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Dejé de sacrificarme para que mi hijo crezca sin sentir culpa

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Mi nombre es Vera, y soy una mala madre. Cuando mi hijo nació, decidí firmemente que sería perfecta para él. Pero no pude serlo. Al tratar de ser la mejor, comencé a perder algo importante: mi pequeño dejó de traerme alegría, y me sentía culpable e infeliz por eso.

Me gustaría contarles a los lectores de Genial.guru cómo reconsideré mis puntos de vista sobre la vida y la crianza, y cómo me di cuenta de que una maternidad feliz no tiene nada que ver con una serie interminable de sacrificios.

Hice todo tal y como me lo enseñó mi mamá

Mi hermana y yo siempre estuvimos en primer lugar para mi madre, y ella nos lo recordaba a diario. Mamá estaba orgullosa de haber sacrificado todo por nosotras, y hablaba con desaprobación de las mujeres que tenían el atrevimiento de pensar también en ellas mismas.

Siguiendo su ejemplo, también puse a mi hijo en primer lugar. Lo tenía todo: ropa cara, platillos sabrosos y saludables, tazas, los mejores juguetes, libertad de elección, restricciones mínimas, y prácticamente nada de horarios establecidos. Jugaba con él, lo entretenía y lo ayudaba a desarrollarse. Lo entendía, lo consolaba y lo besaba. Hasta dejé mi trabajo para estar siempre a su lado.

Pero eso no fue suficiente

No solo podía entregarme por completo a mi hijo, sino que mi madre también me necesitaba. Tenía que visitarla más a menudo, ir de compras con ella y, los fines de semana, viajar a la casa de campo y ayudar con las tareas.

Estaba partida en dos: por un lado, se encontraba mi hijo, para quien quería ser ideal, y, por el otro, mi madre, que fue ideal para mí durante muchos años.

Pero una vez, cuando mi madre dijo: “Te dediqué toda mi vida y no te esfuerzas por mí en absoluto. Debes dedicarme más tiempo”, me invadió una ardiente sensación de culpa y remordimiento.

Todo se juntó: era una hija terrible, hice mi carrera a un lado por mi hijo, y la deteriorada relación con mi esposo se convirtió en la guinda del pastel. Casi no pasábamos tiempo juntos, y, si hablamos, el tema de conversación era el niño.

Una mañana sentí que no podía y no quería levantarme de la cama

Mi hijo estaba llorando cerca, y yo solo estaba acostada en la cama, mirando el techo. Ese día me di cuenta de que aquello no era lo que siempre había soñado. Noté lo obvio: el principio “el niño es el centro del universo” no funciona. Siguiéndolo, en 20 o 30 años me convertiría en mi madre: les daría todo a mis hijos, y esperaría ansiosa la recompensa. Y mi hijo sentiría la misma culpa abrasadora que yo sentía en ese momento. No, no era el futuro que yo quería para él.

Y decidí luchar

El problema resultó ser bastante común. Los psicólogos seguían repitiendo: tener un bebé no es una razón para ponerle fin a tu propia vida. Además, criar a un niño sobre un pedestal dañaría, en primer lugar, al propio pequeño.

Después de leer libros sobre psicología, mi esposo y yo nos atrevimos a hacernos una pregunta bien conocida, pero extremadamente desagradable: “¿Puede alguien realmente amar a una persona que no puede amarse a sí misma?”. La respuesta nos obligó a tomar una decisión difícil: no poner los intereses del niño por encima de los nuestros. En nuestro pequeño consejo familiar se decidió reconsiderar por completo nuestra forma de vida.

Dimos algunos pasos simples, pero efectivos

  • Establecimos un horario. Antes, yo no quería limitar la libertad de mi hijo, pero eso nos salía caro a todos: el niño llegaba al agotamiento absoluto, comenzaba a llorar histéricamente y se terminaba durmiendo en un lugar incómodo y en el momento equivocado. Era imposible planificar un día y tener tiempo para terminar todo lo que había que hacer. Una semana después de la introducción de reglas claras para dormir, comer y caminar, mi hijo se calmó, los berrinches casi desaparecieron y comencé a tener algunas horas libres para mí.

