12 Ejemplos de que la bondad es, además, un síntoma de la inteligencia

Historias
hace 1 hora
12 Ejemplos de que la bondad es, además, un síntoma de la inteligencia

Cuando la amabilidad y la bondad parecen escasear, las historias que las tienen como protagonistas nos hacen sentir muy bien. Aunque a veces no lo parezca, el mundo está lleno de personas amables que se fijan en lo que le ocurre al otro, y si pueden, dan una mano.
Hoy compartimos doce historias enviadas por lectores de Genial, en las que se demuestra que la bondad también puede ser una señal de inteligencia, ya que con ella logramos un mundo mejor para todos.

  • Hace un tiempo me tocó vivir una temporada mala, sin trabajo, sin ahorros; realmente estaba complicado. Desayunaba unos mates, pasaba todo el día buscando alguna changa, algo para hacer, y al volver a casa cenaba mate cocido con unos bizcochitos o galletitas de agua. Un día, un vecino me golpeó la puerta, le abrí y me dio dos bolsas con alimentos: aceite, arroz, fideos, lentejas, harina, varias cosas. Sentí que me volvía el alma al cuerpo. Durante un par de meses, mi vecino hizo eso cada quince días. Le pregunté por qué lo hacía, y me dijo que como él no necesitaba la pensión por viudez que cobraba, usaba esa plata para comprar comida y repartirla a gente que pasaba, como yo, un mal momento. Un tiempo después conseguí un laburo y de a poco mi vida se fue ordenando, pero nunca olvidaré a ese vecino. Me dieron ganas de ser como él.
  • Estaba sin un peso partido al medio y necesitaba ropa y zapatillas. Simplemente, toda mi ropa estaba muy gastada, pero podía aguantar; el problema era el calzado. El único par de zapatillas que tenía estaba con agujeros y la suela se había empezado a despegar. Entré a un local de zapatillas y alpargatas y estuve mirando un rato; no eran de marca, realmente no eran costosas, pero aun así, no me alcanzaba. Estaba por irme cuando se acerca la vendedora y me dice: “Hoy hay una oferta: las alpargatas cuestan 500 pesos (algo así como 30 centavos de dólar)”. Yo la miré como si hubiera hecho un chiste. Por muy baratas que fueran, 500 pesos eran un precio imposible de tan barato. “En serio, si tiene 500 pesos, puede llevarse unas alpargatas”. Yo tenía 500 pesos. Me llevé mis alpargatas. Esa mujer era un ángel.
  • Un día se me pinchó la rueda de la bici lejos de casa. No tenía herramientas ni nada. Estaba viendo qué hacer cuando un pibe que pasaba con la camioneta frenó. Sacó sus cosas y me ayudó a arreglarla, estuvo como media hora conmigo. Cuando terminamos, se fue como si nada.
  • Una vez me quedé sin saldo en la SUBE y tenía que volver a casa, y no tenía a quién llamar. Me quedé dudando en la parada, viendo pasar colectivos. Un hombre mayor me miró y me dijo: “Subí tranquilo”. Le expliqué que no tenía saldo. Sacó su tarjeta y me pagó el viaje. Ni me dejó agradecerle bien. Se bajó antes y solo me dijo: “Cuando puedas, hacelo por otro”. No era mucha plata, solo un viaje en colectivo, pero uno no conoce la situación del otro, yo no sé si ese hombre tenía la plata justa o no, y aun así me ayudó.
  • Estaba en el súper contando billetes para ver si me alcanzaba para lo básico: yerba mate, azúcar, un paquete de fideos. Cuando llegué a la caja, me faltaban unos pesos. Empecé a sacar cosas. La chica atrás mío le dijo a la cajera: “Dejá, lo pago yo”. Me dio mucha, mucha vergüenza, pero ella me sonrió como si nada. Fue un gesto simple, pero ese día me salvó.
  • Había ido a una entrevista de trabajo y me fue mal. Salí re bajoneado y me senté en un bar, con un nudo en la garganta. El mozo se acercó y me trajo un café. Le dije que no había pedido. Me respondió: “Invita la casa”. No fue por el café, fue el gesto. Unas semanas después conseguí un trabajo a unas cuadras de ese bar (mi actual trabajo) y voy cada vez que puedo, y obviamente le dejo propina.
  • Esto no es una gran historia, pero igual quiero contarla: ayer estaba viajando parado en un colectivo lleno. LLENO. Estaba cansadísimo. Una chica me tocó el hombro y me ofreció su asiento. Le dije que no, es lo primero que te sale, pero insistió. Ese pequeño descanso me salvó el día.
  • Un día me olvidé la billetera en un taxi. Ya la daba por perdida. A la noche, el taxista vino hasta mi casa. Había encontrado mi dirección en el DNI. No faltaba nada. Ese nivel de honestidad no se ve todos los días.
  • Había empezado un trabajo nuevo y no entendía nada, estaba re perdido. Un compañero, sin obligación ni nada, se quedó después de hora un par de días para explicarme todo, cuando ya había terminado su turno. Gracias a él no renuncié. A veces la bondad es solo tener paciencia con otro.
  • Un invierno me agarró sin abrigo. Salía igual a buscar trabajo, muerto de frío. Un día, en una plaza, una señora se me acercó y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, medio incómodo. A los minutos volvió con una campera. Me dijo: “Es de mi hijo, ya no la usa”. Era justo mi talle. Me cambió el invierno.
  • En una época complicada, empecé a vender libros usados en la calle. Un día no había vendido nada. Una señora se acercó, compró un solo libro y me pagó como si estuviera llevando cuatro. Le quise dar el vuelto y me dijo: “Quedate con eso”. Fue poco, pero significó mucho.
  • Me había quedado sin trabajo y debía el alquiler. El dueño del departamento vino y pensé lo peor. En vez de echarme, me dijo: “Pagame cuando puedas”. Eso me dio aire para acomodarme y conseguir un trabajo. No todos hacen eso. Me quedé en ese departamento un año más y luego me mudé a la casa de mi novia, pero siempre me acuerdo de ese señor.

¿Alguna vez un acto de amabilidad te cambió el día? ¿Qué gestos de empatía tienes con los demás?

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