18 Actos de bondad demuestran que no todo está perdido en este mundo

Historias
hace 10 meses

En medio del bullicio de la ciudad, el corazón de la humanidad aún late fuerte. Un día soleado, una joven recién llegada no sabía hacia dónde ir, y en un instante, un ángel terrenal se acercó para ayudarla. Su bondad no conocía límites: cargó con sus maletas, le buscó un taxi y hasta se lo pagó. La belleza de esta escena es tan conmovedora que la sonrisa nos dura todo el día. ¿Quién dijo que la poesía solo existe en los libros? En la vida real, la bondad humana puede ser la mayor obra de arte.

Afortunadamente, de este tipo de historias podemos contar muchas más, pues las personas bondadosas abundan. Solo es cuestión de toparse con ellas. Es que esta cualidad jamás va a pasar de moda. La bondad sostiene al mundo, ¿no lo crees así?

  • Cuando recién llegué a Perú, mi primer trabajo fue limpiar un mini departamento. Cuando terminé con mis labores, la señora del lugar me dio unas bolsas con ropa, zapatos, comida y dulces para mí y mis hijas. Solo limpié su casa esa vez, pero meses después, en Navidad, me llamó para que fuera a verla. Me recibió con regalos para las niñas y víveres navideños. Siempre estaré agradecida 🙏❤️. © Leidy Batta / Facebook
  • Cuando era estudiante en la universidad vivía sola, sin familiares, en la misma ciudad donde estudiaba. Me enfermé de la vesícula y me doblaba de dolor. Caminé para tomar un taxi y cuando subí a uno me encontraba muy mal. Recuerdo que durante el viaje empecé a vomitar y creo que me desmayé de dolor. Cuando desperté, estaba en el hospital con una vía intravenosa colocada con calmantes. La enfermera me contó que fue el taxista quien me llevó, le encargó mi bolso a los que me recibieron ahí, y también me dejó un poco de dinero en uno de los cierres de mi bolso. No sé quién era ese señor, pero solo espero que la vida lo recompense. © Ana Luz / Facebook
  • Fui mamá de gemelos que nacieron prematuros. No tenía pañales ni nada aún, ya que me había quedado sin trabajo... Me dieron de alta, pero mis bebés tuvieron que quedarse en el hospital, internados. Cuando llegué a casa, encontré ropa, pañales, biberones, todo lo que los niños necesitaban. Mis vecinos y familiares que ni conocía vinieron a dejarme algo. Agradezco infinitamente ese gesto. Todos los días salía de casa para el hospital con dinero solo para el autobús. Me quedaba esperando todo el día fuera del hospital para verlos en los horarios permitidos. Un grupo de gente comenzó a ir, y a ofrecerme comida. ¡Gracias, donde quiera que estén! Hoy mis hijos gozan de excelente salud y yo, cuando puedo, ayudo sin que alguien me lo pida. Nunca sabemos el impacto que eso puede ocasionar en alguien ❤️. © Andys Panda / Facebook
  • Mi esposo, mis dos hijas y yo nos quedamos sin nada, solo con nuestra maleta de ropa por un accidente que sucedió en la familia. Mi cuñado nos ayudó durante dos meses dándonos techo, comida y ayuda para poder comenzar de nuevo, mientras mi esposo se acomodaba trabajando. Siempre se lo voy a agradecer, y ¿saben? Lo más importante de todo esto es que el accidente lo afectó directamente a él, sin embargo, sacó a su familia adelante y de pilón nos ayudó. Lo más increíble es que antes de que pasara todo esto, él siempre nos ha apoyado. Siempre ha sido un gran amigo y una gran persona. La vida da muchas vueltas, porque de hecho, conozco a mi cuñado desde que era solo un niño. Siempre estaré agradecida por lo que hizo por nosotros. Y deseo que Dios lo siga bendiciendo a él y a mi hermana. © Patty Bob Correa / Facebook
  • Después de salir del hospital por un paro respiratorio, regresé a casa al cabo de 12 días para descubrir que mis 4 hijos, todos pequeños, no fueron asistidos por ningún familiar, ni siquiera mi madre estuvo con ellos ni un solo día. ¿Quién cuidó de ellos? Una vecina, la misma que durante mi convalecencia me llevó diariamente caldo de pollo y siguió alimentando y cuidando a mis hijos. Hasta el día de hoy no he encontrado a nadie igual. El tiempo y la vida nos llevó por caminos diferentes y sigo eternamente agradecida con ella. Donde quiera que estés, vecina, gracias de todo corazón. © Jacqueline Vásquez / Facebook
