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“Verdaderas prioridades”. Un texto que de una vez por todas explicará qué es más importante: las cosas o las personas

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Un tipo va a visitar a una amiga y se sienta con sus pantalones de calle en su cama (los jeans no han sido lavados por un mes, encima el tipo llegó haciendo autostop).

La amiga grita como un pájaro herido.

Al principio, el tipo no entiende nada, ¿qué pasó? Si estábamos hablando bien. Luego, tras haber entendido, exclama: “¡Las cosas son más importantes para ti que las personas!”.

Otro tipo (un caso de la vida real) ayuda a una amiga con una remodelación. Por ejemplo, pinta las ventanas. El tipo no se molesta en poner un periódico en el piso, y nunca ha escuchado nada sobre las cintas adhesivas. Grandes manchas en el cristal, el suelo también lleno de “arte”, la anfitriona no está contenta.

El tipo está ofendido: vino a ayudar, ¡trabajó duro! Y ella, en lugar de agradecer, refunfuña algo sobre el desorden. Las cosas son más importantes para ella que las personas.

Otro tipo también va de visita y arroja sus cosas (ya sea un martillo, o algún otro tipo de herramienta, viene del trabajo) sobre una mesa antigua (laca negra, talla compleja).

La anfitriona, por algún motivo, no está contenta. Claramente, a ella también las cosas le importan más que las personas.

La esposa está volviendo loco a su marido, quien empuja el auto de alguien que está varado en un pozo lleno de barro, sin quitarse el abrigo de cachemir. La esposa no puede entender la fraternidad masculina y la esencia del hombre. Ella también tiene algo mal con las prioridades. Le dan pena las cosas, pero no le importan las personas.

La hija adolescente, que se cambia de ropa, tira todo estrictamente bajo sus pies (lo vio en las películas y recordó que se veía hermoso). La madre recoge tristemente una blusa de seda negra del suelo polvoriento. En la cara de la madre se ve una completa indiferencia a los problemas existenciales y una patológica preocupación por lo material. Es obvio que para ella las cosas son más importantes que las personas, y mucho más.

“Pero solo son cosas”, dicen estas personas, “no te puedes obsesionar con ellas de esa manera”.

No, queridos. No son solo cosas. Cada una de estas cosas vale más que tu vida significa mucho más de lo que piensas.

El tipo solo se sentó en lo que tenía más cerca. Y la anfitriona ahora tendrá que quitar esa funda de la frazada, lavarla, colgarla para que se seque y también tendrá que poner ropa de cama nueva. En realidad, iba a sentarse un rato a leer un libro, y tú le trajiste una tarde entera de desorden, ajetreo y esfuerzo físico como regalo. No fuiste con las manos vacías, bien hecho.

El segundo tipo pintó la ventana, lo que le llevó una hora. Pero a la dueña de la casa le dejó trabajo para seis horas: raspar toda esa pintura de todo lo que él manchó. Vaya, qué gran ayuda con la restauración.

El tipo que estropeó el esmalte antiguo: ¿siquiera te imaginas cuánto valía esa mesa? ¿Y cuánto cuesta ahora, toda rayada? ¿Y cuánto costará la restauración? Le quitaste todo ese dinero a la dueña de la mesa de un solo movimiento. Y esto sin mencionar el hecho de que es una mesa familiar, y otros detalles líricos.

El esposo que arruinó la cachemira: en tu abrigo se gastó dinero que podría haber sido gastado en tu esposa. Ahora te comprarás un abrigo nuevo, lo que significa que tu esposa volverá a no obtener algo, nuevamente se las arreglará sin algo que necesita o quiere.

La madre, que estaba recogiendo la ropa de su hija del piso sucio, también la compró a costa de un esfuerzo. Tuvo que ganar ese dinero, pagó por esa ropa con un trozo de su vida. Y ahora renunciará a otro pedazo de su vida para poner esas prendas en orden.

Hay una canción muy vieja sobre una mujer vulgar, sin alma y sin alas, que teme por cosas sin importancia. Pero para nosotros, los que tenemos “alas y el alma pura”, lo importante son las relaciones humanas. Y no todas esas tonterías.

No, queridos amigos. Quien no cuida las cosas tampoco cuida a las personas. Y esto es ley.

Genial.guru publica este texto
con el permiso de la autora: la bloguera Malka Lorenz.

Imagen de portada depositphotos
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