Genial
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Durante varios años intenté adelgazar y curarme de un trastorno bipolar. Y todo lo que necesitaba era dejar a mis padres

Hola, me llamo Verónica y tengo 21 años. Hace tres años tuve el siguiente diálogo con mi psicoterapeuta:

— ¡No sé cómo dejar de comer en exceso! No puedo adelgazar. Por las mañanas, corro cómo un maratoniano, pero por las tardes voy al refrigerador y todos los esfuerzos terminan siendo inútiles.

— Ningún maratón te ayudará hasta que escapes de la razón principal: tus padres.

Especialmente para Genial.guru, escribí la historia de mi relación con una familia tóxica. Quiero creer que les ayudará a los padres a ver lo que ocurre en casa de una manera diferente y a proteger a sus hijos de problemas y enfermedades, como las que yo tuve. O también les dirá cómo escapar, si es imposible remediar la situación.

Divorcio y apellido de soltera

Todo empezó bastante sencillo: 5 años fallidos del matrimonio de mi mamá, sus gritos y lágrimas en la almohada. Bueno, por lo menos, así fue como me lo dijo la abuela. Es poco probable que un niño de tres años fuera capaz de evaluar el drama personal que ocurría.

El divorcio de mis padres, un par de años de búsqueda por parte de mi madre y, a los 5 años, me preparó para llamar papá a un señor desconocido. Esto no fue difícil, teniendo en cuenta que no recuerdo a mi padre en lo absoluto. ¿Sabes cómo se lleva a cabo la primera etapa del enamoramiento en una relación? Los enamorados disfrutan de la compañía mutua, un hombre intenta hacer todo lo posible por consentir a su amada y el amor y la armonía controla todo. Y de repente, la vida cotidiana comienza a asentarse; lo que alguna vez admirabas en una persona, de pronto, comienza a molestarte.

Así fue como, de alguna manera, mi relación con mi padrastro se desarrolló. Pero el periodo de calidez y cariño duró solo 6 años.

Imagen ideal

La toxicidad de los padres se presenta de diferentes formas. Hay quienes se quejan con sus hijos sobre sus problemas y otros prefieren humillarlos en público. Yo tuve “suerte”: mi padrastro fue una persona difícil. Se las arregló para combinar distintas peculiaridades.

La vida hubiera sido más sencilla si todo este asunto se hubiera limitado a regaños por no lavar los platos. Yo incluso estaba dispuesta a ponerme de pie en el rincón por haber obtenido un 6 de calificación. De alguna manera, no funcionó. Yo era un trofeo andante fuera de casa. Una “hija ejemplar”, de quien se podía presumir ante los conocidos. “Nuestra Verónica obtuvo un diploma en las olimpiadas escolares” o “Mi niña ganó otro concurso de canto”. Y mi frase favorita: “En nuestra boleta de calificaciones no hay ni una sola evaluación menor a 9”.

Una “hija ejemplar” aclamada por todos los conocidos de papá, quien capturó todas las miradas de admiración de los colegas de mamá y regresó a su cuarto. Puede parecer que simplemente estoy exagerando mis problemas. Bueno, los obligan a estudiar ya que muchos niños efectivamente se ven obligados. Como dicen, todo por el bien del niño y su futuro. En mi situación todo fue más complicado: a mi padrastro le gustaba enseñar el camino correcto a costa de golpes. Recuerdo que una vez tomé clases con una mano dislocada. Todo porque días antes había escrito un trabajo escolar con una calificación de 7. ¿Y qué opinaba mi mamá? A ella le daba igual...

A propósito, nunca hubo discusiones en público. Vivíamos como en una perfecta película: una linda familia ideal, como sacada de un catálogo de muebles o una caja de cereal. Esos rostros con una sonrisa antinatural destinados a expresar armonía y prosperidad.

“Estás gorda. ¡Adelgaza!”

Además de las calificación, y sobre lo que hablaré a continuación, hubo muchas más sutilezas. Por ejemplo, un control total, manipulación e interminables gritos. Comparaciones constantes con su hija menor. Pero lo más difícil fueron las humillaciones.

Yo nunca fui una niña gordita. Todo cambió a los 15 años, cuando las hormonas en mi organismo decidieron vivir su propia vida. La cifra en la báscula lentamente aumentó y ¡ups! 61 kilogramos. Al parecer, con una altura de 172 centímetros, no era tan crítico. Pero no en el momento que comienzas a escuchar en tu contra: “¡Dios, cómo has engordado! Ponte otra bata más estrecha, esta te hace ver demasiado gorda”. Día a día me decían que nunca me casaría, porque nadie quiere “a una cerdita como esposa”, la cita favorita de mi padrastro.

Al escuchar una y otra vez tales cosas, dejé de quererme a mí misma y a mi cuerpo. Al ser una chica insegura, entré al mundo de las dietas y de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA). No se necesita decir qué conlleva la bulimia para la frágil psique infantil. Vomitaba, comía y otra vez vomitaba. No sabía que eso estaba mal.

