Genial
NuevoPopular
Inspiración
Creación
Admiración

Una historia sobre cómo un amor de adolescentes puede retomarse algunos años más adelante

7-57
444

Los romances adolescentes están llenos de idealismo y divertidas anécdotas que dejamos atrás a medida que vamos creciendo. Sin embargo, en algunos casos, el tiempo solo sirve para fortalecer los vínculos que creamos en nuestra juventud.

Genial.guru quiere contarte una historia acerca de cómo los amores adolescentes pueden alcanzarnos años más tarde en nuestras vidas.

Mariana llegó a una nueva escuela para cursar la secundaria lejos de la ciudad que la había visto crecer, de sus amigos y de todo lo que hasta entonces conocía. Su madre había obtenido un ascenso en el trabajo, y parte de esta nueva etapa para ambas consistía en mudarse a una nueva ciudad. Era el primer día y jamás había estado más nerviosa. No dejaba de preguntarse si sus nuevos compañeros serían buenos con ella o si podría encajar dentro de alguno de los grupos sociales que ahí existirían. ¿Sería igual que en su antigua escuela? Al llegar al salón, la gente era amable. Casi todas las muchachas y jóvenes que pudo conocer ese día la recibieron con una sonrisa, y aunque sabía que hacer amigos sería un poco más complejo que eso, estaba decidida a integrarse poco a poco.

En su clase había un chico extraño. Mariana podía sentir cómo él la miraba desde lejos y volteaba hacia otro lado cuando ella quería enfrentarlo con la mirada, todos los martes en la clase de Geografía. Su cabello era rizado y tenía los ojos más grandes que recordaba haber visto, como si fuera de otro planeta. Sabía que su nombre era Nicolás, porque la maestra pasaba lista al inicio de la clase, pero no conocía nada más de él. Falló por meses en cada intento de sorprenderlo mirándola. Quería saber quién era y por qué insistía tanto en mantener esa conducta, pero poco a poco se acostumbró, a tal punto que comenzó a ignorar la extraña presencia del muchacho.

Un día, durante el receso, se produjo un intenso juego de fútbol entre los muchachos de segundo y primero, y los ánimos de la escuela estaban a tope. Mariana sintió cómo el tiempo se detenía mientras miraba a Nicolás llevar el balón, esquivando uno por uno a sus adversarios en dirección a la portería. De pronto, al dejar a todos atrás, un paso en falso lo hizo caer cómica y lentamente sobre un charco, haciéndolo perder por completo el balón mientras todos lo miraban y reían. Mariana no pudo contener la risa por mucho tiempo; sin embargo, no dudó en tenderle la mano al extraño muchacho para que se pusiera en pie. Al mirarlo de frente se sintió tan intimidada que solo pudo decirle: “Tienes unos ojos enormes, ¿estás bien?”, y se dio la vuelta tan pronto cayó en la cuenta de lo que acababa de decir.

Por la tarde, llegó a la parada de autobús y, para su sorpresa, Nicolás estaba ahí. “¿Por qué me miras de ese modo en clase de Geografía?”, le preguntó él. Mariana, sorprendida, no podía decidir si indignarse por esa pregunta o solo reírse. “¿Tomarás esta ruta o solo me esperabas para preguntármelo?”, le respondió ella. Después de un breve silencio, ambos rieron. Desde entonces, el trayecto a casa se convirtió en su momento favorito del día, en el que podían hablar sin cansancio hasta que uno de los dos, generalmente Mariana, bajaba primero del autobús, pues algunos días tomaba clases de pintura. A él, además del fútbol, le apasionaba la comida, y soñaba con ser un reconocido chef. El viaje en autobús después de clases se convirtió en un ritual inquebrantable, así como su amistad.

La relación entre Nicolás y Mariana ya era entrañable para cuando llegaron a tercero. Iban al cine y salían de campamento con sus otros amigos de la escuela, pero ellos eran inseparables. Sin embargo, era solo cuestión de meses para que todo cambiara irremediablemente: el fin de curso estaba cerca y ambos irían a distintas escuelas. Nicolás estaba muy confundido; no quería separarse de su mejor amiga, pero no podía hacer nada al respecto y tampoco quería sentirse mal por eso. Así que decidió alejarse de Mariana poco a poco. Comenzó a tomar otra ruta para llegar a casa y salir más con sus otros amigos, para que el impacto de su partida fuera menor para los dos, pero Mariana no lo vio de la misma manera.

