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La historia de amor de Yuri y Valentina Gagarin, quienes celebraron su boda dos veces (Pero se enamoraron una para toda la vida)

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Conocemos a Yuri Gagarin como el primer hombre en el espacio y aquel que allanó el camino hacia las estrellas. Su frase “¡Vamos!” se convirtió en un icono, mientras que su rostro sonriente y afable es y será recordado por el mundo entero. Estaba encandilado por el cielo, vivía por él, pero conoció a su estrella única en la Tierra.

Genial.guru quedó conmovido por la historia de amor del primer cosmonauta y su esposa, la que, tras el fallecimiento de Yuri, tuvo que vivir por dos.

La joven Valentina Goryacheva y el entonces cadete de la escuela de vuelo de Oremburgo, Yuri Gagarin, se conocieron en un baile. Valentina, que no era de estatura alta, con pelo oscuro y ojos marrones, así como unas pequeñas pecas en la nariz, le gustó de inmediato. Y después de varios bailes, la conquistó con su modestia y humildad.

Durante toda la tarde, Gagarin no se alejó de la joven ni un segundo, fue galante e hizo muchas preguntas, y acompañándola a casa, le pidió una cita.

El alegre y hablador Yuri, con pelo corto, al principio le pareció a Valentina de cabeza grande y orejas prominentes, por lo que no le gustó en absoluto. Pero, pese a esto, decidió aceptar la cita.

Después de dos años como amigos, Gagarin le confesó a Valentina sus sentimientos, y al pasar otros dos años, la pareja contrajo matrimonio. Dado que los familiares de Gagarin no pudieron acudir a Oremburgo, la boda se celebró dos veces: la primera, en la tierra natal de la novia, la segunda, en la del novio, en la ciudad de Gzhatsk.

Al graduarse en la escuela de vuelo, Gagarin no quiso quedarse en Oremburgo y se fue a servir en el norte, en la región de Múrmansk. Poco después, su esposa se fue a vivir con él. En la ciudad de Zapolyarny, los Gagarin tuvieron a su primera hija, de nombre Elena.

En 1959, poco después del nacimiento de su hija, al enterarse de que se reclutaban cosmonautas, Gagarin decidió probar suerte en un terreno desconocido entonces para él. Numerosas pruebas y una competencia seria (alrededor de 3 mil pilotos reclamaron un sitio en este grupo) no lo detuvieron ni lo asustaron.

En la primavera de 1960, Yuri Gagarin fue aceptado en el destacamento de cosmonautas soviéticos. Junto con su familia, se instaló en la Ciudad de las Estrellas, cerca de Moscú, y comenzó sus primeros entrenamientos para vuelos. Valentina, que se graduó en Medicina, consiguió un trabajo como bioquímica de laboratorio en el Centro de Control de Misión.

Un mes antes del primer vuelo tripulado al espacio, en la familia de los Gagarin nació su segunda hija: Galina.

Valentina no estaba al tanto de los detalles de las operaciones espaciales, tampoco sabía cuándo se realizaría exactamente el vuelo. Si su esposo estaba inmerso en el trabajo, ella dedicaba toda su energía a la familia. El 12 de abril de 1961 comenzó, como de costumbre, un día normal y corriente para ella, hasta que escuchó a una vecina gritar: “¡Valentina, enciende la radio! ¡Yuri está en el espacio!”

El 12 de abril cambió para siempre la vida de los Gagarin: no quedó rastro alguno de su vida tranquila y mesurada. Los periodistas, literalmente, seguían los pasos de Valentina y Yuri sin parar, fotografiando a sus hijas, entrevistándolos e invitándolos a programas de televisión. El rostro de Gagarin fue conocido por todo el mundo, por lo que no podía ni pasar sus vacaciones en familia sin que lo abordaran.

Después del vuelo, el primer cosmonauta tuvo más preocupaciones y trabajo, por lo que quedaba muy poco tiempo para la familia. Por eso, en cuanto tenía una oportunidad, iba corriendo junto a sus seres queridos para pasar cerca de ellos, al menos, cualquier momento que tuviera libre.