No conseguí adelgazar. Pero los escándalos, peleas, una serie de dietas y “limpiezas” se convirtieron en una bomba de tiempo, la cual un día explotó.

La percepción de doble faceta

Bajo el término de estallar la bomba me refiero a un trastorno afectivo bipolar. Nada extraordinario, solo una enfermedad mental a los 18 años. Cuando te ves obligada a correr por ayuda al psicoterapeuta y tomar antipsicóticos para controlar de alguna manera tus propias emociones.

Mi mamá realmente pensaba que consumía drogas. De lo contrario, ¿cómo explicar la euforia que sentía y las lágrimas en mi almohada, cuando todo parecía estar bien? Me peleé con mi familia al ser incapaz de controlar mis emociones. Las peleas condujeron a un malentendido aún mayor. La incomprensión implicaba emociones cada vez más fuertes, un círculo vicioso. Me da miedo recordar las cosas que hice cuando estaba en un estado maníaco. Y no es menos aterrador darse cuenta de que en el mundo hay niños que también han desarrollado problemas psiquiátricos debido a una vida con padres tóxicos.

A través de los puños, hacia un futuro más brillante

Muchos problemas con los padres realmente se pueden resolver. Se puede ir juntos al terapeuta o intentar hablar en casa. Pero no cuando intentan hacerte más “inteligente” y “exitoso” en el futuro, educándote a través de los golpes.

Recordaré este caso por mucho tiempo. Por alguna razón, mi padrastro llegó a la escuela para recogerme después de clases. Él no tuvo en cuenta que, diariamente, van a la escuela decenas de niños y, para encontrarme, no es suficiente con entrar al grupo, se tiene que llamar mi nombre. El veredicto se dictó rápidamente: falté a clases. En casa, después de 15 minutos de conversación y los intentos por hacerme confesar, mi padrastro voló hacia mí y me tomó del cuello.

Desde ese momento, la decisión se aceptó definitivamente. Cuando las esposas se alejan de sus esposos tiranos, su acción se considera absolutamente correcta, por lo menos, entre las personas normales. Pero con los niños, la situación es diferente, ya que ellos no eligen a los padres. Tienes que vivir con lo que tienes. Además, algunos consideran que mamá y papá, por muy malos que sean, son algo sagrado y no pueden ser juzgados. Pero se tiene que recordar que vivir en una familia en la que se burlan de ti, no es algo normal.

Escape y nueva vida

El diálogo con un psicoterapeuta sobre el exceso de alimentación se convirtió en el punto de partida. El mismo que llevó a un simple pensamiento: es imposible deshacerse del exceso de peso, la bulimia, apagar las emociones con píldoras durante toda la vida, si la razón de tu sufrimiento está a tu lado.

Fue algo duro. Eso no es de extrañar si tienes 18 años y en realidad no tienes a dónde ir. Tuve suerte de tener amigos en otra ciudad. Al hacer mis maletas, llegó el momento de la ausencia de mis padres, me fui para nunca más regresar a mi vieja casa. Tuve que trabajar como mesera y monitora de campamentos los fines de semana. Y no conseguí ir a la universidad hasta los 20: me hacía falta dinero. Había una opción para ir en el turno diurno, pero tenía miedo de no poder moralmente. Sí, y el tiempo se me iba en trabajar.

Fueron tantas las opciones que sopesé, pero evitar a mis padres fue realmente la opción más correcta que alguna vez tomé en la vida. Sumado con las sesiones de terapia y un soplo de aire freso, dio el efecto correcto: aprendí a aceptarme y amarme a mí misma. El sobrepeso se fue y no tuve que tomar las pastillas de forma frecuente. Y lo más importante, ¡era libre!

Actualidad

Viví 3 duros peros felices años, caminé a través de agua y fuego, tuve tres trabajos, mesera, redactora y administradora de inventario. Todo este tiempo ahorré dinero para mudarme a otro país en un futuro y olvidar mi pasado de pesadilla.

Y tres años después, regresé a mi ciudad natal. Pero no para soportar a mi familia. No tengo suficiente fuerza y coraje para hablar con ellos. Regresé únicamente para recoger mis documentos antes de irme al país de mis sueños.

Como epílogo un consejo para aquellos que sufren de padres tóxicos

Durante mucho tiempo aprendí a aceptarme como soy y continúo aprendiendo desde entonces. Una vida con padres tóxicos me ayudó a ser una persona fuerte y encontrar mi propio camino. Por eso les pido leer con atención las siguientes palabras: tú y solo tú eres capaz de cambiar la situación existente. Si las conversaciones con tu familia no ayudan, no tengas miedo de ir a algún otro lado. Hay casos cuando irse realmente es la mejor decisión.

Y tú, ¿consideras que las relaciones tóxicas pueden ocurrir con seres muy cercanos?

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