  • Cuando mis 5 hijas eran pequeñas tenía que trabajar en una tienda de embutidos para llevar comida a casa, calzarlas, darles estudios. Además, una de ellas estaba enferma. En ese tiempo venían a casa las hermanas de la iglesia y me dejaban alimentos, verduras que ellas mismas cosechaban y dinero dentro de un sobre. Una de ellas se quedaba a hacerles compañía a mis hijas hasta que yo regresaba. Hicieron esto durante un año, cada semana. Vivo agradecida con ellas, ¡las amo tanto! Aunque estemos lejos, siento un cariño muy especial. Su acción de bondad me inspiró hacer lo mismo 🙏🥰🫶. © Yolanda De Miranda / Facebook
  • A los 21 años tuve trillizas y algunas personas que ni siquiera conocía venían y me ayudaban una o dos horas al día. Siempre había alguien en mi casa para que yo pudiera bañarme y comer tranquila. Yo lloraba cuando me estaba bañando o comiendo porque quienes me ayudaban era gente que no me conocía, mientras que mi familia ni siquiera aparecía para ver a mis niñas. Jamás voy a olvidar a estas personas, que me dejaban dinero, me traían ropa para las trillizas, zapatos, hasta me amueblaron el lugar donde vivía. La verdad, super agradecida. Eran personas que trabajaban como voluntarias en el hospital donde nacieron mis bebés. Ahora las niñas tienen 9 años y son felices. Cuando nacieron las cuidaba solita porque mi esposo trabajaba de 6 a.m a 11 p.m. Éramos una joven pareja con 3 niñas recién nacidas, así que ¡imagínense! © Aliss G Nuñez / Facebook
  • Cuando tuve a mi primera hija vivía sola, mi madre y mis hermanos vivían fuera del país y el papá de mi hija también. Tenía una vecina a la que llamábamos Chepita, una señora mayor que todos los días llegaba por las mañanas, tocaba mi puerta y me decía: “Aquí le traigo m’ijita. Coma calentito. Ya me voy, tengo que seguir trabajando”. A veces, aunque tengas dinero para comer, pero estás sola sin que nadie te ayude, es como no tener nada. Siempre la recuerdo con mucho cariño. Doña Chepita me dio de lo poco que tenía con mucho amor. © E Neyling Fonseca / Facebook
  • Cuando mi esposo se enfermó de COVID, estábamos solo él, nuestro niño de 2 años y un bebé recién nacido. Así que estábamos los cuatro aislados, yo recién parida volando de fiebre y mi niño de 2 pasando por una adaptación muy difícil, pues no podía dormir con su papá. Los amigos de mi esposo y su patrón nos llenaron la despensa y le enviaron el sueldo íntegro. De verdad lo recuerdo con mucho cariño y les agradezco porque fueron los únicos que se preocuparon por nosotros. © Joselin Jara Morales / Facebook
  • Durante la pandemia, mi esposo estuvo sin trabajo por 7 meses. En ese tiempo, vivimos con unos ahorros que teníamos, pero al poco tiempo se terminaron. Una amiga nos dijo que ella siempre apartaba un dinero. Así nos dio mes a mes alrededor de 100 dólares con mucho amor y siempre me decía que Dios me lo enviaba. La quiero tanto. Es una amiga de verdad y para mí ha sido como un ángel. © Chicas Alvarado / Facebook
  • Me sucedió algo hermoso cuando tuvieron que realizarme una operación muy delicada y mi niño era muy pequeño. Decidí pedirle a un familiar para que me ayudara, pero justo se había ido de vacaciones. De pronto me encontré sola en la sala de espera con mi hijo sin saber qué hacer. Llamé a una amiga, la mamá de un compañero de jardín de infantes de mi hijo, porque pasar todo el día con el niño en el hospital era muy duro. La sorpresa fue que llegó con todos sus hijos al hospital, tomó al mío y se lo llevó de paseo al museo, al parque, a comer helado. Gracias a ella todo salió bien. © Magdita Mora / Fcebook
  • Cuando fui a tener a mi bebé, un muchacho que no conocía me acompañó desde que entré al quirófano. Me dio un beso en la frente y me dijo: “¡Échale ganas! ¡Tú puedes!”. Al día siguiente, lo busqué para darle las gracias, pero no lo encontré. Lo que hizo por mí fue muy lindo. © Geo Herrera / Facebook
