13 Secretos de la vida de la realeza que nos dejaron con la boca poco elegantemente abierta

En la infancia, muchos niños leían novelas caballerescas y soñaban con la vida en la corte real. Trajes exuberantes, bailes lujosos, guerreros valientes y damas elegantes: parecía que los monarcas medievales vivían en un verdadero cuento de hadas. Y podría decirse que cualquier mortal ordinario daría mucho por estar en su lugar.

Genial.guru decidió comprobar si la vida de la realeza realmente ha sido tan despejada y hermosa en los últimos siglos.

1. Lavarse en una bañera se consideraba un verdadero desafío

Mucha gente sabe que las damas nobles del pasado se bañaban con camisa. Pero algunas iban aún más lejos. Por ejemplo, la reina Carolina, esposa del rey británico Jorge II, no solo se lavaba completamente vestida. La bañera en sí también se cubría con sábanas de lino, que se colgaban sobre la tina para crear un efecto de sauna, todo para que la noble dama no se resfriara. Las criadas la lavaban cuidadosamente con trapos de franela, usando soluciones jabonosas y leche de yegua. Luego, a Carolina se le ponía un camisón de franela y se la llevaba a una cama precalentada. Algunos monarcas incluso instalaban una cama en el baño, para no congelarse y resfriarse después de los procedimientos del limpieza.

2. El “compañero de taburete” era una de las personas más temibles de la corte

En la Inglaterra Tudor, una de las posiciones más influyentes en la corte se llamaba compañero (o chambelán) de taburete. Este cortesano mantenía el orden en las habitaciones reales privadas, se ocupaba del guardarropa del monarca e incluso de sus finanzas. A veces, hasta podía disponer de pequeñas cantidades de dinero en efectivo.

Pero el título del puesto provino de uno de sus deberes más desagradables: observación y cuidado del monarca durante sus necesidades naturales. En aquellos días, las personas de la realeza no se quedaban solas ni siquiera en esos momentos. El monarca podía compartir sus secretos, aspiraciones y, en ocasiones, pedir consejo a su chambelán. Y, lo más importante, este cortesano era quien se encargaba de observar qué tan saludable estaba el monarca y qué tan bien se sentía. Tal posición existió tanto en la corte de Enrique VIII como durante la época de Isabel I.

3. Los reyes y las reinas nunca se quedaban solos

Incluso en las recámaras reales, los monarcas nunca se quedaban solos. Además del rey o la reina, varios cortesanos dormían en el dormitorio. Y las puertas de los aposentos rara vez se cerraban. Con tanta proximidad, los monarcas apenas podían ocultar algún secreto a su séquito.

Las damas de la corte de Isabel I conocían perfectamente hasta los detalles más pequeños de su salud femenina. Y por un soborno sustancial, proporcionaban esos detalles al Consejo Privado de los Lores, cuyos miembros querían estar seguros de que la reina pudiera dar herederos al estado.

Los doseles tallados sobre las camas de los reyes también aparecieron por una razón. No solo decoraban la cama real, sino que también protegían a los monarcas durante el sueño. Los techos en aquellos días eran menos duraderos, y cualquier cosa, desde escombros hasta escarabajos, podía caer sobre la cama.

4. Antes de dar a luz, la reina quedaba encerrada en sus aposentos

El nacimiento de personas nobles en los viejos tiempos estaba acompañado de muchos rituales. Una de las principales tareas de la reina era darle un heredero a su marido y a su país. Por lo tanto, los cortesanos discutían enérgicamente la salud de ambos cónyuges, sus encuentros y relaciones.

En la era Tudor, algún tiempo antes de la preciada fecha, la reina tenía que retirarse a sus aposentos y permanecer en el dormitorio hasta dar a luz. Todas las ventanas de la habitación, excepto una, quedaban bien cerradas con persianas. Y ningún hombre podía entrar en la recámara hasta que naciera el bebé.

Pero en la corte francesa había otras tradiciones. El nacimiento del primer hijo de María Antonieta se convirtió en un verdadero espectáculo. Además del futuro padre, muchos familiares estuvieron presentes en el dormitorio.

5. La corte real viajaba constantemente entre residencias

La corte real podía ser de varios cientos, y a veces de más de 1 000 personas. Este magnífico séquito rodeaba al monarca dondequiera que fuera. Por lo general, los reyes tenían varias residencias. Isabel I y su corte se mudaban cada pocas semanas. Pero no por amor a los viajes en absoluto.

Sino porque no podían tolerar el desagradable olor. El caso es que el antiguo sistema de alcantarillado de los palacios distaba mucho de ser perfecto, y requería limpieza después de unas semanas de uso. La residencia empezaba a oler mal, y el séquito se trasladaba a otro lugar. Los sirvientes restantes tenían que limpiar y refrescar todo el sitio. Cualquier castillo debía estar siempre preparado para recibir a los monarcas y a su numerosa comitiva.

6. Cómo el poder del arte influía en los matrimonios reales

El matrimonio real era un evento crucial que afectaba la vida de todo un país. Algunos monarcas se prometían a una edad muy temprana. Otros reyes elegían ellos mismos a sus esposas. La apariencia jugaba un papel importante en este difícil asunto. Por lo tanto, antes del compromiso, muchos monarcas exigían un retrato de su prometida.

Así, Enrique VII, rey de Inglaterra, se interesó por Juana de Aragón, reina viuda de Nápoles. Pero, lamentablemente, no tenía el retrato de la dama. Por ello, sus embajadores fueron claramente instruidos, y tenían que decirle al monarca los siguientes datos: el tamaño aproximado del busto, la frescura del aliento y la presencia de bigote. Y también la forma de la nariz y el estado de los dientes. Por desgracia, los arreglos matrimoniales se alteraban por razones políticas y financieras.

