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Un texto fuerte sobre cómo las chicas jóvenes son envidiadas solo por aquellos que saben poco de sus problemas

Ayer presencié una fea escena. Una chica de unos 16 años, rubia, de nariz respingona y con unos rizos conmovedores se dirigía a la tienda. Llevaba un traje de unicornio rosa y unos tenis blancos.

Muchos hombres la admiraban: la esbeltez, su pelo maravilloso. También había una especie de ingenuidad en ella, una confianza básica en el mundo. Así es como suelen verse las chicas que han crecido en buenas familias y saben poco de la vida.

Sonreí en respuesta a ese encanto de la juventud. Pero de repente ocurrió algo que me sacó de ese estado de benevolencia. Alguien incluso mucho más alto que ella y que yo, de hombros anchos, apareció en el camino de la chica e insistiendo comenzó a exigirle algo, llenando su discurso con palabrotas y piropos. Parecía que estaba preguntándole la hora o pidiéndole dinero.

Ni siquiera entendí muy bien lo que quería, pero noté cómo la chica entraba en estupor por esos cumplidos atrevidos. Se quedó en su lugar, sin poder decir nada, y había una mirada de consternación en sus ojos. En ese momento el hombre se acercó aún más, aparentemente para abrazarla. Los ojos de la chica se abrieron de par en par, pero por alguna razón no podía moverse ni huir. Era como si estuviera paralizada.

Le grité con la voz más aterradora que pude: “¡Aléjate de ella ahora!”. Y, por alguna razón, funcionó. El hombre se quedó un segundo, se dio la vuelta y se fue en dirección contraria. Y la chica se despertó rápidamente y se apresuró a entrar en la tienda, casi corriendo.

Cuando le conté esa historia a mi marido, se preocupó.

“Tal vez no deberías meterte en los asuntos de los demás. Temo por ti. Después de todo, ese hombre podría haber sido agresivo contigo”, dijo.

Pero le respondí que tenía una hija de la misma edad. Y si alguna vez alguien intentaba hacerle daño, me gustaría que hubiera gente cerca para defenderla.

Hace mucho tiempo, cuando todavía trabajaba con papeles, una chica de 19 años asustada se acercó a mi mesa. Se le mezclaban las palabras, estaba inquieta. Dejé a un lado los papeles y le pregunté directamente: “¿Qué pasó?”. De los ojos de la chica rodaron lágrimas y me dijo que ese día se había enterado de que estaba embarazada. Tenía un joven que no iba a renunciar al bebé. Pero ella aún lo estaba pensando. No quería abortar, pero temía tener un bebé a los veinte años. Y no tenía a nadie con quien hablar al respecto. Por suerte no había nadie detrás de ella y pudimos charlar un poco. Intenté tranquilizarla y darle apoyo. Sin importar qué decisión tomara.

Cuando oigo que las mujeres adultas envidian a las jóvenes colegialas y estudiantes me parece una locura. Es como una situación en que una madre está celosa de su hija. ¿Qué tendrían que compartir? ¿Un disfraz de unicornio? ¿Bisutería? ¿Una nota en Matemáticas? ¿Un alumno de décimo grado?

Solo en la imaginación de los mayores fantasiosos las jóvenes se aferran a los hombres mayores. Pero en realidad, están conociendo a sus compañeros, preparándose para los exámenes, intentando ganar dinero para ropa y cosméticos, y aprendiendo sus primeras lecciones de vida.

A menudo se las educa de tal manera que todavía no pueden defenderse por sí mismas, usar una voz temerosa, gritar o poner una cara desagradable. Tienen mucho miedo, poca experiencia en la vida y necesitan ayuda y apoyo en sus primeros pasos. También hay quienes se comportan de forma insolente e incluso desafiante. Pero suelen ser chicas que han visto demasiado dolor y muy poco apoyo en su familia. Y también necesitan ayuda.

No tengo nada que pelear con estas chicas, nada que compartir. Tengo diferentes trajes, diferente maquillaje, un hombre y una vida diferentes. No necesito ser feliz por ellas, y ellas por mí tampoco.

De alguna manera estoy segura de que la mayoría de las situaciones con la llamada “envidia” de las mujeres adultas son como las mías: cuando intentas proteger de alguna manera a una chica, recordándote a ti misma a esa edad. Recordando lo aterrador e incómodo que era apartar a un adulto agresivo. Y estos adultos tan agresivos llegan a una conclusión diferente. ¡Esta tiene envidia de que haya perdido mi atención!

Genial.guru publica este texto con el permiso de la autora, la bloguera Morena Morana.

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