Awww la historia del perrito Tobi, que hermosooooo
10 Actos de bondad que el tiempo devolvió convertidos en un auténtico milagro
Historias
hace 1 hora

De vez en cuando, el ajetreo diario se detiene, aunque solo sea unos minutos, para poder darnos cuenta de que alguien necesita de una mano amiga y, aunque lo hagamos sin buscar nada a cambio, hay ocasiones en las que la vida nos devuelve el gesto bondadoso. Hay quien dice que el karma es como una especie de bumerán; puede que tarde en volver, pero cuando lo hace, suele ser en el instante en el que más lo necesitamos.
- Hacía un frío de mil demonios en Madrid y yo estaba en una cafetería esperando a un cliente que me iba a acabar dejando plantado. Justo en la mesa de al lado, un chico joven contaba monedas con cara de angustia; no le llegaba para poder comprarse el desayuno. No lo pensé. Solo le dije al camarero que le pusiera un chocolate caliente con porras y que lo cargara a mi cuenta. El chaval me miró aliviado y me dio las gracias con una enorme sonrisa.
Cinco años después, tuve que ir a pedir un préstamo al banco para poder abrir mi propio negocio. El director del banco se me quedó mirando fijamente y me dijo: “Igual tú no te acuerdas, pero yo estaba muerto de hambre y de bajón ese invierno, y tú me invitaste a desayunar cuando no tenía ni un duro. Puedes estar seguro de que tu préstamo está concedido”. Casi me da un parraque. - Trabajaba como camarero en un chiringuito de playa para pagarme la carrera. Un grupo de turistas se fue sin pagar unas bebidas por despiste y mi jefe, que era bastante agarrado, quería descontármelo del sueldo. Un cliente habitual que lo vio y escuchó todo me dejó un billete de 50 euros de “propina” y me dijo: “Tira para adelante, chaval, que se nota que vales”.
Años más tarde, ya como arquitecto, ese mismo hombre me contrató para diseñar la que sería su casa de campo. Él me reconoció al instante. Me dijo que le había recordado muchísimo a su hijo y que solo quiso echarme un cable. Vaya que si lo hizo...
- Un día, volviendo a casa, mi coche me dejó tirado en una carretera secundaria de pueblo por la que no pasaba ni un alma. Por fin, después de horas, pasó un señor con un tractor y se paró. El hombre me remolcó hasta el taller más cercano y se negó en redondo a que le pagara. “Hoy por ti y mañana por mí”, me dijo.
Meses más tarde, mi empresa de reformas recibió una llamada de aviso para arreglar un tejado que se estaba cayendo a pedazos en una zona rural. Resultó ser la casa del hombre del tractor. Le hicimos la reforma completamente gratis y solo le dije: “Hoy por ti y mañana por mí, ¿recuerda?”. El hombre no podía parar de llorar de alegría. - Mi vecina, Milagros, es una mujer mayor que vive sola. Siempre que voy a la compra, le pregunto si necesita algo de la tienda, que le baje la basura o cualquier otro recado. Cuando horneo, le llevo un trozo de bizcocho o unos sobaos con un Cola Cao bien caliente (le encanta) y ella siempre me dice que soy “un sol de mujer”.
Cuando me quedé en el paro, no sabía cómo iba a poder pagar el alquiler y estaba preocupadísima, pero ella me llamó. Su sobrino es el dueño de una gestoría y estaban buscando a alguien con urgencia con mi perfil. Milagros me recomendó tanto, que me contrataron sin hacerme ni siquiera la entrevista. ¡La de vueltas que da la vida!
- Encontré a un perrito vagando desorientado y asustado por medio de la autovía camino a Bilbao. Me jugué el tipo, paré el coche y logré subirlo al maletero. Le llevé al veterinario, pero no tenía chip, así que lo cuidé durante dos semanas mientras pegaba carteles por todo el barrio y ponía publicaciones en redes para encontrar al dueño. Al final apareció. Era un chaval joven que parecía completamente destrozado y que lloró de la alegría cuando pudo abrazar de nuevo a su perro.
