola, soy Laura”. Su voz era tranquila. No hablaba fuerte.

Me preguntó si quería mostrarle mis dibujos. Eso me sorprendió, porque hasta ese momento nadie me había pedido que mostrara algo mío. Le mostré algunos garabatos que había dibujado, un perro azul, una casa con una nena en la puerta. Luego me preguntó si podía dibujar ella conmigo, y le dije que sí. No me acuerdo de qué dibujó, pero ese momento no lo olvidaré más.
Volvió varias veces. Cada visita era un poco más larga. Traía cuentos y se sentaba conmigo a leer. Un día me dijo que quería que fuera a vivir con ella; me explicó que sería mi casa, que tendría mi propia cama. Yo sentí miedo, no, no miedo: terror. El hogar, los otros chicos, era lo único que conocía, esa forma de vida. Pero también sentí algo nuevo: una pequeña luz de esperanza en el pecho.
Resumiendo: fui a vivir con Laura. Mi cuarto tenía paredes color lila. Esa noche no pude dormir, porque el silencio era distinto, las luces, los movimientos eran otros, eran nuevos. Me levanté y caminé hasta su dormitorio; me quedé en la puerta sin hablar. Ella se despertó y me vio, me dijo que podía acostarme a su lado. Ese fue el primer abrazo que recuerdo.
Los primeros meses no fueron fáciles. Yo guardaba comida en los bolsillos. Laura lo notó, pero no me retó ni trató de corregirme. Solo me dijo que en esa casa siempre habría comida para mí.
Un día le pregunté a Laura por qué mi mamá de sangre no me había querido. Ella respiró hondo y me dijo que no siempre las personas pueden cuidar a un hijo, pero eso no significa que el hijo no valga, ni que mi mamá biológica no me hubiera querido. “Tal vez no podía cuidarte, pero seguro te quería”, me dijo.
Hoy soy adulta. Miro hacia atrás y veo a esa niña callada que tardó en confiar. Me gustaría abrazarla y decirle que el futuro es distinto. No tuve una familia al principio, pero tuve algo muy fuerte después: una mujer que decidió ser mi madre. Eligió serlo.
Y esa diferencia cambió mi vida.
Si te gustó esta historia, tal vez te guste también una historia personal que me hizo creer en la bondad de los perros.
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Comentarios
Encontraste a la persona que de verdad es tu mamá, que supo entenderte y cuidarte ❤️
Ay que mami más linda ! Con ella no necesitas más 😊
Ningún niño merece crecer en un refugio
🫶🫶🫶
Que buena madre!
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