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La historia de la exsirvienta que abrió el primer salón de belleza en el mundo y llegó a tener hasta 500 establecimientos

El nombre de Martha Harper es conocido por unos cuantos, pero sus inventos siguen siendo utilizados por los clientes de los salones de belleza. Esta mujer pasó por un complicado recorrido, desde ser una sirvienta hasta convertirse en la dueña de una cadena de 500 salones de belleza. Ella inventó la peluquería tal y como es hoy en día, creó su propia línea de productos para el cuidado del cabello y les dio la oportunidad de comenzar su propio negocio a cientos de mujeres de bajos recursos.

En Genial.guru descubrimos la invaluable contribución que Martha Harper hizo en el desarrollo de la industria de la belleza, y nos dieron ganas de contarles a nuestros lectores sobre esto.

Infancia, trabajo como sirvienta y fórmula secreta

Martha Matilda Harper nació en Canadá en 1857. Su familia era tan pobre que cuando la niña cumplió 7 años, su padre se vio obligado a enviarla a trabajar como sirvienta con unos adinerados familiares a 100 km de su hogar. En lugar de educación, juegos, lectura de libros y todo aquello que hoy en día es habitual para una niña de su edad, la joven Martha se encargaba de los deberes del hogar, por lo que no logró obtener una educación adecuada.

La chica trabajó 22 años como sirvienta en Canadá. Al principio lo hizo en casa de sus tíos, y posteriormente laboró para un doctor alemán, el cual le presentó sus innovadoras ideas, para aquella época, acerca del cuidado del cabello. Harper descubrió la importancia de la higiene y que cepillarse el cabello intensamente estimulaba el flujo de sangre al cuero cabelludo y aceleraba su crecimiento. Sorprendida por los descubrimientos de su patrón, Martha experimentó con sus propios mechones y vio increíbles resultados. El doctor apreció el interés de Martha en lo que a él le apasionaba tanto y le legó una fórmula secreta de un tónico especial para el pelo.

Luego de tomar unos pequeños ahorros y la fórmula escrita en un papel, Harper se mudó a la ciudad de Rochester, en donde trabajó otros 3 años como sirvienta. Ella creó los primeros lotes de su tónico en el granero en el patio trasero y lo probó exitosamente en sí misma, su patrona y sus invitados. Pero en los planes de Martha no estaba solo convertirse en una sirvienta muy solicitada, sino en una mujer de negocios, y después de unos años de reflexiones y ahorrar dinero, ella decidió iniciar su emprendimiento.

Apertura de su propio negocio

En 1888, Martha Matilda Harper invirtió en la apertura de su salón de belleza todos sus ahorros, una suma alocada para ella: 360 USD. Durante mucho tiempo y de forma cuidadosa, la exsirvienta buscó un lugar en el centro de Rochester y lo encontró. En la entrada colgó una fotografía suya de cuerpo completo con una saludable melena de cabello de color castaño hasta los talones, la cual fue el mejor anuncio publicitario para su negocio. Pero no tenía clientes, ya que para las personas, una peluquería pública era una nueva experiencia.

Sin embargo, Martha no se rindió. Para atraer a su salón a sus primeros clientes, la mujer emprendedora recurrió a un truco. Harper invitó a las mamás jóvenes que se aburrían durante horas en el vestíbulo de la escuela musical de al lado esperando a que sus hijos terminaran sus clases. Las mujeres acudían al salón para acortar el tiempo, pero después de conocer el servicio de Martha, se convertían en clientas frecuentes. Y entonces se corrió el rumor de la primera peluquería pública por toda la ciudad.

Método de Harper

Una peluquería pública como un lugar a donde cualquier mujer podía acudir y hacerse un peinado se convirtió en una novedad a finales del siglo XIX. El hecho es que en aquella época, el cuidado del pelo (si así se le puede decir) solo se realizaba en casa. En ese entonces, la cultura de la higiene capilar no existía.

En la época victoriana, las mujeres se lavaban el cabello rara vez, ya que este proceso era incómodo y desagradable. Para lavar la suciedad, frecuentemente utilizaban una solución de amoníaco o jugo de cebolla, el cual olía asquerosamente. Al mismo tiempo, ambas soluciones eran peligrosas si entraban en contacto con los ojos. Por lo general, el lavado y peinado del pelo estaba a cargo de la sirvienta, quien podía lavar, cepillar y peinar el cabello de su patrona. A veces acudían peluqueros invitados a las casas.

Y aquí fue donde apareció Martha Harper con su milagroso tónico (el cual, de hecho, se trataba de un champú orgánico) y sus servicios de peluquería. Para motivar a las personas a acudir a su salón, ella le dio prioridad a la comodidad del cliente y nombró al paquete de su servicio de cuidado capilar “método Harper”. Al haber trabajado como sirvienta durante décadas, Martha sabía muy bien cómo complacer a sus clientas.