  • Nuestro hijo aprendió la palabra “espera”. Dejé de abandonar lo que estaba haciendo a su primer llamado, y él gradualmente se dio cuenta de que el planeta no gira en torno a sus deseos, que todas las personas tienen sentimientos y necesidades, y que debe tener eso en cuenta.

  • Dejamos de entretener constantemente a nuestro hijo. Hacerlo no solo consume muchísima energía, sino que también es dañino: cuando un niño no tiene tiempo para aburrirse, su imaginación no se desarrolla, y esa es una de las funciones más importantes del cerebro. Cuando nuestro hijo empezó a tener tiempo libre, aprendió a inventar sus propios juegos y a concentrarse en ellos.

  • Dejamos de comprar juguetes en cantidades ilimitadas. Después de observar con más atención, nos dimos cuenta de que el niño ni siquiera se podía orientar bien en ese mar de ruidosa basura multicolor. Así que sacamos de la casa la mayoría de los juguetes viejos, pero no compramos otros nuevos. Como resultado, cada objeto ganó peso y valor, y mi esposo y yo pasamos a tener dinero para ir a beber un café y para otras pequeñas alegrías.

  • La “mamá taxi” que se dedicaba exclusivamente a transportar al niño desde un taller de desarrollo a otro dejó de existir. Es más, abandonamos completamente todos los talleres hasta que el niño cumpliera 4 años. En lugar de esas actividades, mi hijo y yo comenzamos a pasear, a leer y a hablar mucho. Y su nivel de desarrollo no decayó para nada a causa de eso.

  • Una vez por la semana, mi esposo y yo comenzamos a pedirles a las abuelas que cuidaran a su nieto para poder salir a pasear juntos. Resultó que solo unas pocas horas a solas pueden alegrarte toda una semana. También teníamos tiempo para ver a nuestros amigos, otra excelente manera de relajarse.

  • Abandonamos el modelo que supone que todo lo mejor y más delicioso es para el niño. Todo se divide en partes exactamente iguales, y nuestro hijo sabe que a mamá y a papá también les encantan los pasteles.

  • Volví a retomar mi pasamiento favorito: comencé a dibujar. Y resultó que mi hijo es perfectamente capaz de sentarse a mi lado y dibujar conmigo. También puede pasar mucho tiempo jugando solo a construir cosas. Cuando recuperé mi pasión, me volví mucho más feliz y más equilibrada. En consecuencia, mi hijo también se volvió más tranquilo.

  • Algunas tareas domésticas comenzaron a recaer en nuestro hijo. Al principio nos ayudaba en forma de juego, pero luego se convirtió en un hábito. Además, ahora sabe que, para no tener que limpiar algo, es mejor no dejarlo tirado.

Nuestra vida nos pertenece nuevamente

Ahora, mi pequeño tiene 5 años. Él mismo inventa sus propios juegos y los utiliza durante mucho tiempo, encuentra amigos fácilmente y se lleva bien con los chicos del patio de recreo.

Conoce frases como “mamá está trabajando”, “mamá está cansada” o “mamá quiere estar sola”. Sabe que, además de él, tengo otros pasatiempos. Pero mi hijo también sabe que lo amo mucho y que siempre encontraré tiempo para estar con él.

Mi esposo y yo olvidamos hace mucho tiempo la sensación de una catástrofe inminente, y yo ya no siento que mi vida fue arrojada a los pies de alguien. Por lo tanto, nunca se lo reprocharé a mi hijo.

Entiendo que mi niño seguramente tendrá algo que decirle a un psicoterapeuta. Pero lo principal es que aprenderá a valorar su propia vida, sentir y defender sus límites, y no se sentirá abrumado por la carga del destino de otra persona, quebrantado por su bien.

¿Cómo divides el tiempo entre tus intereses personales y tus hijos? ¿Puede una buena madre no solo pensar en los niños, sino también en ella misma? Comparte tus pensamientos con nosotros en la sección de comentarios.

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