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“No me avergüenzo”. Una autora de Genial.guru contó honestamente por qué dejó de ser una madre ideal

¡Hola! Me llamo Juliana y crío un hijo de 11 años. Desde los primeros días de mi maternidad, me enfrenté a una actitud extraña de los demás. Todo el mundo sabía mejor que yo cómo alimentar, bañar, envolver y, lo que es más importante, criar a mi hijo. Y luego me di cuenta de que no era por mí: hoy en día, casi todas las mujeres que han dado a luz están sujetas a la observación pública.

Hoy quiero contarles a los lectores de Genial.guru cómo logré superar los miedos impuestos y sentirme como una verdadera madre.

***

Mi hijo nació en un pequeño hospital provincial. Inmediatamente fue llevado al departamento de recién nacidos y entregado en mis manos estrictamente según el horario. Una enfermera solía venir a nuestra sala con un carro largo, en el que había una fila de diminutos “sobrecitos” que lloraban. El bebé tuvo que ser rápidamente alimentado y devuelto.

Mi sobrecito tenía una cara enojada, hinchada y todavía tenía un ojo cerrado.

Lo miré y pensé, cuándo se va despertar lo que describen en las revistas para futuras madres como un amor cálido, tierno y desinteresado hacia el hijo. En aquel momento, todavía sentía cómo me dolían los puntos y los brazos que estaban cansados de tantas inyecciones. Además, tenía muchas ganas de dormir.

Sin embargo, el sentido de curiosidad era más fuerte que todos los inconvenientes. Igual que otras mujeres en la sala, ni siquiera pensaba en besar y abrazar al bebé, sino que solo lo miraba pensando: “Es increíble, di a luz una persona real. Con sus deditos, pestañitas y agujeritos en los lugares correctos”.

Pero por alguna razón, en aquel momento, el amor prometido no se despertó.

Entonces, me avergoncé

Parece que este sentimiento es familiar para casi cualquier madre. Una madre debería estar avergonzada siempre y por cualquier razón. Tal vez esto debería motivarnos a nuevas hazañas en nombre del niño.

Hay que dar a luz de forma natural (ya que una cesárea no tiene nada que ver con un parto), practicar la lactancia materna el mayor tiempo posible (preparado para biberón es para las madres perezosas), desde el primer día de la vida participar en el desarrollo del niño, proteger a su crío mientras está en la guardería, durante sus años escolares e “ingresar” a tu criatura a la universidad.

De lo contrario, la madre será condenada, las personas no dudarán en reprocharle mirándola con los ojos llenos de brillo sádicamente alegre.

A veces me descubrí dando excusas a las personas completamente extrañas. A la enfermera, al pediatra local, a la profesora de guardería y la empleada enojada en la recepción del hospital, a una vecina que quiere pellizcar la mejilla del niño, incluso a una abuela desconocida en la tienda, que quiere dar un caramelo que le está estrictamente prohibido al bebé. Incluso a otra madre, cuyo hijo aprendió a caminar, hablar y montar puzles antes.

Pero en algún momento me sentí aliviada

Este año mi hijo cumple 11 años. Hace poco tiempo me di cuenta de que mi hijo y yo estábamos cansados ​​de la presión constante de los demás, y finalmente pude admitir que no era una madre ideal.

No me avergüenzo de haber dado a luz por cesárea. No me escondí de las contracciones bajo anestesia general. Y no sé qué es más fácil de aguantar: sufrir unas cuantas horas en un sillón de parto o pasar un par de días caminando contra la pared (nos hicieron caminar por el pasillo 12 horas después de la operación), además de preocuparse por el bienestar del niño y la sutura en el abdomen.

Sí, a los 6 meses mi hijo fue alimentado con biberón. Principalmente debido a la actitud histérica hacia la lactancia materna. Me miraban en la clínica como si fuera una madre perezosa, además mi suegra solía decirme que las flacas como yo nunca tienen leche.

No solía poner música clásica para mi niño y no colgué letras en las paredes. Pero tenía su propio estante con juguetes geniales, un cucharón real y ollas viejas en las que “cocinaba” sus sonajeros y calcetines.

Tres meses después de dar a luz, dejé de hervir los biberones y de planchar la ropa infantil. No afectó de ninguna manera la salud del niño, pero la vida se hizo mucho más fácil.

Cuando mi niño cumplió 4 años me divorcié. Porque me di cuenta de que no podía aguantar el ritmo tan frenético: una esposa ideal, madre, ama de casa y principal fuente de ingresos. Y no me avergüenzo de que mi hijo crezca sin padre.

Mamá también es una persona

Dejé de avergonzarme cuando me di cuenta de que mi hijo y yo no teníamos que ser como las familias de revistas sobre la maternidad feliz y la infancia. No somos robots, sino personas reales, cada uno de nosotros tiene derecho a tener emociones e incluso (¡qué horror!) un cierto espacio personal.

No me avergüenzo de no haber hecho los deberes con mi hijo. Solo comprobaba una tarea particularmente difícil o le explicaba algunas reglas de ortografía. O me levantaba temprano por la mañana y retocaba en silencio el dibujo para la escuela que le hizo llorar ayer. Por alguna razón, me parece que el cuidado se ve exactamente así.

No me levanto a las 6 de la mañana para preparar crepas, y no llevo todas las tareas domésticas. No me avergüenza decir que estoy ocupada y sugerir que mi hijo prepare la pasta con sus propias manos.

No estoy registrada en ningún chat de padres. Sólo porque no me interesa. Estuve solo una vez en la escuela y espero que vuelva a pasar por allí solo el día de graduación de mi hijo.

Aprendí a salir de la tienda sin un montón de pantalones cortos para niños. Si necesito un vestido nuevo, lo compro sin remordimientos de conciencia.

Tengo derecho a estar sola. Para escapar por un par de horas al cine, para meterme en el teléfono en una cafetería de la calle o para encerrarme en el baño con una mascarilla en la cara. Estas son las mini vacaciones que cada una de nosotras necesita para pasar del modo “madre” al modo “también soy una persona”.

Y el amor, por supuesto, vino

Pero un poco más tarde. Como un sentimiento auténtico y consciente. Estoy muy emocionada viendo cómo crece y cambia mi niño, cómo aprende a enfrentar las dificultades y a encontrar un lenguaje común con otras personas.

Cuando tenemos tiempo, jugamos al ping-pong y montamos en las bicis. Nos gusta explorar el mapa del mundo: buscar ciudades con nombres divertidos y al mismo tiempo descubrir cómo se vivía en la era de los grandes descubrimientos geográficos. Le infundió a mi hijo el amor hacia los libros de fantasía y le expliqué que la computadora no solo tiene juegos, sino también programas útiles.

Además, le doy un beso antes de dormir y nunca le digo: “Me avergüenzo de ti”.

Porque, de hecho, la opinión de otras personas no importa.

¿Alguna vez te avergonzaste del hecho de ser una madre “mala”?