7. Cómo las reinas luchaban por el corazón de sus maridos

En siglos pasados, las esposas de los monarcas no tenían mucho poder. En lo que respecta a la influencia en la corte, solo tenían unas pocas ventajas en su arsenal. Y una de ellas era el vestuario. Catalina de Aragón y Ana Bolena usaban sus atuendos para luchar por el corazón del rey Enrique VIII. La primera de ellas recurría a su guardarropa personal en busca de ayuda, e incluso aumentó el costo de los vestidos nuevos en un 50 %. Los cortesanos que apoyaban a tal o cual persona real lo demostraban con la ayuda de los atuendos. Los seguidores de Catalina, siguiendo su ejemplo, llevaban tocados ingleses. Mientras que las damas que apoyaban a Ana Bolena preferían la versión francesa.

8. Los atuendos reales rara vez se lavaban

Antes de la llegada de las lavadoras y los agentes de limpieza especiales, el lavado no era una tarea fácil. Sin embargo, la realeza siempre apreció la limpieza y la pulcritud. Cada monarca tenía una lavandera que se encargaba del estado de su ropa. Era a ella a quien se enviaban los artículos de tocador y la ropa de cama sucios.

Se lavaba principalmente ropa de lino. El resto del guardarropas se cepillaba, se frotaba con pan blanco o se le quitaban cuidadosamente las manchas con ingredientes naturales. Casi todos los conjuntos estaban equipados con un forro de lino, que se quitaba cuidadosamente y se lavaba con regularidad.

La lavandera personal generalmente conocía muchos de los secretos reales. Y su carrera y una vida tranquila en la corte dependían de su capacidad de guardarlos.

9. Evitar los olores desagradables no era fácil

En la era Tudor, los caballeros nobles usaban ropa de lino debajo de los atuendos ricamente ornamentados. Se podía cambiar varias veces al día, para que las prendas no se empaparan de sudor y no tuvieran olores poco agradables más tarde.

La ropa se lavaba con limpiadores naturales. Y para eliminar los olores desagradables, se secaba sobre arbustos de romero y lavanda, y a veces se colocaba directamente sobre la hierba. Esto le daba a la tela un aroma dulce, y los rayos del sol ayudaban a eliminar las manchas restantes.

10. Los zapatos jugaban un papel importante en el vestuario real

La moda de los zapatos también ha cambiado de siglo en siglo. En el siglo XVI ganaron popularidad los que tenían punta roma. La suela solía ser de cuero, y las capas superiores podían ser de seda y terciopelo, adornadas con joyas y bordadas con perlas.

Rara vez alguien llegaba a ver los zapatos de una mujer, ya que las reglas de la moda regulaban estrictamente la longitud de los vestidos. Pero la reina Isabel I solicitó específicamente que le hicieran un dobladillo en las faldas, de modo que todos pudieran admirar sus pequeños pies y sus delgados tobillos.

11. Los peinados exuberantes no solo se hacían por belleza

En el siglo XVIII, la reina María Antonieta introdujo la moda de nuevos peinados llamados pouf. Estas intrincadas estructuras altas, adornadas con flores, patrones y joyas, fueron ridiculizadas en folletos en más de una ocasión. Y valían una fortuna. Pero las mujeres trabajaban en la creación de los pouf no solo por el bien de la belleza. Esos peinados tenían un cierto significado, y ayudaban a las damas a demostrar una actitud hacia ciertos eventos que las normas sociales no les permitían expresar en voz alta.

Por ejemplo, María Antonieta creó un peinado especial en honor a la vacunación de su esposo, Luis XVI, contra la viruela. En aquellos días, se consideraba un acto peligroso. Con su pouf, María Antonieta expresó su opinión sobre el procedimiento médico. Y cuanto más popular se volvía el peinado, tantos más habitantes de Francia se vacunaban voluntariamente contra la peligrosa enfermedad.

12. Ciertos tocados requerían que las princesas fueran extremadamente hábiles

Uno de los tocados más famosos de la Edad Media, el hennin, es un atributo imprescindible de algunos disfraces de carnaval de princesas en nuestros tiempos. Estos conos estaban hechos de lino almidonado o papel rígido y cubiertos de seda.

El tocado podía sujetarse en la cabeza con la ayuda del cabello, que se colocaba dentro del cono, o gracias a unos lazos especiales que se ponían sobre las orejas. En cualquier caso, no era fácil moverse con tal estructura sobre la cabeza. Y en la parte frontal incluso se cosía un lazo especial para que el hennin pudiera enderezarse o sostenerse durante los fuertes vientos.

Por cierto, la forma misma del tocado vino de Oriente. Los hennin de las fashionistas europeas se inspiraron en las guerreras mongolas.

13. Los monarcas eran los pioneros de la moda

Los miembros de la realeza ya marcaban tendencia en la antigüedad. Eran ellos quienes introducían nuevas modas y establecían reglas estrictas. Aunque para usar algunos conjuntos uno debía tener una destreza envidiable.

Por ejemplo, durante la era Tudor, los vestidos de una pieza simplemente no existían. Consistían en elementos separados: enaguas, corsé, verdugado, capa y mangas. Todo eso o bien era cosido, o sujetado con alfileres. Por lo tanto, las damas nobles tenían que caminar con cuidado y sentarse elegantemente, evitando movimientos bruscos.

¿Qué piensas? ¿Qué abundaba más en la vida de los reyes y las reinas de los siglos pasados: romance o dificultades?

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