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La vez que adopté un gato y terminé con toda una nueva familia

Las mascotas son la alegría del día a día de muchas personas. Algunas de ellas son llevadas con toda la intención a un hogar, mientras que otras simplemente llegan por casualidad y poco a poco se van ganando el corazón de sus dueños. Sin duda es increíble lo mucho que un animalito nos puede cambiar la vida.

En Genial.guru hicimos una pequeña historia que nos cuenta cómo fue que Lupita adoptó a una gatita que le dio una gran sorpresa con el paso de los días.

¿Qué onda, amigos? ¿Cómo están mis criaturitas de la creación favoritas el día de hoy? ¡Qué bonito que andan por aquí pasando a saludar! Yo sé que ya vieron a este pequeño minino lleno de amor y esponjosidad.

¿A poco no es la cosa más tierna y mullida del universo? Ya ni me digan, tengo otros 5 igual de pachoncitos ahí en la casa. No les voy a mentir, es hermoso tener tantos animalitos así de bonitos en el hogar, aunque debo confesar que su nivel de ternura es directamente proporcional a su nivel de picardía.

Yo no estoy acostumbrada a tener tantos inquilinos tan peludos en mi casa y menos a unos tan latosos, pero como llegaron de infiltrados, no supe ni qué hacer. Básicamente me pasó como a los del caballo de Troya; así como lo sospechan, adopté a una gatita y traía premio en la pancita. Todo sucedió de un momento a otro y mi corazoncito no se pudo negar, es que la verdad, soy bien sentimentaloide y tuve que darles asilo a esos pequeños.

Todo comenzó una lluviosa noche de verano; había una de las lunas más grandes y radiantes que sus ojos hayan visto... No, no es cierto, amigos, solo quería darle un poco de drama a la historia, la verdad es que fue un día cualquiera del mes pasado. Resulta que yo había salido a comprar unos suculentos taquitos para cenar bien riquísimo y cuando iba de regreso hacia mi humilde morada, me encontré con algo que llamó mi atención.

Escuché un maullido lleno de ternura y sentimiento que se dirigía hacia mí, y al voltear la mirada me encontré con una pequeña gatita que se veía que no había comido en varios días. Yo no hablo mucho el idioma gatuno, pero se me hacía como que quería un taquito, así que se lo di.

Dada la velocidad con la que se comió el taquito, me di cuenta de que no tenía un hogar y que necesitaba mucho amor y apapachos, por lo que decidí que iría conmigo a casa para tener una cena digna para su pancita.

En cuanto llegamos a la casa, le conseguí unas croquetitas para que pudiera cenar bien y no le siguieran rechinando las tripas. Cuando terminó de comer, jugamos un rato y tomé la decisión de que le daría un nombre muy bonito e imponente, así que la bauticé como Patricia Montero de los Rivadeneira y Cortés. Obviamente, si iba a dejar que viviera en este hogar, necesitaba tener un nombre telenovelesco que la hiciera sonar como una importante hacendada de los años ochenta.

Pero para los amigos era “La Patis”. Y como ahora oficialmente tenía un nombre, ya era parte de la familia y nada la separaría de mí. Pasaron unos días y me di cuenta de que la panza de “La Patis” se movía un poco, lo cual me hizo sospechar que la adopción que acababa de hacer ya no sería cuestión de un solo individuo, sino que más bien ahora me convertiría en la abuela de unos cuantos inquilinos más.

¿Y qué creen? Tenía yo razón. Unos cuantos días después, al regresar del trabajo, “La Patis” me recibió con la sorpresa de que ya no era nada más la mamá de una gatita, sino que ahora era la abuela de 6 gatitos bebés.

¿Y ahora qué iba a hacer con tantos gatitos? Pasé de ser madre soltera a tener que mantener a una familia de 8. Aunque, como este mundo es de los arriesgados, decidí que esos pequeños serían más que bienvenidos en mi hogar.

Lo único malo era que como no soy tan millonaria como yo quisiera, tuve que organizar lo que se conoce en el medio como una rifa con causa, que básicamente consistía en que yo rifaría un regalo de un exnovio que tenía por ahí guardado y la gente compraría boletos para poder ganar ese premio.

Llamé a mis amistades más cercanas para ver si alguien estaba interesado en comprar boletos de mi fantabulosa rifa, explicando que todo lo recaudado sería un donativo para la alimentación de 7 gatitos y su pobre abuela, o sea yo.

Y así fue, amigos, como comencé a volverme toda una magnate de las rifas con causa, que la verdad fue bastante fácil, porque todo el mundo sabe que los gatitos bebés hacen que el corazón de cualquiera se estremezca, y eso me ayudó a que los 100 boletotes que ofrecía se vendieran como pan caliente.

Sobra decir que, aunque logré juntar un buen dinero con lo de los boletos, todo se fue rápidamente en comida y cositas necesarias para los nuevos bebecillos, ya que, aunque no lo parezca, atenderlos de manera adecuada sale una millonada.

Pero eso no importa, señoras y señores, como dirían por ahí, uno como sea, pero las criaturas deben estar como reyes. Aunque yo no tuviera para mis lujitos, los pequeñuelos debían vivir como todos unos príncipes.

Y así fue como llegamos hasta aquí; esta es mi vida, amigos, y aunque ahora me conocen como la loca de los gatos, no cambiaría estar con estas pequeñas bolitas de pelo todo el día por nada del mundo. Quieran mucho a sus mascotas, amiguitos, ya me voy a apapachar a mis pequeñuelos, ahí nos vemos, ¡babái!

¿Cómo es la historia de cuando llevaste tu primera mascota a casa?

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