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La historia de la amante de Victor Hugo, quien por su amor servil a un tirano estuvo encerrada durante 50 años

Victor Hugo es recordado por muchos como un clásico escritor francés muy importante y autor de docenas de obras que nunca serán olvidadas. En las páginas de sus libros dio vida al jorobado de Notre Dame y a Esmeralda, una belleza de elevado carácter, además de traer al mundo a Los miserablesEl hombre que ríe, escritos que dejaron una huella imborrable en la literatura global. Una de las primeras personas que leía las obras de Hugo era su amante, Juliette Drouet, quien durante casi 50 años reescribió completamente a mano y en limpio todos sus escritos, pero ni siquiera pudo comprarse algo tan simple como un vestido nuevo.

Genial.guru no pudo pasar por alto la historia de Juliette, una mujer que pasó por todos los obstáculos de la vida y se convirtió en la víctima de un amor servil, cuya existencia resulta difícil de creer en estos tiempos.

Un genio reconocido y una cortesana

Uno de los contemporáneos describió a Juliette Drouet de la siguiente manera: “Era una de esas mujeres que simbolizan la belleza del siglo, y gobernaba como una reina la corte de sus admiradores. Con un leve movimiento de la punta de su abanico los hacía obedecer y nunca se inclinaba para recoger los diamantes que estos arrojaban a sus pies”. Esto fue así hasta que Hugo apareció en su vida. Se conocieron durante la lectura de una de sus obras, donde Juliette interpretó un pequeño papel que consistía tan solo en decir unas pocas frases. Conversando con el dramaturgo, la actriz afirmó con ingenio que “en las piezas de teatro del señor Hugo no hay papeles pequeños”, con lo que conquistó su corazón de inmediato. Ella tenía 26 años, y él, 32. A partir de entonces, les tocaría vivir toda una historia de amor que les daría una felicidad inmensa, pero también la amargura por la traición y la decepción.

Por Victor, Juliette tuvo que renunciar a su pasado, el cual no era tan cristalino. Quedando huérfana a una edad muy temprana, fue criada en un hogar en el monasterio, llegando casi a convertirse en monja. Sin embargo, el arzobispo, quien decidía el destino de las jóvenes, consideró que no era adecuada para ese rol. Y, al encontrarse fuera de los muros de este enclave religioso, la joven criatura, por voluntad del destino, terminó en el taller del escultor James Pradier, también conocido como Jean-Jacques Pradier. Pronto, de ser modelo, la chica se convirtió en la amante del maestro y dio a luz a su hija, Claire. Pero el escultor decidió no casarse con ella ni reconocer al bebé, dándole tan solo a la pobre chica consejos sobre cómo seducir y mantener cerca de ella a sus admiradores.

Más tarde, Juliette se convirtió en actriz, aunque con poco éxito. Después, consiguió ser una cortesana de renombre, mantenida por hombres ricos y nobles. El último de estos fue el príncipe ruso Anatoly Nikolaievich Demidov.

Hugo quedó fascinado por su nueva compañera, pero se sentía preocupado por cierta circunstancia: su elegida era una mujer mal vista por la sociedad. El dinero de los nobles adinerados era su único modo de vida: en el teatro ganaba una cantidad irrisoria, pero necesitaba mantenerse a sí misma y a su hija. Así, obedeciendo al amor autocrático, Juliette se vio obligada a abandonar el teatro y su vida lujosa, a renunciar a su papel de mujer mantenida y a sumergirse en la pobreza.

De mujer rica a mendiga

Hugo no mantenía a su amada, a pesar de que era un hombre influyente y rico. Desde su punto de vista, algo así se consideraría inmoral, ya que despreciaba a las cortesanas. También le prohibía a Juliette comunicarse con los demás, así como salir de casa sin su conocimiento. Mientras tanto, el escritor mismo ya estaba casado en aquella época y no pensaba en dejar a su familia. Pero tampoco estaba dispuesto a abandonar a su amante, por lo que le sugirió que trabajara para él como secretaria reescribiendo sus manuscritos. A cambio, acordó pagarle un pequeño salario.

Hugo, enamorado, languideciendo por los celos, a menudo se convirtió en un tirano, tratando a la mujer como si fuera de su propiedad. Pero Juliette no ponía resistencia y estaba dispuesta a entregarse por completo a su amado. En aquella época, toda París vivía envuelta en ruido, juzgando la relación del escritor con la cortesana. “Nadie tiene derecho a tirarte una piedra”, llegó a escribirle Victor a su musa, “nadie excepto yo”.

