Un relato conmovedor que demuestra que ayudar demasiado a los padres a veces puede hacer más mal que bien

Psicología
hace 2 años

Resulta que un padre de setenta años es muy querido por su hijo e hija. La hija lo visita los domingos. Le cocina la comida para cuatro días. Realiza la limpieza a fondo en la casa, saca la basura y le hace compras.

El hijo aparece los miércoles. Hace lo mismo que su hermana.

Su padre no es un lisiado ni nada parecido. ¡No! Es un hombre activo y enérgico. Pero por alguna razón, no puede poner la ropa sucia en el lavarropas ni prepararse una comida.

Los hijos piensan que su padre es ingenuamente ineficaz en lo que se refiere a los asuntos domésticos. ¿Qué tipo de detergente se necesita? ¿Y cuánto cuesta? Papá nunca podrá entenderlo. Es muy difícil. Él está tan fuera de todos estos asuntos del hogar.

Lo mismo ocurre en la cocina. ¿Por dónde se empieza a hacer la carne al horno? ¿Cuál es el proceso? ¿Y cuánto tiempo necesita el pollo para estar completamente cocido? Hay que regular el gas. Más fuerte o menos fuerte. No cocinarlo demasiado. Es difícil para papá. Él no lo sabe. No lo entiende. Es inútil explicárselo. Es como un niño.

A duras penas puede calentar la comida y no quemarla. ¡Así es su padre!

Además, no entiende en absoluto cómo lavar los pisos. Y no sabe escurrir un trapo. Lo toma en sus manos y lo aprieta apenas con los dedos. Y le resulta extremadamente inentendible cómo pasarlo por el suelo. Es difícil para él entender algo tan complicado.

Papá tampoco lava los platos. Porque no sabe cómo hacerlo. El domingo, la hija pondrá toda la vajilla limpia en su sitio. Y papá tendrá los platos limpios hasta el miércoles. Entonces vendrá el hijo. Y papá acumulará la vajilla sucia hasta el domingo.

Su esposa solía cuidar de él. Hasta ponía azúcar en su té. Su marido no sabía cuántas cucharadas iban en la taza, ni cómo revolverlo.

Lo cuidaba como a un bebé. Porque es, ya sabes, tan ingenuo, pobre. Y en este mundo feroz, a la gente así hay que cuidarla mucho para que no le pase nada.

Su esposa falleció. Les pidió a sus hijos que cuidaran de su “desvalido” padre. Los hijos tienen sus propias familias y sus puestos de trabajo. Pero con valentía hacen tiempo para su indefenso papá. Porque lo aman. ¿Cómo no iban a hacerlo? ¡Sin ellos está perdido!

En casa, sus hijos pequeños lo hacen todo ellos mismos. La hija de diez años, por ejemplo, puede preparar un guiso. Pero su abuelo no puede. No sabe cómo, pobre. Y es difícil explicárselo, combinará mal todos los ingredientes de todos modos.

El hombre tiene buen corazón. Pero, aparentemente, mucho no se compadece de sus hijos. Que vengan a lavar y a cocinar. Que vayan a la tienda. No pasa nada, ¡aún son jóvenes! Y su padre se merece que lo cuiden.

Por supuesto, los hijos entienden que su padre está viviendo a costa de ellos. Es como un niño mimado. Y no hay mucho que se pueda hacer al respecto. Como se dice por ahí, “este barco ya ha zarpado”, y no hay nada que se pueda cambiar.

A veces es necesario tomar medidas drásticas. Una acción dura. Un pariente lejano les aconsejó a los hijos que le dieran una lección a su padre. En el verano, sus dos hijos se marcharon de vacaciones. No quedó ninguno de ellos en la ciudad.

Papá quedó solo. La idea consistía justamente en dejarlo solo por un tiempo. Y no pensar en cómo se las arreglaría. Por supuesto que podría hervirse las salchichas y calentar la comida envasada para alimentarse. Pero está bien, que cocine lo que pueda. Eso es cosa suya. Y tal vez descubra cómo lavar una taza. Cómo abrir el grifo y agarrar una esponja.

El padre se enfadó con sus hijos, por supuesto. Incluso les gritó: “¡¿Por quién me dejan?!”.

Pero sus hijos se subieron a sus coches y se marcharon. Durante un mes.

Cuando volvieron, no fueron a ver a su padre de inmediato. Luego, por supuesto, lo hicieron. Como puedes imaginarte, no pasó nada grave. El piso no estaba cubierto de suciedad y las tazas seguían allí.

Papá estaba feliz. Pero no por mucho tiempo. Sus hijos le dijeron que tenían trabajo extra y que no vendrían dos veces por semana. Papá se resintió durante un mes. Era difícil desacostumbrarse a algo tan bueno. Tenía “empleados” de servicio doméstico y, de un día para el otro, desaparecieron.

Luego, de a poco, la situación se fue calmando. Todo volvió a la normalidad. Se reconciliaron después de un tiempo.

Los hijos suelen consentir fácilmente a sus padres mayores y eso puede llevar a que sus progenitores se conviertan rápidamente en “niños” mimados y caprichosos. Saber establecer límites es de una crucial importancia para que uno esté bien (y los demás también).

En Genial.guru publicamos esta historia con el permiso de su autor, el escritor Georgiy Zharkiy.

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