Mi hija cree que su perro es su hijo y lo cría como a un ser humano

Historias
hace 1 hora
Mi hija cree que su perro es su hijo y lo cría como a un ser humano

En las últimas décadas, el concepto de animal de compañía cambió. Antes, el perro de la familia dormía afuera y comía las sobras. Y nada más. Afortunadamente, fuimos tomando conciencia y entendimos que los perros y los gatos sienten, piensan y requieren un trato mucho mejor de nuestra parte. En esta historia, una lectora de Genial cuenta su experiencia; según ella, es un poco extrema.

Tengo 60 años y una hija de 28, Carolina. No sé si el problema lo tengo yo o si realmente Carolina está exagerando. El asunto es este: ella tiene un buen trabajo, hace un tiempo se mudó sola a un departamento cerca de mi casa, y adoptó un perro, Vito. Es un perro chiquito, muy lindo. Pero es como si Carolina hubiera enloquecido, porque lo trata como si fuera su hijo, y no digo eso porque lo abrace y lo levante a upa, es algo mucho más extremo; el otro día le compró un cochecito de bebé.

Cuando lo vi casi me atraganto con el mate (soy de Uruguay). Un cochecito gris, un cochecito para bebés. “Así no se cansa cuando caminamos mucho”, me dijo, como si fuera lo más normal del mundo. Yo la miré y no dije nada, me acordé de cuando ella era chica y yo no podía comprarle el cochecito que quería porque no me alcanzaba la plata.

Al principio me causaba gracia. Que le compre ropa, que le festeje el cumpleaños, que le haga una torta especial. Pero después empezó a preocuparme. Canceló un viaje con las amigas porque “Vito se pone triste”. En su celular tiene más fotos del perro que de cualquier persona.

Un domingo vino a almorzar: puso a Vito en la silla, sobre un almohadón. Le cortó pedacitos de pollo y soplaba la comida antes de dársela en la boca con el tenedor. Yo no aguanté y le dije: “Carolina, es un perro”. Ella me miró como si la hubiera insultado. “Es mi familia”, respondió. Le dije que estaba exagerando, que una cosa es querer a una mascota y otra es girar toda la vida alrededor de ella. Me dijo que yo no entendía nada, que su generación vive distinto, que no todos quieren hijos y que “el amor no se mide por especie”.

Hace unos días me pidió que lo cuide porque tenía una reunión del trabajo por videollamada y no quería que Vito se pusiera a ladrar. Cuando se fue, Vito se quedó quieto, mirándome. Después empezó a llorar bajito. No comió. No quiso jugar y se acostó al lado de la puerta. Me senté en el sillón y, sin pensar, empecé a hablarle. Le conté que su “mamá” era igual de sensible de chica. Vito me escuchaba, o eso parecía, al menos.

Lo saqué a caminar sin cochecito. Caminó un poco y después se cansó. Lo alcé. Pesaba menos que la bolsa de la compra. En el espejo del ascensor vi mi reflejo: una mujer grande, sosteniendo un perro diminuto con cuidado.

Cuando Carolina volvió, Vito se volvió loco de alegría. Ella me miró, nerviosa, como esperando una crítica, o que pusiera mala cara. En cambio le dije: “Comió bien, caminamos un rato. Se portó perfecto”.

El cochecito me sigue pareciendo demasiado, pero creo que entendí algo: Vito no vino a reemplazar a nadie, sino a llenar un espacio que yo no supe ver.

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¿Qué opinas de esta situación? ¿Crees, como nuestra lectora, que su hija exagera, o que tal vez se trata de una nueva normalidad?

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