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19 Personas contaron sin tapujos cómo sus padres los castigaban en la infancia

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Todos los niños hacen travesuras, desobedecen y quiebran las normas establecidas, por lo que, de vez en cuando, deben enfrentarse a las consecuencias: castigos. ¿A quién de nosotros no lo enviaron al rincón a pensar? ¿O quién no fue obligado a pasar una semana sin comer dulces?

Genial.guru leyó los recuerdos de algunos usuarios de Reddit sobre cómo fueron castigados en su infancia, y se sorprendió al descubrir que existían madres y padres para los que prohibir los juegos y recurrir al arresto domiciliario era algo demasiado banal.

  • Mi hermanastra fue castigada, quedándose sin cena, y todos los demás comimos un gran plato de nachos esa noche. Ella y yo nos llevábamos bien, así que, más tarde, le preparé un sándwich de mantequilla de maní con mermelada. Por la noche, todos, menos mi hermanastra, nos intoxicamos por los nachos. © MortisSafetyTortoise

  • Mi hermano y yo practicábamos tiro con arco lanzando a una caja de cartón del patio trasero. Siendo muy pequeño y muy estúpido, me metí en esa caja mientras mi hermano disparaba. A mis padres no les gustó eso, y, para mostrarme qué tan peligroso era, me obligaron a tumbarme en el sofá todo el día para que imaginara que estaba en un hospital. © lordofwar28

  • Mis padres se enfadaban conmigo porque jugaba demasiado a los videojuegos (principalmente a los de estrategia), por lo que me obligaban a pasar más tiempo con mis amigos. Los veía un par de veces a la semana y era sociable, pero, para mis papás, cualquier videojuego se consideraba nocivo. Así que me obligaban a pasar tiempo en el garaje de un amigo, donde todos bebían alcohol y fumaban a los 13 años. Siempre me sorprendió el hecho de que mis padres pensaran que la estrategia era más perjudicial para mí que comunicarme con muchachos ebrios de entre 13 y 16 años de edad. © Suuperdad

  • Intenté robarle sus papas fritas con chile a mi hermana, por lo que nos peleamos y me golpeó con un tenedor. Mi padre nos sacó de la mesa, nos ató con una cuerda, juntos, cara a cara, y nos dijo que nos desataría cuando aprendiésemos a interactuar. © Dusty_Muffin_11

  • Cuando tenía unos 6 o 7 años, hacía travesuras en el cuarto de baño: me balanceaba en la barra sobre la que colgaba la cortina de la ducha. Una vez, esta se rompió, y yo caí al suelo. Mi padre, entonces, me dijo: “Nicolás, quiero contarte una historia sobre un mono. Este vivía en la jungla y adoraba columpiarse en un árbol, donde a un león feroz también le gustaba descansar. El mono hacía mucho ruido, y, un día, el león lo echó lanzando un fuerte rugido, prohibiéndole volver. Pero el mono no obedeció y volvió al árbol. El felino dijo: “Respeto tu valentía, así que elige qué quieres que te arranque de un mordisco, ¿la cabeza o la cola?”. El mono respondió: “Por ​​supuesto, ¡la cabeza!”. El león, confundido, le preguntó: “Pero ¿por qué? Podrías vivir una vida normal sin una cola”. A lo que el mono respondió: “Sí, pero si me arrancas la cola, ¡tendré el mismo aspecto que este terrible cachorro humano llamado Nicolás!”. Me quedé boquiabierto. © porkdrunk522

  • Cuando tenía unos 6 años, un psicólogo infantil les propuso a mis padres que me castigaran poniéndome sobre una toalla en el centro de la sala de estar, porque, si me enviaban al rincón, no vería todo lo interesante que estaba perdiéndome. Todo iba bien, hasta que mi hermana de dos años de edad decidió que eso era algo muy divertido. Tomó otra toalla, la extendió cuidadosamente y se puso a mi lado. Los castigos se vuelven menos efectivos cuando los padres no pueden contener la risa. © Sapientiam

