Historia sobre el hecho de que incluso un salario exorbitante no vale ni una gota de respeto por uno mismo

Todas las personas que trabajan en el sector de servicios saben que hay clientes de todo tipo: amables, respetuosos, insatisfechos, molestos y, seguramente, más de una vez hasta tuvieron encuentros con clientes maleducados. Y también existen clientes inusuales con un comportamiento difícil de entender.

En Genial.guru, te traemos un texto que lo ilustra perfectamente con el permiso de la autora del canal Solnechniy Krug.

En mi práctica han ocurrido todo tipo de cosas, pero el caso que describo es probablemente el que más me ha tocado el corazón por su cinismo.

Ya hablando por teléfono estaba claro que tenía una clienta inusual, por decirlo suavemente, Regina. Las preguntas llovían una tras otra, y cada vez eran más extrañas:

—Nunca he viajado al extranjero. ¿Cuál es el mejor lugar para ir?

Yo estaba un poco confundida por la presión.

—Emm... No sé cómo decirte esto... Cada país es interesante a su manera. Historia, arquitectura, vistas, naturaleza. No se puede decir cuál es el mejor. Todos los lugares tienen sus ventajas.

En este punto, decidí tomar la iniciativa: “Creo que deberías empezar por Turquía. No hay mucha barrera lingüística allí. Los hoteles lo tienen todo para unas vacaciones cómodas y si...”.

Pero Regina me interrumpió y no me dejó terminar.

—Estaba pensando en Cuba. ¿Es muy caro? Si... —la mujer dudó —por ejemplo, para un viaje de 3 semanas.

Empecé a esbozar el rango de precios, pero ella dijo de repente:

—¡Oh, me da miedo viajar en avión! ¿Puedes enviarme en tren? ¿No sería más barato?

Oh, vaya... Es peligroso enviarla al extranjero. No tiene ni idea de adónde va —pensé, pero luego me recompuse, tomando a la malhumorada señora como un desafío a mi profesionalidad, y comencé a explicarle pacientemente:

—Cuba es una isla y la comunicación con ella solo puede ser por vía aérea. Si tiene miedo de volar...

La mujer me interrumpió:

—¿Adónde puedo ir en tren? ¿A Egipto, por ejemplo?

—Solo se puede ir a Egipto en avión, pero se tarda la mitad de tiempo.

—Bien, veamos los hoteles en Egipto. ¿Cómo llegaría a un hotel? De todos modos, ¿qué mar hay allí? ¿Negro?

Me agarré la cabeza. Menos mal que ella no podía ver mi cara.

—En Egipto está el Mar Rojo y es muy bonito. No se puede encontrar un mundo submarino tan rico en ningún otro lugar. Impresionantes corales, peces de colores. El norte está bañado por el Mediterráneo, pero allí no hay ofertas por el momento.

Me esforzaba por dirigir la conversación en la dirección correcta y entusiasmar a la mujer con la historia del país. Pero ella siguió desconcertándome con preguntas:

—¿Cómo llegaría al hotel? ¡¿Cómo?! Llegaremos allí, ¿y luego qué...?

Yo continuaba:

—La empresa anfitriona la recogerá en el aeropuerto y la llevará al hotel. El día de su vuelo de regreso la llevarán al aeropuerto y la acompañarán a los mostradores de facturación. Se han cuidado todos los detalles para que no tenga que preocuparse de nada.

—¿Cómo llegaríamos al hotel? ¿En barco?

—¡¿Qué?! ¿Qué barco? —me sorprendí.

Regina pareció darse cuenta de que eso me llevaba al estupor, así que hizo otra pregunta:

—¿Cuál es la temperatura en Egipto en este momento? ¿No hace demasiado calor allí?

De alguna manera, llegamos a los precios de los hoteles. Elegimos uno. La mujer prometió venir el mismo día. No me lo creía y, para ser sincera, no quería ver a una persona tan extraña. Comprendí que no saldría nada bueno de ello, pero tampoco podía interrumpir la conversación de forma grosera. No podría hacerlo.

Llegó a las 19:30, después de que terminara oficialmente la jornada. Delgada, esbelta, con una mirada burlona en sus ojos. Cuando se sentó frente a mí, anunció de repente:

—Eres la única que ha pasado mi prueba de resistencia —añadió con una risa —debo haber llamado a unas 20 agencias en una semana, pero tú fuiste la única que aguantó hasta el final. Eso fue divertido. Pero al menos, definitivamente solo reservaré con ustedes.

La miré con perplejidad. Poco a poco me di cuenta de que todo este espectáculo de preguntas tontas era su diversión.

—¿Debo entender que solo se divertía torturando a los agentes de viajes preguntando por el tren a Cuba y todo lo demás?

—Desde luego que sí. —No pudo evitar reírse.

—Diversión ... —Me levanté de la mesa y comencé a prepararme para irme. —Lo siento, pero no voy a trabajar con usted. Además, la jornada laboral ha terminado.

La mujer seguía sonriendo.

—¿Estás bromeando? ¡Estoy aquí para comprar un viaje!

—Cómprelo en otra agencia.

—Pero... —ella estaba claramente confundida —no entiendo. ¿Por qué me has aguantado tanto tiempo? Pensé que eras una persona flexible.

Sonreí amargamente y negué con la cabeza:

—Siempre ayudaré a quien lo necesite, responderé a cualquier pregunta, me tomaré todo el tiempo que sea necesario, pero nunca toleraré el acoso. Le deseo lo mejor —y señalé la puerta.

La indignación o la vergüenza, no lo sé, hizo que el rostro de la mujer se sonrojara.

—He tardado casi dos horas en llegar, ¿y ahora me echas?

—Pero usted también ha hecho perder el tiempo a más de una docena de agencias, ¿no?

—¡Voy a quejarme de ti! —gritó. —¡Estás obligada a reservarme un viaje!

Me reí.

—Ahí es donde se equivoca profundamente. Mi jornada laboral ha terminado. Y hasta que no tengamos una relación contractual, no le debo nada.

Se marchó dando un fuerte portazo. Yo también me fui a casa. No fue nada divertido, sino más bien enfermizo, como si me hubieran tirado al barro. Me pasé todo el trayecto intentando entender qué estaba mal en mí, y por qué este tipo de gente nos hacía perder el tiempo y se divertía de esa manera. Espero que la mujer haya aprendido la lección y al menos reflexione sobre su comportamiento.

Me gustaría conocer la opinión de los lectores. ¿Qué harían ustedes en una situación similar? ¿Vale la pena hacerse de la vista gorda ante estos comportamientos y priorizar solo el dinero?

Imagen de portada Solnechniy Krug
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