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Lo peor que los padres pueden hacer por su hija es criarla como una niña buena

Lo peor que pueden hacer los padres por su hija es criarla como una niña buena. Yo, Morena Morana, no me refiero a ser “decente”, “inteligente” o “responsable”. Yo digo “buena”. Ser buena responde a la costumbre de orientarse a las evaluaciones por parte de los demás, al miedo a ofender a cualquier sinvergüenza, al deseo de ver lo mejor en cada malvado. Ser buena, es decir, cómoda, es una carga pesada de la cual cuesta deshacerse a muchas personas durante toda la vida.

Las niñas buenas les caen bien a los adultos. A los maestros del kínder, padres, profesores de primaria. Le dices a una niña buena que se coma la sopa o el arroz hasta el final y se lo come, atragantándose para no molestar a los mayores. Y después, al alcanzar la edad adulta, no entiende de dónde viene su sobrepeso y el hábito de comer más de lo que el cuerpo necesita. Es que no escucha a su cuerpo, no está acostumbrada. Está acostumbrada a mirar a los ojos de su maestra: ¿estoy saciada o todavía no?

Una niña buena no se opone a los adultos. No les habla con rudeza y ni siquiera trata con ellos de igual a igual: solo sonríe, asiente y obedece. Y cuando, a sus 14-15 años, un hombre adulto comienza a acaramelarse con ella con una sonrisa lasciva, la chica ni siquiera puede contestar: no ha desarrollado esta habilidad. Lo aguanta con horror y todavía soportará mucho en situaciones donde es necesario responder con firmeza y en voz alta: ¡quítame las manos de encima!

Una niña buena, estudiando, solo obtiene las notas más altas. Cualquier calificación justo por debajo del sobresaliente, para ella, es una tragedia. A lo largo de los años de estudio, se acostumbra tanto a orientarse por las evaluaciones por parte de los demás que sigue viviendo con este hábito esperando con nerviosismo: ¿cómo me evalúan? ¿Qué piensan de mí? ¿Todos me consideran buena? La chica quiere obtener sobresalientes del mundo que la rodea, como en la escuela. Pero el mundo adulto está organizado de manera diferente, es arisco en alabanzas y generoso en críticas. La chica sufre y acaba tomando sedantes o incluso algo más fuerte.

Una niña buena trata de ser cómoda para los demás, la más cómoda, más cómoda que las zapatillas de andar por casa desgastadas. Les agrada, los cuida y se sacrifica. Pero estos sacrificios, a menudo, no solo no los valoran, sino que también los consideran un síntoma de debilidad. Y los aprovechan, sin escrúpulos, qué más puedo decir. ¡Cuántas buenas chicas, decentes, educadas con los ideales del sacrificio, reciben esposos vagos, parásitos y gigolós! Y estos, sin avergonzarse, se aprovechan de sus esposas para hacer lo que ellos quieren.

Una niña buena está acostumbrada a aguantar. A no distraer a los adultos de sus asuntos importantes con sus “nimiedades”. Esperar con obediencia ciega hasta que le presten atención. Se acostumbra tanto a aguantar y soportar que esto se convierte en su segunda naturaleza, inherente a su estilo de vida: encontrar sufrimiento hasta allí donde no lo hay. Incluso esta chica no puede durante años comprarse un sofá cama nuevo: simplemente no se da cuenta de cómo le duele la espalda y el cuello debido a un lugar para dormir del todo incómodo. Simplemente, asimiló el sufrimiento como algo necesario e inevitable.

Tener hijos buenos es muy cómodo para los adultos. Los niños buenos, al igual que las flores en macetas, colocadas en los alféizares de las ventanas, son agradables a la vista. Pero, para la vida, ser bueno, por desgracia, es muy malo. Más tarde, tendrás que esforzarte mucho, y durante largo tiempo, para deshacerte de ser “bueno”. Así las cosas, es mejor que no sean cómodos. Que sean audaces, capaces de defenderse, conocedores de sus propios deseos, necesidades y límites. Que se acostumbren a evaluarse a sí mismos por su propia cuenta sin mirar a los ojos de sus maestros. Que, si es necesario, sean groseros y capaces de protegerse. Que no sean buenos. Que sean felices...