Menos mal que adoptó la nueva práctica. Demasiados chicos no tienen límites
Mi mamá no está de acuerdo con el método de crianza de mi hija, y me hace la vida imposible

Podemos amar a nuestra madre y no estar de acuerdo con ella. Podemos amar a nuestra hija y creer que está equivocada. Y es ahí donde el amor choca con los conflictos. Una lectora de Genial compartió esta historia con nosotros.
Tengo 37 años y una hija de 7. Mi mamá me tuvo muy joven, a los 18 años, y me crio de una manera muy libre; me dejaba hacer todo lo que yo quería, no me ponía límites ni me retaba cuando me portaba mal (y ahora entiendo que yo, de chica, era verdaderamente caprichosa; la típica niña que corretea entre las mesas del restaurante y molesta a los demás, mientras la madre la deja “en libertad”).

En ese momento yo pensaba que tenía la mejor mamá del mundo. Mis amigas me envidiaban porque podía acostarme tarde, comer cualquier cantidad de caramelos a cualquier hora y decir lo que quisiera sin consecuencias. Pero crecer así tuvo un precio: en la adolescencia nadie podía decirme que no. Discutía con profesores, perdí amigas por mis caprichos y, después, me costó mucho aceptar reglas en el trabajo. Aprendí a los golpes que el mundo no funciona sin límites.
Por eso, cuando nació mi hija Ema, decidí que quería algo distinto para ella. No soy una madre estricta, pero sí clara: en casa hay horarios y normas básicas de convivencia con la familia y con la sociedad: se saluda, se agradece, se guardan los juguetes luego de jugar. Si Ema se pone caprichosa en público, no cedo. La escucho, la acompaño, pero no negocio todo.

El problema empezó cuando mi mamá comenzó a cuidarla algunas tardes. Para ella, mis reglas de crianza son “exageradas”. Si yo digo que mi hija no puede estar todo el día con la tableta, ella se la da “un ratito más, pobrecita”. Si la comida incluye alguna verdura que Ema dice que no le gusta (cuando sé que es mentira), mi mamá le prepara otra cosa “para que no se quede con hambre”. Y cuando intento marcar un límite, mi mamá interviene con un “dejala, es una nena, vos también fuiste chica”.
Una tarde no aguanté más. Ema había hecho un berrinche enorme porque quería un juguete en el supermercado. Yo le dije que no. Mi mamá, delante de ella, me dijo: “No seas tan exagerada. Después le compramos algo”. Sentí que me desautorizaba: no era el juguete; era el mensaje.
Esa noche, cuando llegué a casa, la llamé. Le hablé sin gritar, pero con firmeza. Le dije que agradezco todo lo que hizo por mí, que sé que hizo lo mejor que pudo con 18 años y sin ayuda. Pero también le dije que hoy soy yo la madre. Que no quiero repetir lo mismo que a mí me costó tanto aprender; que el hecho de que haya límites no significa que falte amor.
Yo estaba nerviosa, pensé que se iba a ofender y no quería pasar por otra discusión. Pero me sorprendió. Me dijo, un poco seca: “Tal vez me equivoqué en algunas cosas”. El hecho de que lo admitiera fue lo más importante.
No es que ahora todo sea perfecto. A veces sigue cediendo de más. Pero desde esa vez, cuando eso pasa, hablamos. Y lo más importante para mí y para mi modo de criar a mi hija: Ema ya no ve dos autoridades enfrentadas. Sabe que su abuela la ama y la consiente un poco, pero que las reglas las pongo yo.
Ser madre me hizo entender más a mi mamá. Y también me dio el coraje de hacer las cosas diferente. No crío desde el miedo ni desde la rigidez. Crío desde la idea de que el amor también se demuestra enseñando a tolerar un “no”.
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