No creo que no se deba prestar ayuda, simplemente hay que saber a quien ayudas...
Por qué, en determinados momentos, no debes prestar ayuda a alguien

Los padres, los maestros en los kínder y profesores en la escuela nos enseñan a ser amables, honestos, responsables y dispuestos a ayudarnos los unos a los otros. Pero, ¿cómo entender si una persona realmente necesita ayuda o simplemente quiere aprovecharse de nuestros recursos? Y lo más importante, ¿cómo, apoyando a nuestros amigos, familiares o conocidos, no superar con ello el límite de lo razonable causándonos daño a nosotros mismos?
Bajo la autorización de la famosa psicóloga y escritora Anna Kiriánova, Genial.guru publica esta historia sobre una ayuda desinteresada y sus consecuencias para nada agradables.
Salomea Andrónikova (izquierda) y Marina Tsvetáyeva.
Antes de comenzar a ayudar a alguien, piensa en el hecho de que pronto puedes obtener así a un nuevo enemigo. Bueno, alguien que no te desee nada bueno, por decirlo con suavidad. O bien, llevarte a una vida de esclavitud. Sucede rápidamente. Y en algunos países, hasta pueden demandarte si ayudas a una persona de manera regular y le das dinero. O bien si le proporcionas servicios gratuitos. Si dejaste de hacerlo, esta persona puede exigir que esta ayuda siga o que le abones una indemnización, debido a que su situación económica empeoró cuando dejaste de reponer su presupuesto. Tú mismo, por así decirlo, te obligaste a desempeñar el papel de mecenas. Y tus donaciones ya han sido apuntadas dentro del apartado “ingresos estimados”. ¡Contaban contigo! Y tú erraste. Te negaste a ayudar y arruinaste los planes de esta persona.
Así calificó la escritora rusa Marina Tsvetáyeva cuando dejó de recibir este tipo de ayuda, de “cochinada”. Durante 8 años, Salomea Andrónikova la ayudó; ella trabajaba en una revista y le daba parte de su salario a Tsvetáyeva, a su esposo e hijos. Y también recaudaba fondos entre sus conocidos para que esta escritora pudiese pagar un departamento de tres habitaciones con baño en París e ir “a la playa” de vacaciones. Salomea, además, le regalaba cosas: abrigos, vestidos, zapatos, un sofá, un escritorio... Pero, de repente, llegó la crisis, por lo que ya no podía permitirse ayudar a la escritora. Ahora, la familia de Tsvetáyeva apena sobrevivía, ¿cómo hablar siquiera de las vacaciones “en la playa”...?
Todo esto ofendió mucho a la escritora. Todo su presupuesto familiar estaba basado en este dinero. Y la escritora comenzó a llamar estas donaciones “mi sustento”, y a pedirlas 3 meses por adelantado... Así como insistir en sus cartas desde el balneario: “Envíenme mi sustento, hemos gastado mucho, ¡aquí todo es muy caro!”, para luego calificar el cese de esta ayuda de “cochinada”.
Marina Tsvetáyeva (izquierda), con su esposo y amigos en Praga, 1923.
Esta es una historia típica de una ayuda que se repite en el tiempo. Al principio, te dan las gracias calurosamente, luego te lo piden, después exigen y, finalmente, se enojan si ya no puedes hacerlo. El papel del salvador, o mecenas, es poco envidiable: o lo ejerces de por vida, o de salvador, rápidamente pasarás a ser un cerdo. Todo lo que hayas hecho antes será despreciado. Y el rechazo provocará la misma ira que la falta del pago de los salarios en el trabajo. O una deuda no devuelta. Porque quién es el salvador también es el deudor. ¡Él debe ayudar! Este es un ingreso con el que se cuenta.
La ayuda se deprecia casi de inmediato. Si ayudas, para ti es fácil y sencillo. Tienes excesos. No es que tú te prives de nada, sino que das algo que te sobra o es innecesario para ti. ¡Ya tienes mucho! Fuerzas, tiempo, dinero, otros recursos...
También puede surgir la envidia: ¡tienes dinero extra, y sofás! ¿Por qué a unos se les da todo y a otros las sobras ajenas? El dependiente se siente humillado con tu ayuda. Y, al fin y al cabo, encontrará un momento para devaluar todo lo que hacías. Por lo general, suele ser el momento en que haces un gesto de impotencia y comienzas a dar excusas, a disculparte porque el dinero, los sofás y los zapatos ya se han acabado. ¡Lo siento!
Pero ellos no perdonan. Esto es lo que resulta importante recordar si has decidido prestar tu ayuda: después de la segunda o tercera petición, debes pensar en las consecuencias. Pensar en que voluntariamente entraste en una especie de relación laboral, por así decirlo. Y tendrás que trabajar de por vida. O bien, hasta recibir las primeras acusaciones de haber hecho una “cochinada”.
Autora: Anna Kiriánova / Yandex Zen
¿Te ha pasado alguna vez que tu ayuda fue infravalorada? ¿Crees que a veces es mejor no ayudar a ciertas personas para que estas se ayuden a sí mismas? ¿No es mejor dar la caña de pescar que el pescado? Comparte tus reflexiones en los comentarios.
Comentarios
Que cara más dura la de esta escritora :O
No entiendo como no puedes ponerte a buscarte la vida para mantener a tu familia.
Esta mujer se pensaba que la ayuda era obligatoria, qué triste.
Por suerte, personas como esta escritora hay muy pocas.
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