17 Fisgones a quienes les pudo el chismecito y probaron que la curiosidad sí mató al gato

Historias
hace 1 año

Si hay algo que caracteriza al ser humano es la curiosidad que siente ante lo desconocido. Muchos de nuestros grandes descubrimientos se han dado gracias a ese interés que se despierta en nuestro interior; sin embargo, no todos los resultados son así de fructíferos. Y es que hay quienes se han dejado llevar por el chisme solo para toparse con una gran decepción que, además de un mal sabor de boca, le deja una buena anécdota para contar en la posteridad.

¿En qué momento te dejaste llevar por la curiosidad y lo que descubriste no fue lo que esperabas? ¿Cuál es la mayor decepción que alguien te ha producido?

  • Me gusta mucho la leche condensada, y una vez fui a la alacena en donde mi mamá tenía una lata abierta y ya comenzada. A cada rato le daba un sorbito y luego la regresaba a su lugar. Pero en una de esas ocasiones, le di el sorbito y sentí “algo” agregado a la leche. Pensé que era una ralladura de coco, así más encima lo medio mastiqué. Luego escupí sobre mi mano y resultó que “la ralladura” era una mosca. © Teresa Mendoza Andrade / Facebook
  • En una ocasión invité a cenar a la familia a mi casa. Era verano y el aire acondicionado no se daba abasto, así que le dije a mi sobrina: “Ayer hice hielotos de vainilla, mija, dales a todos, están en el congelador”. Todos empezaron a chupar sus bolsitas y a la sobrina mayor, que fue quien repartió, le toco el último y me dijo: “Qué raro sabe, tía. Le falta azúcar”. Fui a checar y resultó ser que guardé en una bolsita una pechuga deshuesada de pollo y ese era el hielito que le había tocado a ella. © Rosy Ripalda / Facebook
  • A mi hermana le salía mucha leche materna y la recolectaba en un vaso por facilidad. Un día olvidó guardarla y salió de casa. Llegó mi cuñado y se la tomó pensando que era la merienda que le habían dejado, ¡jejeje! Luego todos se dieron cuenta de lo que había sucedido. © Luces De Los Ejercitos / Facebook
  • Llegaba a casa de dar la vuelta a la calle, había un vaso verde en la mesa, me serví agua, la bebí y me supo achocolatada. Grité, porque todos estaban en la parte de arriba de casa, y les dije: “¿Qué le pusieron al agua que sabe a chocolate?”. Me respondieron: “Nada, pues ¿en qué te serviste?”. Respondí: “En el vaso verde que está en la mesa”. Todos se echaron a reír y me contestaron: “No seas tonto, es con el que sacamos las croquetas del costal para darle de comer a los perros”. © Arias Guzman / Facebook
  • Un día, estaba jugando con mis primos y estaba bien agitada. Entré a la cocina de mi abuelita, vi una jarra de refresco color amarillo, busqué un vaso y me serví. Al primer sorbo lo sentí horrible, quise vomitarlo, pero no pude. Era aceite. Y sí, me dio mucha diarrea. © Lena Urquis / Facebook
  • Un día, a la hora de la comida, nos sentamos a la mesa. Yo había hecho almejas a la marinera y suelo hacerlas un poquito picantes. Nos pusimos a comer y yo llené el vaso de mi padre con un laxante incoloro. Mi hijo fue el primero en probar las almejas y me dijo: “Mamá, están muy picantes”. Miró hacia la mesa y el único vaso que estaba lleno era el de mi padre, así que lo cogió y se lo bebió enterito. Salió como un fuego hacia el baño. Tremendo día tuvo el pobre. © Olga Gonzalez Lopez / Facebook