Ese chico era informático y, cuando se enteró de que mi portátil había muerto y que no podía permitirme uno para mis estudios, se presentó en mi casa con uno prácticamente nuevo de alta gama que ya no usaba y me lo dio. “Esto no vale ni una cuarta parte de lo que tú hiciste por Tobi y por mí”, me dijo sonriendo. - Siempre pasaba por delante de una librería muy bonita, pero pequeña y siempre vacía, que estaba en mi barrio en Gijón. El dueño era un señor mayor encantador y apasionado de los libros, pero no tenía ni idea de redes sociales, ni de Internet. Compré un librito precioso de segunda mano y, cuando llegué a casa, escribí una reseña superdetallada en Google y subí unas cuantas fotos muy chulas de los rinconcitos de la tienda a redes sociales.
Dos años más tarde, publiqué mi primer poemario y ninguna editorial quería hacerme caso. En cambio, aquel señor me contactó por redes gracias a la ayuda de un cliente. La librería se había convertido en un punto cultural muy famoso gracias a la reseña y las fotos que subí, así que Gregorio, el librero, me organizó una presentación por todo lo alto en su tienda. Vendimos todos los ejemplares que llevé en una tarde y una editorial me contactó. ¡No me lo podía creer!
- En un vuelo de Barcelona a Cancún, me tocó justo al lado de una madre primeriza con un bebé que no paraba de llorar. Toda la fila y la mitad del avión los miraban mal y se quejaban, de modo que quise ayudarla y me ofrecí a acunarle un ratito para que pudiera comer tranquila y dar una cabezada. Estuve algo más de tres horas jugando y entreteniendo al bebé, pero la mujer logró descansar.
Al aterrizar en Cancún, me di cuenta de que había perdido mi pasaporte en alguna parte del avión. Estaba al borde del colapso cuando vi a lo lejos a la mujer hablando con un sobrecargo. Dio la casualidad de que su marido era el piloto del avión, así que me ayudaron, movieron cielo y tierra, retrasaron la limpieza y lograron encontrar mi pasaporte en menos de quince minutos. Si no llega a ser por ella, me da un pasmo y me quedo varada. - Un día vi a un hombre durmiendo en un banco de la Plaza Mayor de Madrid. No parecía un sintecho, pero se le veía triste y con la mirada perdida. Le compré un bocata de calamares y una lata de Aquarius y nos sentamos juntos a comer en silencio. Solo me dijo: “Gracias por tratarme bien”.
Casi un año más tarde, fui a una audición para participar en una obra de teatro (uno de mis grandes sueños). Cuando acabé mi prueba, el director, un hombre muy serio y exigente, se levantó y me dijo: “Aquel bocata de calamares fue la primera comida que probé en tres días después de que me perdieran todo mi equipaje, incluso la cartera, en un viaje. Gracias, el papel es tuyo”. Me quedé de piedra.
- Hace años trabajaba como socorrista en una playa de Benidorm durante el verano. Saqué a un niño del agua que se había adentrado demasiado en el mar y estaba entrando en pánico. Fue un rescate sencillo. Le tranquilicé, le regalé mi silbato y regañé a los padres por despistados.
Casi veinte años después, mi padre necesitaba un trasplante urgente de corazón. Estábamos en la lista de espera, casi sin esperanza ninguna, hasta que apareció un donante compatible. El cardiólogo que lideró la operación, un tipo brillante y jovencísimo, se me acercó al terminar la cirugía, se bajó la mascarilla y me dijo: “Todavía guardo el silbato que me regalaste aquel verano en la playa. Tú me diste un futuro aquel día, gracias”. Se me saltaron las lágrimas allí mismo. - Durante unas vacaciones en un pueblito pesquero de Cantabria, rescaté el móvil de un chico que se le había caído entre las rocas de un espigón. Bajé a pulso y me raspé los brazos por completo, pero el chaval estaba desesperado porque en ese teléfono tenía las últimas fotos de su abuelo. Después de eso, me invitó a unas rabas y ahí quedó la cosa.
Pasaron los años y yo estaba tratando de alquilar un piso en Madrid que era una pasada: barato, céntrico y con unas vistas increíbles. Había como 20 o 30 personas haciendo cola en el portal para tratar de quedarse con él. Cuando me tocó pasar, el casero se quedó mirando mi brazo y flipó. Era el chico del espigón. Me dio las llaves del piso en el acto, mientras me decía: “Si hiciste aquello por el móvil de un desconocido, sé que cuidarás la casa de mi abuelo mejor que nadie”. Llevo tres años viviendo en esta ganga y tengo un amigo que es mi casero.
¿Cuál fue el gesto desinteresado que te regresaron con creces?
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