Solo iban por un té... pero volvieron con historias para toda la vida


Les quiero contar de aquella vez en la que un perro desconocido insistió en salvarme la vida.
Desde chica le tenía miedo a los perros. No sé por qué, nunca hubo un motivo verdadero. Así como hay niños que le temen a la oscuridad, yo le temía a los perros. No quería saber nada con ellos, incluso evitaba ir a jugar a la casa de una amiga de la escuela si su familia tenía perro.
Si en la calle veía a uno, me cruzaba de vereda. Todos me hablaban de la bondad natural de los perros, pero yo no creía en eso.
Pero eso cambió en mi viaje a España.
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Me gusta viajar sola, lo hago siempre que puedo. Soy de Argentina, y a lo largo de los años pude descubrir la amabilidad y simpatía de la gente de otros lugares, y esa es mi parte favorita.
Esta vez estaba en Madrid.
Me encontraba dando un paseo por las afueras de la ciudad; no la Plaza Mayor y esos lugares típicos, sino un barrio tranquilo fuera de la zona céntrica. Estaba disfrutando tanto de mi caminata solitaria que no noté dos cosas: estaba anocheciendo, y me había perdido. Nada grave, pero no sabía dónde estaba.
Entonces, como salido de la nada, apareció un perro y me ladró.
“¡Shu, shu! ¡Fuera!”, le dije. Sé que soné agresiva, pero estaba aterrada.
Seguí caminando, y el perro comenzó a seguirme. Cada tanto, me ladraba.
La calle estaba oscura, mal iluminada, no sabía dónde estaba, y un perro callejero me seguía y me ladraba. No era el mejor momento de mi vida.
“¡Basta, lárgate!”, le dije. Él me ladró.
Y luego hizo algo extraño.
El perro se paró frente a mí, y para mi espanto, no me dejó caminar.
Saqué mi teléfono para pedir ayuda, y entonces, con la tenue luz del aparato, lo vi: detrás del perro había un pozo muy profundo e irregular, de una obra en construcción mal vallada. El perro se había puesto, terco, entre el pozo y yo.
Un cálido sentimiento de gratitud se instaló en mi pecho. Me senté en un banco que había cerca y me largué a llorar. El perro se acercó y puso su cabeza sobre mi piernas.
“Gracias, amigo”, le dije.
Esa fue la primera vez que acaricié a un perro.
Pero no fue la última.
Y ustedes, ¿qué historia especial con un animal tienen para compartir?