  • Una vez, fui sola a la capital para una capacitación, con muchas maletas. A mitad de camino, se subió al autobús una joven que se sentó a mi lado. Sin querer comenzamos a conversar. Ella se dio cuenta de que yo no conocía la capital y que no tenía la más mínima idea de cómo iba a llegar a mi destino con tantas cosas que llevaba. Entonces, ella me dice: “Te bajas conmigo, pues yo voy cerca y te será más fácil llegar”. Total que confié en ella. Me ayudó a bajar las metas del autobús, me ayudó a cruzar al otro lado de la calle, me buscó un taxi, me lo pagó, subió mis maletas y me dijo: “Bueno, hasta aquí llegamos. Yo vivo del otro lado, pero quédate tranquila, el chofer te llevará a tu destino”. En ese momento, reaccioné y me di cuenta de que estaba confiando en una desconocida. De todas maneras me subí al taxi. En el camino me dio sueño y me quedé dormida. De pronto sentí que el chofer me despertaba y me decía “llegamos”. Y si, efectivamente, ya había llegado a mi destino. No sé cómo se llamaba la chica porque ni eso le pregunté, solo recuerdo que era de ojos claros, medio rubia, muy bonita. Me contó que volvía de pasear sola, que vivía en la capital. Sin dudas, un ángel. © Mariella Galindo / Facebook
  • Hace muchos años, llegué a la estación de autobuses en Costa Rica alrededor de las 3 de la madrugada. Tenía que viajar a otra ciudad, pero la boletería abría a las 6 a.m. y yo estaba sola. El taxista que me dejó allí, me dijo que era un área peligrosa. Me moría de miedo. Al rato, llegó otro taxista. Me vio y me dijo que si seguía ahí, corría peligro. Me dio indicaciones para ir a una cafetería donde estaría segura y se fue. Enseguida regresó y me dijo que subiera, que él me llevaría. Subí al taxi, pasamos por un mercado y llegamos a la cafetería. Antes de bajarme me mostró por donde debía regresar a la estación. Ya en la cafetería, le dijo al dueño que me cuidara. Ni siquiera le pregunté el nombre, pero donde quiera que esté, que tenga lo mejor 😇. © Telmi Martinez / Facebook
  • Recuerdo lo siguiente como si fuera ayer. En el año 2020, a finales de enero, mi esposo se cayó de la motocicleta y se fracturó el pie. Gracias a las terapias empezó a usar muletas para ir a trabajar, él es músico. Se ponía una bota y un tenis y cada vez que iba a cantar serenatas, la gente se burlaba de él, pero no les hacía caso porque sabía que tenía una familia que mantener. Cuando comenzó la pandemia, ya no tuvimos ninguna entrada para comer. Pero mi esposo es un hombre de gran corazón y tiene una gran familia, empezando con mi suegra, quien se quitó la comida de la boca para darnos a nosotros. Mis cuñadas también nos ayudaron. Durante todo ese tiempo, siempre tuvimos un plato de comida en la mesa... © Karina Jimenez / Facebook
  • Durante muchos meses, después del trabajo, pasaba por la casa de mi amiga que sufría depresión. Ella sabía que, si no me abría la puerta, era capaz de hacer tanto barullo que sí o sí tenía que levantarse a abrirme. Jamás me dio pesar ir a verla, por el contrario, era una caricia para mi corazón ir a abrazarla y compartir un rato con ella. © Silvita Paita / Facebook
  • Una vez me dio un fuerte dolor de muela que me mantuvo despierta en desesperación toda la noche. Mi mejor amigo, que vivía a casi 2 horas de distancia, vino a casa de madrugada, me trajo varios medicamentos y un gel para aliviar dolor. Estaré eternamente agradecida por lo que hizo, pues no todos los que dicen ser tus amigos harían algo así. Él sí y yo también ❤️.. © Brenda Liz Matos Rivera / Facebook
  • Soy madre de gemelos. Durante el embarazo solía ir a comer a un restaurante cerca del trabajo, la dueña me conocía y sabía entender mis caprichos raros de comida. A veces me guardaban varios platos en un recipiente o me preparaban algo extra solo para mí. La señora me alcanzaba el almuerzo a la oficina porque los olores del restaurante me hacía muy mal. Tan comprensible y amable la señora. © Verónica Llanquecha / Facebook
Imagen de portada Andys Panda / Facebook

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