Cómo podría influir tu nombre en tu personalidad y en la manera en que los demás te ven

La calidez, la protección, la incondicionalidad. Desde nuestra más temprana infancia, todos estos factores influyen en nuestra personalidad; la forman. Somos en parte lo que hicieron de nosotros mientras fuimos niños. Aunque hay algo más que quizás se dice poco, pero que también determina nuestras vidas; algo que nuestros padres nos otorgan desde el día en que nacemos. Nuestro nombre.

En Genial.guru nos propusimos investigar sobre el poder de los nombres y su capacidad de determinar y hasta de formar conductas. Quisimos saber más y nos topamos con teorías realmente asombrosas. Lee este artículo hasta el final y sorpréndete tanto como nosotros.

Cuánto afectan los nombres la forma en que los otros nos miran

Dentro de cada país, hay nombres considerados comunes y otros que son raros; otros a los que por diversos motivos asociamos con significados positivos o negativos y otros que incluso pueden verse atractivos, exóticos, modernos o, por el contrario, pasados de moda. Es lógico pensar que quizás estas características puedan influir sobre el modo en que los demás nos tratan e incluso en la forma en que nos percibimos a nosotros mismos.

Se han hecho varios estudios alrededor de cómo la elección de un nombre puede moldear la vida de una persona. Las conclusiones a las que cada uno llega avanzan en el mismo sentido. Sí, la elección de un nombre puede traer consecuencias en nuestra vida, tanto positivas como negativas.

Se dice, por ejemplo, que los nombres con letras más “sonoras”, como Owens o Laurens, se asocian con personas más emotivas y amables que los que incluyen letras oclusivas o sordas, como Jack o Katie, cuyos sonidos cortos y más abruptos podrían asociarse en nuestra mente con personas extrovertidas, rápidas y vivaces.

Esta relación tan especial entre una figura y un modo de ser con un nombre, relación que siempre es social, se refleja con mucha claridad en la ficción a la hora de nombrar a los personajes protagónicos.

En el mismo sentido, se considera que un nombre visto socialmente como “raro”, impopular o con connotaciones negativas puede generar efectos perjudiciales en la estima de quien lo porta. La razón vendría de dos extremos distintos que finalmente se cruzan: nuestro amor hacia nosotros mismos se daña porque no nos gusta cómo nos llamamos o porque no les gusta a los demás y, de algún modo, nos lo hacen saber. ¿Habrán sentido algo de esto doña Clotilde y Febronio, más conocidos por todos como la Bruja del 71 y Ñoño, en El Chavo del 8?

Como en todas las áreas, aquí también existen los prejuicios. Estos son sociales, culturales y hasta lingüísticos. Así, quien tiene un nombre más “sonoro” y cuya pronunciación se considera fluida tendría más posibilidades de ser juzgado por su entorno como una persona agradable que quien posee un nombre más largo y “abrupto”.

Otros estudios parecerían darle aún más fuerza a esta idea al sugerir que los niños con nombres raros o poco usuales serían más propensos a padecer algún trastorno emocional que los niños con nombres corrientes. ¿Será casualidad que los nombres elegidos para representar a dos niñas famosas del cine y la TV hayan sido precisamente “Merlina”, de Los locos Adams, y “Ana”, de Annie? La perturbadora niña de trenzas y la empática y adorable Annie lo dicen todo.

Pero no todos son efectos negativos cuando se trata de rarezas. También hay consecuencias positivas para quienes quieren llevarse el premio a la originalidad. Otras investigaciones muestran que si bien un nombre común puede ayudar a un niño a ser más aceptado por los demás en un corto plazo, quien porta un nombre considerado exótico, extraño o infrecuente puede sentirse único y de este modo moldear una personalidad acorde a ese carácter excepcional.

Creatividad, mente abierta, carreras inusuales y estrategias comerciales exitosas son las características que muchas investigaciones les adjudican a quienes han sido elegidos para llevar un nombre extraño durante toda su vida.

Nombres “redondos” y “puntiagudos”

El hecho de que asociemos un nombre con un rostro e incluso con una personalidad determinada no depende solo de la moda, o de lo común o fuera de lo común. También se relaciona con algo tan puramente lingüístico como el sonido de las letras y sus combinaciones. Distintas investigaciones están abocadas a comprobar que las personas tienden a emitir juicios que se apoyan únicamente en el modo en que suena el conjunto de letras que conforman un nombre.

Los estudios sugieren que la mente vincula ciertos sonidos con ciertas formas; así, las letras “b”, “m”, “l” y “o” se perciben como redondas; mientras que la “k”, la “t”, la “v” y la “i” nos parecen puntiagudas.

Esta suavidad (o no) que encontramos en la pronunciación o en el sonido de las palabras la transferimos a la personalidad de quien tiene el nombre. Así, un nombre “suave” se asocia con alguien agradable, emocional, responsable y algo vulnerable; mientras que podemos atribuirle un nombre “duro” o “puntiagudo” a una personalidad fuerte, extrovertida y audaz.

¿Qué son acaso la vulnerable Bella y la malvada Victoria de Crepúsculo? Y es más: si solo viéramos el rostro de la angelical Meg Ryan y la mirada inquietante de Kim Kardashian, ¿alguien podría dudar de quién se llama de un modo y quién del otro?

Nombres unisex

Andrea, Jesse, James, Jamie, Jodie, Montserrat, Cruz, Charlie, Cameron son nombres neutros que se usan tanto para un género como para otro en distintos países. Y aquí también entran en juego los estereotipos, las normas culturales, las creencias y nuestros propios prejuicios.

Diversos estudios que se han hecho en ese sentido revelan que a los hombres con nombres andróginos se les atribuyen características menos masculinas; y ocurre lo inverso con las mujeres. Los estudiosos del tema han ido un poco más allá e hipotetizan que las mujeres con nombres unisex son más propensas a triunfar en el ámbito laboral y que los niños con este tipo de nombres que no distinguen género tienen más problemas para integrarse en la escuela.

Todo esto no significa que un nombre determine un estilo de vida, sino que nuestros propios prejuicios le atribuyen a quien porta un nombre determinadas características por sobre otras, más allá de que estas características coincidan realmente con la personalidad o con el aspecto físico de quien se llama de ese modo.

Lo que sucede en la ficción es un claro ejemplo de esto. Se eligen nombres para un personaje con determinadas cualidades porque se cree que ese nombre habla de esas cualidades. Luego, si la serie es exitosa, la gente replicará (y afianzará) estos modelos.

Si tuvieras que identificar a una mujer competitiva y muy extrovertida, ¿qué nombre le pondrías? ¿Y si pensaras en un hombre romántico y sensible? ¡Cuéntanos!

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