  • Mi hermana de 7 años nunca regresaba a casa a tiempo tras salir a pasear. Una vez, dijo que saldría por 15 minutos, y, tras pasar 2 horas y media, todavía no había vuelto a casa. Mi mamá decidió darle una lección. Apagó todas las luces del hogar, cerró todas las puertas y se puso a esperarla. 15 minutos después, mi hermana regresó y descubrió que la casa estaba oscura, y todas las puertas, cerradas. Al principio se asustó. Luego empezó a intentar entrar por la puerta lateral, gritando que no quería quedarse en la calle. Mi madre reía a carcajadas. Entonces, mi hermana comenzó a golpear la puerta trasera, de cristal. Gritaba y golpeaba tan fuerte que mi madre se asustó pensando que el cristal se rompería. Salió silenciosamente por la puerta lateral, y, sin hacer ruido, se acercó a mi hermana por detrás y le dijo: “¡Buuu!”. © silima

  • Cuando mi hijo tenía unos 8 años, yo trabajaba por turnos. El empleo era duro y requería de mucha responsabilidad. Al volver a casa después de mis turnos de noche me iba a la cama. Pero entonces comenzaba todo. Me pedía sacar la bicicleta, luego traerla a casa, y después volver a sacarla. Después decía: “Dame dinero para un helado”, o bien, “dinero para el cine”. Más tarde preguntaba dónde estaba su pelota y así sin parar. Le explicaba, le pedía, él me lo prometía y lo olvidaba. Entonces, un día, lo llevé conmigo a mi trabajo nocturno. Lo puse en la sala de control y le di una tarea. Al llegar la mañana, él comenzó a quedarse dormido, pero yo se lo impedía. Antoñito estaba sentado en una silla y su cabeza se caía hacia atrás. Cuando se quedaba dormido, lo despertaba diciendo: “Antoñito, en el trabajo no se puede dormir, pueden despedirme por eso”. Bueno, finalmente se acabó el turno y regresamos a casa. No quiso comer, e inmediatamente se fue a dormir. Durmió todo el día y casi toda la noche. Nunca más volvió a despertarme por tonterías. Incluso comenzó a caminar silenciosamente, mientras que antes, cuando yo dormía, hacía ruido con sus talones. © etoyanatan

  • Odiaba los quehaceres domésticos, principalmente fregar los platos. Un día, mi madre fue a la tienda y compró un plato azul, un tenedor azul... en total, todos los cubiertos, de una pieza y en azul. Me dijo que solo podía utilizar eso y que nadie fregaría mis platos. Hubo momentos en los que yo me sentaba a la mesa y comía espagueti de una taza con la ayuda de un cuchillo. Hasta hoy en día sigo sin estar segura de quién ganó. © andyvw

  • En mi infancia, mi hermano y yo enfadábamos a nuestros padres a más no poder con nuestras disputas y peleas diarias. Mi padre tenía una manera brillante de lidiar con eso. Si empezábamos a discutir en algún lugar lleno de gente, nos agarraba de la mano y seguía caminando por la calle, cantando arias de ópera con todo el poder de sus pulmones. Como podrás imaginar, nos quedábamos callados inmediatamente por la vergüenza. © nitwittery

  • En la fila de la caja del supermercado, un niño pequeño tuvo una rabieta porque su madre no le quería comprar una barra de chocolate. Entonces, ella le susurró algo a la mujer que estaba detrás, tomó la golosina de un estante y la puso en su carrito. Al ver esto, el niño dejó de llorar enseguida. Cuando pagaron, la madre le entregó la barra de chocolate a la niña que estaba detrás de ellos en la fila. Miró a su hijo y le dijo: “Los niños que se portan bien reciben un premio, y los que hacen berrinches, haciendo que sus madres se mueran de vergüenza, no reciben nada”. Algunas personas en la fila aplaudieron. © cdawg85

  • Les pedí a mis padres que me dejaran tener un perro, y juré solemnemente sacarlo a pasear siempre. Así que, al final me compraron un cachorro caniche. Al principio lo sacaba a pasear, pero luego comencé a evadirlo. Salía corriendo a la escuela con la esperanza de que lo sacaran mis padres o mi abuela. Ellos me recordaban mis promesas, pero eso no mejoraba la situación. Y entonces, un día, al regresar de la escuela, el perro ya no estaba. Mis padres dijeron que, si quería que volviera, tenía que salir a la calle a las 7 de la mañana a diario durante 2 semanas y pasear sola cerca de casa por 15 minutos. Obviamente, comencé a intentar hacerlos cambiar de parecer, pero se mostraron inflexibles. No me quedaba otra, así que tuve que salir a pasear. Y debo decir que me acostumbré a esa tarea, e incluso me benefició: comencé a acostarme a una buena hora. Trajeron al perro a casa un par de días antes de lo acordado. Resultó que todo ese tiempo vivió en la casa de un amigo de mi padre. Sus dos hijas también querían tener una mascota, así que lo llevaron a modo “de prueba”. Olga

