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La vida de Elena Diákonova, gracias quien Salvador Dalí se convirtió en uno de los grandes pintores del siglo XX

El libro autobiográfico de Salvador Dalí, “Diario de un genio”, comienza con las siguientes palabras: “Dedico este libro a mi genio, mi diosa victoriosa Gala Gradiva, mi Helena de Troya, mi Santa Elena, mi brillante mujer que parece la superficie marina, Gala Gálatas (galateia)”. Elena Ivánovna Diákonova, que a sí misma se llamaba Gala (en francés significa lo mismo que en español: “gran fiesta”), está considerada por algunos como aquella gran mujer que siempre está detrás de cada gran hombre, mientras que otros la ven como un genio malvado que convirtió el talento de este artista en una máquina de hacer dinero.

Aunque a Elena, Dalí la llamaba Gálatas, Genial.guru se atrevió a suponer que en esta pareja el verdadero Pigmalión era precisamente ella. ¿Y qué piensas tú?

De Elena Diákonova a Gala Dalí

Elena Ivánovna Diákonova, famosa mundialmente como Gala, nació el 18 de agosto de 1894 en Kazán (en aquel tiempo Imperio Ruso). Unos años más tarde, su padre falleció y su madre se casó por segunda vez, por lo que toda su familia se mudó a Moscú.

Elena quería tanto a su padrastro que incluso tomó su nombre como patronímico (un segundo nombre que deriva del nombre del padre). Como una mariposa sale de una crisálida, la futura musa de Dalí pasó de ser de Elena Ivánovna a Elena Dmítrievna, de Elena Diákonova a Elena Diákonova-Éluard, para finalmente ser Gala y, en última instancia, Gala Dalí.

En Moscú, Elena ingresó en una escuela femenina, donde estudió e hizo amistad con Marina Tsvetaeva (una poeta rusa que posteriormente se hizo mundialmente famosa). La escritora la describió de la siguiente manera:

“En el aula medio vacía, sobre el pupitre, se sienta una niña delgada, de piernas largas, con un vestido corto. Esta es Elena Diákonova. Un rostro estrecho, una trenza rubia con un rizo al final. Unos ojos inusuales: marrones, estrechos, ubicados ligeramente como si fueran chinos. Pestañas oscuras y gruesas de tal longitud que sobre ellas, como más tarde afirmaron mis amigas, se podían colocar dos cerillas juntas. El rostro refleja la obstinación y aquel grado de timidez de quien hace todos los movimientos bruscos”.

En 1912, Elena, de 17 años, enfermó de tuberculosis y la familia la envió al sanatorio suizo Clavadel. Allí conoció al entonces desconocido poeta Eugène Grindel. Después, se convertiría en su primer marido. La propia Elena estaba destinada a convertirse en musa e inspirar al que después el mundo conocería como Paul Éluard, quien escribiría los poemas de amor más fervientes. De esta manera, Elena descubrió en sí misma su talento, quizás el más importante: ser una musa.

La pareja se casó en 1917 y un año después nació su hija. En 1921, Elena y Paul fueron a la ciudad de Colonia (Alemania) a visitar al artista Max Ernst. Y este fue el comienzo de ese tipo de relación que bien suele llamarse triángulo amoroso. A diferencia de la mayoría de las historias similares, su romance de tres era abierto: tanto que vivían, sin esconderse, bajo el mismo techo.

No se sabe cuánto tiempo se habría mantenido esta unión inusual si en 1929 Paul Éluard y su esposa no se hubieran ido a la ciudad española de Cadaqués para visitar a un pintor de 25 años, llamado Salvador Dalí. “Enseguida me di cuenta de que él era un genio”, confesaría Gala más tarde.

“Amo a Gala más que a mi padre, más que a mi madre, más que a Picasso y más incluso que al dinero”

De la casa de Cadaqués, Paul Éluard se marchó sin esposa, llevando consigo como compensación su retrato pintado por Dalí. “Yo sentía que se me confió el deber de capturar el rostro del poeta, ya que del Olimpo le robé una de las musas”, dijo más tarde el pintor.

Desde entonces, Gala y Salvador fueron inseparables y en 1932, cuando finalmente ella formalizó su divorcio con Éluard, la pareja se casó oficialmente. Su matrimonio, desde el principio, fue bastante extraño: él tenía miedo escénico a las mujeres y, probablemente, a las relaciones íntimas (algunos consideran que Gala era la única persona que podía tocar a Dalí), mientras que ella era sensual y apasionada.

No en vano, Dalí también era apasionado, pero solo en sus fantasías y con sus creaciones, mientras que ella saciaba su sed con numerosos jóvenes amantes de entre los marinos locales.

A las obras creadas durante los años de vida en común, el artista las firmaba como “Gala-Salvador Dalí”. Fue Gala quien logró que los coleccionistas y amantes de la pintura comenzaran a asediar su hogar, queriendo “tocar al genio de Salvador Dalí”. Hablando en un lenguaje moderno, era una representante muy eficaz: si las obras no se vendían bien, obligaba a Salvador a dedicarse a la publicidad, a diseñar ropa o, por ejemplo, a decorar escaparates.

A pesar de que entre ambos había una diferencia de edad de solo 10 años, Salvador era para Gala más un hijo que un marido: lo llamaba “mi niño” y lo amaba mucho más que a su propia hija, a la que criaba la abuela de Éluard. El propio Salvador, cuya madre (a la que adoraba completamente) falleció cuando él tenía 15 años, aceptaba de buen grado este rol.