Mientras tanto, Drouet luchaba con todas sus fuerzas por sobrevivir, entregando sus cosas en una casa de empeño, ya que los acreedores la asediaban constantemente. Cada mes, su amo y amado le daba unos 800 francos en pequeñas sumas. Ella apuntaba cuidadosamente todos sus gastos y Hugo los comprobaba. De ese dinero, la mayor parte se destinaba a pagar deudas, y lo demás iba para el departamento y la pensión donde estudiaba su hija.

Debido a la falta de fondos, a menudo ni siquiera encendía la chimenea en la habitación, y, cuando hacía demasiado frío, se quedaba en la cama todo el día. Hugo no le permitía a Juliette comprarse vestidos nuevos, por lo que ella tenía que reutilizar los viejos. Él le repetía que “el atuendo no agregaba nada al encanto natural de una mujer hermosa”. Con un tono tedioso y pedante, le preguntó por qué había comprado una caja de polvo para limpiarse los dientes y de dónde había salido un nuevo delantal que ella había confeccionado a partir de un chal viejo. Tampoco gastaba en regalos para ella. Aunque una vez le hizo uno: un cuaderno para que apuntara en él las sabias frases del escritor.

Canas a los 30 años y vestidos gastados

Hugo permitía que lo amara, pero no se olvidaba de su esposa, a quien, en pleno romance con Juliette, le escribió: “Adiós, querida Adèle. Te amo... Eres la alegría y el honor de mi vida. Beso tu hermosa frente y tus hermosos ojos...”.

El escritor no renunció a su lujosa vida social, pero a Juliette se le negó acceder a esta. A veces, cansada de esperar a su amado, paseaba por debajo de sus ventanas, observando los candelabros encendidos y oyendo las fervientes risas de los invitados. Y, al obtener el permiso para acompañar al gran poeta durante sus visitas, lo esperaba con paciencia, como un perrito fiel, acurrucándose en una esquina de su cabriolet. No es de extrañar que, una vez, no pudiera aguantar y, con amargura, le soltase a su ídolo lo siguiente: “Sopa vacía, una caseta y una cadena: ¡este es mi destino! ¡Pero si hay perros a los que los dueños los llevan con ellos! A mí no me llegó tal felicidad...”.

Durante los 10 años que Juliette pasó en retiro voluntario, su belleza se perdió. A los 30 años, se convirtió en una dama privada de atractivo físico, cubierta casi completamente por las canas. Y esto no resulta extraño, ya que ahorraba mucho en comida, se vestía con vestidos viejos que no la embellecían en absoluto, y los celos y la tristeza se apoderaron por completo de su alma. Además, el escritor ya no tenía nada de qué hablar con ella: Juliette no se encontraba con nadie y no veía nada. Y, aunque Hugo seguía apreciando su sacrificio sin fin, ella ya no lo atraía como mujer.

En 1851 sufrió un duro revés del destino: una de las amantes de su patrón, con una sensación de superioridad malévola, le reenvió cartas de Victor. Juliette las leyó y, horrorizada, se percató de que Hugo amaba a otra mujer, a quien le enviaba mensajes apasionados. Estos le recordaron con dolor a aquellos escritos que durante 18 años habían sido su única felicidad.

El papel de anfitriona a cambio de 200 amantes

Pronto, Hugo se vio envuelto en relaciones con mujeres atractivas de virtud fácil. Según algunas estimaciones, durante 2 años, el genio llegó a cosechar a unas 200 amantes. Pero cada vez, este eminente escritor volvía a aquella dama, a su Juliette, jurándole que solo la amaba a ella. Y ella se lo creía, como antes, estando dispuesta a pasar cualquier prueba por él.

Cuando la esposa legal de Hugo, Adèle, falleció, Juliette comenzó a desempeñar el papel de ama de casa, lo cual resultaba complicado para una mujer ya madura y con mala salud. Llamadas interminables, visitas, cenas, clasificación de las cartas... Y lo peor era que Hugo traía a casa a muchas mujeres a través de un pasadizo secreto. Podía pasar la mañana con una chica de virtud fácil, el día con una bailarina popular, y la noche con una dama conocida de la alta sociedad. En el rostro exhausto de Juliette no quedó casi nada de aquella maravillosa belleza que la hacía brillar en su juventud. Ella falleció de cáncer, y sabía que estaba condenada, pero trataba de hablar de eso lo menos posible, ya que Victor exigía que todos, estando delante él, “se quitaran la penumbra de su rostro y abandonasen la tristeza”.

Juliette vivió una vida larga, pero infeliz, y murió a los 77 años. El escritor quedó tan abatido por el suceso, que ni siquiera apareció en su funeral. El mismo Hugo falleció dos años después, a los 84. La ceremonia de despedida del autor duró 10 días, y en esta participaron cerca de un millón de personas.

¿Cómo habrías actuado tú en la piel de la protagonista de esta historia?