No pudieron despedirse. Todo era muy extraño, y Mariana se sentía decepcionada. Sin embargo, se reencontró con algunas viejas amigas, hizo nuevas amistades y siguió con sus clases de pintura, lo que le hizo no pensar mucho en el tema. Algunos meses después, recibió un mensaje de Nicolás que decía: “Que tengas mucha suerte. Odio las despedidas”. Ella decidió no responderle.

Después de la preparatoria, Nicolás entró a estudiar Gastronomía a una prestigiosa escuela. Por su parte, Mariana viajó por el mundo por algún tiempo antes de ingresar a una Escuela de Artes Plásticas en el extranjero, conoció a un chico en la universidad y se encontraba muy enamorada, fascinada con la pintura y su nueva vida. Hablaban de vez en cuando, pero ya nada era como antes. Aquella entrañable amistad poco a poco se había esfumado.

Años más tarde, Mariana volvió a casa al lado de su madre. Su relación con aquel chico de la universidad no había funcionado y tenía pensado abrir una escuela de artes en la ciudad donde ella estudió de joven. Así que, a su llegada, decidió reconectar con Nicolás y fueron a tomar un café. Fue mientras platicaban acerca del pasado que Mariana se dio cuenta de sus sentimientos por él. ¿Cómo nunca había notado que se sentía tan atraída hacia él? Parecía haber hecho el más grande hallazgo, pero al mismo tiempo, era de lo más natural. Poco antes de que pudiera decirle una palabra al respecto, Nicolás dijo: “Espero que puedas venir a visitarnos pronto”. “¡Seguro!”, respondió ella. “¿Cuántos compañeros de cuarto tienes?”. “Vivo con Karla, es mi pareja”, aclaró.

Mariana estaba algo triste; siempre habían sido amigos, en teoría no había una razón para estar molesta. Alquiló un lugar para abrir su escuela y, con ayuda de algunos colegas, logró inaugurarla en poco tiempo. Su reputación como artista y la cooperación con la comunidad hicieron su sueño realidad, y nada podía hacerla más feliz en ese momento.

Una mañana, mientras Mariana trabajaba en la sala de maestros, escuchó que alguien tocó a la puerta. Había pasado mucho tiempo desde ese café... era Nicolás. “¿Alguna vez lo hubieras imaginado?”, dijo él. “¿De qué estás hablando? ¿Qué haces aquí?”, contestó Mariana, a lo que él respondió: “Hablo de que sabía que te quería en mi vida, sabía que éramos amigos, pero no me había dado cuenta de lo que estaba pasando en realidad, ¿me entiendes?”. Ella lo miró sorprendida. “Tuve que esperar más de veinte años para darme cuenta de la naturaleza de mis sentimientos por ti, Mariana. Estoy enamorado, tal vez siempre lo estuve. Fue después de aquel café que sentí un silencio que no podía llenarse con nada más que tu presencia. Por favor, no me tomes como un loco”. “Yo siento algo muy parecido desde aquel día, Nico. Pero entonces hablaste de tu pareja y decidí callarme”, confesó Mariana. “Eso terminó, de otro modo no estaría aquí”. Él la miró directamente a los ojos. “¿Confías en estos ojos enormes?”.

Mariana y Nicolás salieron un par de años, después decidieron mudarse juntos y han planeado casarse, prometiendo que nunca dejarán de ser los mejores amigos, sin importar lo que suceda. Saben que el tiempo es sabio y que, cuando un sentimiento es verdadero, no hay obstáculo para que dos personas puedan reencontrarse.

Y tú, ¿conoces alguna historia de amor que haya comenzado en la adolescencia? ¿Cuál es la anécdota más romántica que recuerdas de aquellos años?

7-57
444
Compartir este artículo