¿Qué incluía ese método? No solo se trataba de un producto cosmético a base de ingredientes naturales, sino también un masaje facial y para el cuero cabelludo, un buen método para el cuidado del cabello y la creación de un ambiente benevolente y tranquilo. Por lo general, los salones trabajaban por la tarde. Los empleados podían encargarse de los niños si la clienta venía con ellos, y así intentaban hacer que su estancia en la peluquería fuera lo más cómoda posible. Harper no utilizaba colorantes químicos y tampoco hacía permanentes, ya que esto era dañino para el cabello y contradecía la idea de su peluquería.

Harper inventó las franquicias

El mejor anuncio publicitario del “método Harper” fue su propia melena hasta los talones, la cual radiaba de belleza y salud. La peluquería atrajo eminentes clientas, y una de ellas fue Bertha Palmer, la socialite y filántropa, quien le recomendaba constantemente a Martha abrir un salón similar en Búfalo. Más adelante, el “método Harper” conquistó Chicago, y su red de establecimientos creció bastante rápido, hasta contar con cientos de salones en varios países.

Básicamente, Martha Harper inventó la franquicia moderna. Los dueños de los salones trabajaban bajo su método; debían de comprarle una silla y lavabo (que ella, por desgracia, no patentó), y también todos sus productos cosméticos. Debido a que, por lo general, las mujeres no tenían los suficientes fondos para los gastos iniciales, Martha les prestaba dinero.

De esta forma, ella ayudó a muchas mujeres a salir de la pobreza y a abrir su propio negocio, ya que las primeras administradoras y empleadas de sus salones eran exsirvientas. Con el paso del tiempo, ella abrió su escuela de belleza, en donde les enseñaba a mujeres a cuidar de su cabello con su método, y también una fábrica de productos cosméticos. En el apogeo de su negocio en los años 1920, la red de salones de Harper contaba con 500 peluquerías.

Inventora, salvadora e innovadora

Marta Harper no solo hizo un gran avance en el ámbito del cuidado del cabello, ella básicamente creó la peluquería en la forma en que actualmente estamos acostumbrados a ver. En un intento por complacer a sus clientes y brindarles la mayor comodidad posible al realizar sus tratamientos, Martha Harper inventó 2 cosas que todos los visitantes de salones de belleza utilizan desde entonces. Ella creó el lavabo con un corte semicircular para lavar el cabello y una silla con respaldo plegable para que el enjuagado del pelo fuera lo más cómodo posible y el champú no entrara en contacto con los ojos. En la actualidad, todos los salones de belleza disponen de estos muebles.

Lo que realizaba Martha Harper era algo más que simplemente una aspiración a tener una vida decente. Ella realmente adoraba lo que hacía, y no solo intentaba mejorar la vida de sus clientes, sino también de sus empleadas. Martha realizaba encuentros de forma regular con las administradoras de sus salones y también les enviaba inspiradores boletines, cuya idea principal era que las mujeres podían conseguir todo lo que quisieran, siempre que creyeran en sus propios esfuerzos y trabajaran arduamente en ello.

Ella se esforzaba por hacer el trabajo de sus empleadas lo más cómodo posible: les proporcionaba un horario laboral, aplicaba premios monetarios por un excelente trabajo y vacaciones pagadas. Su objetivo era darles a las mujeres de bajos recursos más libertad para que ellas pudieran manejar su vida, ocuparse de su desarrollo y no depender de nadie.

Ocaso del imperio de Harper

Martha Harper se dedicó toda su vida al desarrolló de su negocio. Cuando a sus 31 años abrió su primer salón, ya no tenía tiempo para pensar en la creación de una familia y dar a luz a hijos: ella necesitaba atraer clientes, capacitar personal, inventar nuevos productos de cuidado. La mujer de negocios se casó solo a los 63 años. Su elegido fue el oficial Robert MacBain, de 39 años.

A los 78 años, ella se retiró y le encargó a su marido la dirección de la red de sus salones. Cuando ella murió, el joven Robert vendió el negocio y, con el tiempo, el gran imperio de esta increíble mujer se desintegró y se convirtió en una empresa común.

Posiblemente, el principal error de Martha Harper fue no tener un plan de sucesión, no solo en el negocio, sino de su filosofía. Su esposo no pudo inspirar a cientos de empleadas con su ejemplo, tal y como durante décadas lo había hecho su esposa. Él no tenía nada que enseñarles ni sabía cómo guiarlas.

Con el paso del tiempo apareció una silla reclinable sin patentar en todas las peluquerías, en el mercado comenzaron a venderse otros champús naturales y productos para el cuidado del cabello. La singularidad del “método Harper” desapareció, pero la contribución de esta fuerte mujer en el desarrollo del negocio femenino y la industria de la belleza es difícil de calcular. Tanto su nombre como sus méritos no deben de ser olvidados.

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