Yuri siempre regresaba a casa con regalos. Entre estos, los que tenían vida siempre eran muy especiales. Los perros, gatos y otros animales eran adorados por sus niñas, por lo que el padre cariñoso no cesaba de traer a casa cada vez a una nueva mascota. Dicen que durante un tiempo, en el piso de los Gagarin vivió incluso una pequeña cierva.

Valentina, junto a su esposo, pasaba estoicamente la prueba de la fama: criando casi sola a sus hijos, manteniendo un hogar acogedor y recibiendo invitados eminentes que visitaban a Gagarin. Siendo esposa del primer cosmonauta, acompañaba a Yuri a diferentes reuniones de negocios y recepciones, viajaba al extranjero con él. A pesar de su nuevo estatus, la mujer seguía siendo humilde y amigable en el trato. La fama no desvirtuó su forma de ser en absoluto.

Los padres felices, los hijos contentos, una casa llena de risas alegres: todo esto desapareció de un un momento para otro. El 27 de marzo de 1968, durante un vuelo de entrenamiento, Yuri Gagarin y su compañero Vladimir Seryogin se estrellaron. La vida de la familia quedó marcada por ese “antes” y “después”.

Gagarin pareció prever que el cielo algún día se negaría a dejarlo ir y, por lo tanto, incluso antes de volar al espacio, dejó una carta de despedida escrita para su esposa. Ella la leyó ya después de la muerte de Yuri.

"Si algo me sucede, les pido a ustedes y, en primer lugar, a ti, Valentina, que no mueran de pena. Al fin y al cabo, la vida es vida y nadie tiene la garantía de que mañana un auto no lo atropelle. Por favor, cuida a nuestras hijas, ámalas como las amo yo. Por favor, críalas, que no sean unas niñas de mamá que no saben hacer nada, sino como personas de verdad, que no teman en el futuro los golpes de la vida. Y planea tu vida personal, como te dicte la conciencia y como sea mejor para ti. No te impongo ninguna obligación y no tengo derecho a hacerlo.

Valentina pasó con gran dificultad por la muerte de su marido, muy afectada. Pero no había resquicio para bajar la guardia: las hijas crecían y ella era su único apoyo en la vida.

Preocupada por el destino de sus hijas, Valentina Gagarina no fue a la capital, sino que se quedó con ellas en la Ciudad de las Estrellas. Se alejó de los demás y dejó de conceder entrevistas, protegiéndose a sí misma y a sus hijas de una atención innecesaria.

Doce años después de la tragedia, en memoria de su difunto esposo, Valentina escribió el libro “108 minutos y toda una vida” y más tarde publicó, en muchas ocasiones, algunos de los recuerdos que tenía de él.

El cosmonauta Alekséi Leónov y Valentina Gagarina.

Las hijas de Gagarin, como soñaba su padre, se convirtieron en personas respetadas. La mayor, Elena, ocupa el puesto de Director General del Museo del Kremlin de Moscú, y la menor, Galina, jefa de la Facultad de Economía Regional y Nacional de la Universidad Rusa de Economía de Plejánov. Cada una de ellas ya tiene hijos mayores.

Elena Gagarina.

Galina Gagarina, con su hijo Yuri.

Habiendo perdido a su único amor, Valentina nunca más ha vuelto a casarse. Continúa viviendo en el mismo departamento donde un tiempo atrás se instaló junto a su esposo. Cada día, esta mujer ve un monumento a su marido desde su ventana: el cosmonauta parece alejarse de ella, sujetando una margarita en la mano.

¿Conocías los detalles de la vida del primer hombre en el espacio? ¿Crees que, tras llegar a este nivel, Gagarin tendría que haber dejado de volar para prevenir posibles accidentes y pasar más tiempo junto a su familia? Comparte tus reflexiones en los comentarios.

Imagen de portada EAST NEWS
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