  • Un día, llegó mi hermana a la casa y me dijo: “Regálame agua, tengo sed”. Yo le respondí: “En la nevera hay”, pero resulta que se tomó la de una jarra que estaba llena de agua que salía de la cañería. La nevera goteaba mucho, así que yo le puse ese recipiente y cuando se llenaba, a los días, la botábamos. Se la tomó toda y me dijo: “El agua estaba rara, sabía como a cebolla”. Cuando le vi la jarra en la mano, le dije lo que se había tomado, pero ya era muy tarde. © Lily Del Rocio Legarda Mateus / Facebook
  • Estaba trabajando en un restaurante. Entré a la cocina y miré en un molde que tenía azúcar quemada, bien cafecita. Como ahí preparaban flan napolitano, me lo empiné sin que nadie me viera; cuál fue mi sorpresa cuando vi que era aceite quemado. © Reyna Selene Jacome / Facebook
  • Cuando era niña, me encantaban los dulces. Vivíamos en el campo, y la cocina de mis padres era de barro y piso de tierra. Había un estante con ollas de barro negras, algunas con tapas. En una de ellas, mi madre guardaba golosinas y nos daba de a poco. Un día descubrí el escondite y cada vez que iba por allí, tomaba algunas. Un día, las hormigas también encontraron el escondite y cuando fui por las golosinas, tomé unas cuantas y, sin mirar, las puse en mi boca. Parecía que tenían ají super picante, las hormigas tenían un sabor muy desagradable. Escupí todo lo que pude y me lavé la boca, pero me ardía tanto, que lloraba. Ahí paró mi gusto por las golosinas. © Katty Vásquez / Facebook
  • Cuando tenía siete años, llegué al cuarto de la abuela y en su nochero había un frasquito transparente con tapita. En medio de mi ingenuidad, pensé que era gelatina o algo así. Destapé el frasquito y tomé con afán un sorbo bien grande. Adivinen qué era; pues sus muestras de flema de unos días atrás que le solicitaron en el hospital. Nunca lo olvido. Me quedé callada y aún siento eso que pasa por mi garganta. © Janet Mueses / Facebook
  • En una ocasión, llegué de trabajar y fui y saludé a mi mamá a su recámara. Me dijo: “Cena, hija, ahí hay pollo con sopa de fideo”. Yo dije: “Mmm, mi plato preferido”. Me fui a la cocina, y vi dos ollas en la estufa. Toqué una y estaba caliente, la destapé y vi pollo con sopa. Me la serví y me la comí, pero vi que era retazo. No le di importancia, la sentí muy rica y me la comí. Después supe que esa sopa era para el perro. La otra olla era para comer la familia. Mi mamá me dijo: “No te preocupes, yo de todas maneras lavo muy bien el pollo para darle de comer al perro”. © Lopez Lopez / Facebook
  • Un día de muchos mi esposo me ayudó a empacar agua, comida y pan para comer en el trabajo, mientras yo realizaba otras actividades. Ya en la tarde, estando en el trabajo, y ya después de haber comido, puse mi café y recordé que mi esposo me había puesto unas galleticas. Tomé una y le di una mordida con un sorbo de café. Mmmm, me supo algo rarita, mmm, medio mantecosita. Creí que eran como de granola o trigo. Mmmm, no les encontraba saborcito. Otro traguito y otra galletita, mmm, no, no les agarraba sabor. Tomé la bolsita y empecé a buscar de qué era, pues resultaron ser “galletas para perros”, ¡jajaja! Llamé a casa para decirles que si me llamaban por teléfono y contestaba “guau, guau”, era culpa de su padre. © Elvia Villanueva Perea / Facebook
  • Mi hermano tenía como 10 años cuando, en una ocasión, en casa de mi abuelita, agarró un vaso con agua que estaba sobre un mueble y se la tomó. Cuando mi tía le vio el vaso en la mano, le gritó: “Hijo, suelta ese vaso, esa es el agua donde Rafael enjuaga su dentadura postiza”, pero ya se la había tomado. © Dorin Mayorga / Facebook

Comentarios

Recibir notificaciones
Aún no hay comentarios. ¡Puedes ser el primero!

Lecturas relacionadas