Durante muchas décadas, Dalí pintó a Gala de diferentes formas: en sus obras fue inmortalizada, tanto desnuda con una pose medio obscena, como adoptando la imagen de la Virgen María. No en vano, algunos críticos de arte creen (y, muy probablemente, hay una gran cantidad de verdad en esto) que Gala no fue una modelo silenciosa: actuaba como coautora, ayudando a construir la composición del futuro lienzo.

Gala contribuyó a la ruptura de Salvador Dalí con los surrealistas, pero al mismo tiempo, gracias en gran parte al talento de ella y su espíritu empresarial, el artista pudo decir con razón: “Yo soy el surrealismo”.

Por cierto, fue precisamente por uno de los fundadores del surrealismo, el poeta André Breton, que odiaba a Gala con todas sus fuerzas tras divorciarse de Éluard, que ella se ganó la dudosa fama de mujer promiscua y amante del dinero (cuestión que era en buena parte cierto). Más tarde, los periódicos la bautizaron como “Valquiria codiciosa” e incluso la tildaban de cosas más fuertes. Sin embargo, ni a Gala ni a Salvador esto parecía importarles: para él, ella era Gradiva, Gálatas.

Lo que mejor describe la relación de esta pareja son las siguientes palabras recogidas en las memorias de la hermana de Gala, Lidia:

“Gala cuida a Dalí como si fuera un niño: lee para él antes de dormir, lo obliga a tomar algunas pastillas que necesita, analiza junto a él sus pesadillas y con infinita paciencia combate su desconfianza. Dalí tira un reloj a un visitante y Gala se precipita hacia él con gotas calmantes: Dios quiera que no le provoque un ataque”.

Avida Dollars

En 1934, los cónyuges marcharon a América, obedeciendo, como siempre, el presentimiento infalible de Gala: ella creía que solo allí su gran esposo podía obtener un verdadero reconocimiento y, por supuesto, hacerse rico. Y tenía razón.

Fue allí, en América, donde Salvador comenzó como nunca antes a dar veracidad al apodo con el que lo había bautizado, todavía en Europa, André Breton: Avida Dollars. Es un anagrama compuesto por las letras de su nombre, que significa “sediento de dólares”. La pareja organizaba numerosas actuaciones y en cada una de ellas decoraba su aparición con gran fanfarronería: al bajar del barco a tierra estadounidense, Dalí llevaba en sus manos una barra de pan de dos metros de longitud.

Seis años después de su primera llegada a EE.UU., Gala y Salvador regresaron allí nuevamente y pasaron 8 años completos en esta tierra. Ambos trabajaron sin descanso. Él pintaba cuadros, escribía guiones, creó decoraciones para una película de Alfred Hitchcock e incluso trabajó en una caricatura de Walt Disney (que se estrenó recién en el año 2003), decoraba escaparates, es decir, hacía todo lo que podía por obtener ingresos y multiplicar su fama. Mientras que ella, con energía interminable, organizaba todo eso y cerraba nuevos contratos. Pero Gala tampoco se olvidaba de sus propias necesidades, constantemente, enredándose con nuevos amantes mucho más jóvenes que ella.

El ocaso

En 1948, el matrimonio Dalí regresó a España: Salvador amaba mucho su patria y siempre la echaba de menos. Entonces, lo tenían todo: fama, fortuna, éxito, pero una circunstancia amargaba la vida de Gala: ella estaba envejeciendo. Y cuanto mayor se hacía, más jóvenes y más numerosos eran sus pretendientes: ella gastaba un dinero escandaloso en ellos, les regalaba joyas, autos e incluso cuadros de su esposo.

A pesar de todo eso, en 1958, Gala y Salvador Dalí contrajeron matrimonio por la iglesia. Durante más de medio siglo de historia de su unión, Gala concedió muchas entrevistas, pero nunca reveló los detalles de la vida en común con su esposo. El propio Dalí afirmaba que durante 4 años su esposa escribió un diario en ruso, pero hasta la fecha nadie sabe dónde está y si realmente existe.

En 1964, Gradiva cumplió 70 años y ella y su esposo se distanciaban cada vez más: pasaba la mayor parte del tiempo con sus admiradores y él, acompañado de su amante platónica, la cantante Amanda Lear. En 1968, Dalí cometió una de sus acciones “dalineanas”: compró a su Gala adorada el castillo de Púbol, que solo podía visitar bajo el permiso escrito de su esposa.

Todos esos últimos años, amargados, ​​combatiendo dolencias e intentando resistir a una inevitable debilidad senil, Gala los pasó en su castillo. En 1982, se rompió el cuello femoral y, después de pasar varios días en el hospital, Gala Dalí, Elena Ivánovna Diákonova de nacimiento, falleció a la edad de 88 años.

Dalí la enterró en la cripta del castillo de Púbol, en un ataúd con una tapa transparente. Vivió sin su único amor durante otros 7 años más, sufriendo de depresión profunda y afectado por una enfermedad de Parkinson progresiva. En 1989, con 84 años, Salvador Dalí falleció. Dejó toda su fortuna, incluidas las pinturas, a aquella que amó casi tanto como a su única Gala, a España.

Por supuesto, se puede percibir a Gala de muchas maneras, pero una cosa queda absolutamente clara: si en el año 1929 no hubiera tenido lugar el encuentro del destino del pintor y su Gradiva, es poco probable que el mundo hubiera conocido quién era Salvador Dalí, aquel que es el surrealismo.

¿Qué te ha parecido la historia de esta mujer? ¿Qué cuadro de Dalí te gusta más? Comparte tus opiniones en los comentarios.

Imagen de portada AP/East News