  • Estaba en el quinto curso. Un día, en invierno, sorprendentemente, no hizo nada de frío. Quería ir a la escuela con un pantalón corto, pero mi madre, obviamente, me lo prohibió. Sin embargo, eso no me detuvo. Me puse el pantalón corto debajo de unos jeans y me fui. Regresé sintiéndome muy inteligente, pero entonces encontré a mi madre esperándome en la calle con un cartel de colores neón en sus manos. Sobre un fondo rosa chillón, estaba escrito: “Mentí y no les hice caso a mis padres. ¡Qué tonta soy!”. Me hizo un sobrero estúpido típico de cumpleaños de color verde ácido. Me obligó a sentarme en un taburete cerca de nuestra casa con ese gorro y sosteniendo el cartel en mis manos durante toda una hora, justo cuando todos regresaban del trabajo. Los coches tocaban la bocina, gritaban, y mi madre, observando todo esto, sentada cómodamente en el porche, se moría de risa. © perezosamente

  • Me descubrieron cuando decidí saltarme algunas clases. Tenía 14 años. Mi padre me dijo que me sacaría de la escuela a la semana siguiente. Cada día, durante toda una semana, me llevó al trabajo de sus conocidos, a quienes les decía: “¡Aquí está su ayudante gratuito! Él no quiere ir a la escuela, ¡así que deberá acostumbrarse a trabajar!”. Y la gente lo aprovechaba, obligándome a trabajar durante 8 horas a diario. © irishamerican

  • Mi padre es catedrático, así que nos obligaba a escribir ensayos sobre aquello que hacíamos mal, por qué actuábamos de esa manera y qué deberíamos haber hecho. Teníamos que citar fuentes y basar nuestras palabras en estudios. Tras eso, mi padre revisaba nuestras obras, corregía los errores gramaticales y de expresión. Permanecíamos bajo arresto domiciliario hasta que concluíamos nuestros trabajos con todo en orden. Cuanto peor era la mala conducta, más largo tenía que realizarse el ensayo, y más seriamente lo revisaba. © nonesjones

  • Teníamos cuatro gatos, pero el deseo de tenerlos era principalmente mío. Sin embargo, solía “olvidarme” de limpiar sus bandejas sanitarias: en realidad, no podía soportar el mal olor. Así que, por regla general, lo posponía hasta que alguien lo hacía por mí. Mi madre estaba cansada de eso. Así que, una vez, cuando regresé de la escuela, encontré todas las bandejas sanitarias de los gatos en mi dormitorio. Dijo que se quedarían allí solo una semana. Tenía prohibido abrir las ventanas o dormir en otro lugar que no fuera mi habitación. Mi mamá también reemplazó la arena que utilizábamos por otra que no absorbía olores. Hubiera preferido que me pegasen... © yogocoyote

  • Cuando tenía 15 años, mi padre se enteró de que me saltaba las clases. Toda la semana siguiente me acompañó a la escuela. Me llevaba allí y luego iba conmigo a cada clase. Y también comía conmigo y mis amigos. ¿Ya dije que estaba en pijama? Sí, hacía todo eso usando un pijama. Nunca más volví a saltarme las clases. Realmente lo extraño mucho. © TheOpus

  • Mi abuela trató de hacer que mi hermano dejara de decir palabrotas. Cuando hablaba mal, ella inmediatamente apuntaba esa palabra en una libreta. Por cada palabrota, él tenía que recoger en el huerto un cierto número de escarabajos de la papa. Mi abuela tenía sus propios criterios: por decir “imbécil”, tres escarabajos, por “c***”, cuatro; y por decir palabras malsonantes y duras, diez por cada una. No estoy segura de que eso sirviera de algo. Me parece que le gustaba todo: tanto maldecir como recoger escarabajos. Elena

  • Me dieron un hermano menor. Todavía no entiendo qué hice mal entonces. © dlordjr

¿Recuerdas cómo te castigaban en la infancia? ¿Tus padres eran fieles a las tradiciones? ¿O preferían optar por métodos innovadores y creativos? Cuéntanos en la sección de comentarios.

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