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Autores de Genial compartieron sus mejores anécdotas de la infancia sobre el Día de Reyes

La llegada de los Reyes Magos es un acontecimiento que todos los niños esperan con gran ansiedad. En muchos casos, la tradición de preparar la casa para recibir a estos visitantes es un suceso que aporta más entusiasmo y alegría al evento: dejar los zapatos en la puerta de entrada junto con agua para los camellos es un acto que le da “cuerpo” a esa hermosa fantasía.

En esta ocasión, autores de Genial.guru quisieron compartir con los lectores cómo se preparaban para la llegada de los Reyes Magos cuando eran niños.

  • Cuando era chica, el Día de Reyes dejábamos pastito y agua para los camellos, pero nunca lo tomaban ni comían. Mi papá decía que era porque “estaban llenos, ya que habían comido mucho en la casa anterior”, pero era porque todos los años se olvidaba de sacar las cosas. Y otra anécdota: tardé mucho en enterarme de que Santa Claus no existía, y, cuando finalmente me lo informaron, me empeciné en seguir creyendo en los Reyes Magos. En Navidad, en mi casa hacíamos tarjetas con lo que queríamos recibir, así que escribía cartas para los Reyes con el mensaje claro de que “si no me regalaban lo que quería, dejaría de creer en ellos”. No era un pedido, era una amenaza (María Laura, Argentina).

  • Cuando era pequeña, la tarde previa al Día de Reyes, con mi hermana preparábamos todo para la llegada de estos tres visitantes. Juntábamos césped para los camellos y lo colocábamos junto al arbolito, pero nunca poníamos agua. ¿Por qué? Bueno, la cuestión es que mi mamá, para no limpiar lo que seguramente se derramaría cuando alguien se tropezara con el recipiente, nos decía que los camellos traían su propia agua en las jorobas, o que tomarían en la piscina de lona que estaba en el patio (en Argentina, las fiestas tienen lugar durante el verano), jajajaja. Todo sea para no limpiar ningún desastre (Tamara, Argentina).

  • Tengo tres hermanos mayores, y yo soy la única niña y la más consentida (la mayoría de las veces). Aunque ellos ya sabían quiénes eran los Reyes Magos, uno seguía dejando su zapato para ver si, por casualidad, esos seres mágicos se apiadaban y le dejaban algún regalito. En una ocasión, al despertar, bajé corriendo a ver mis obsequios y entonces me di cuenta de que sí le había llegado un detalle. Dentro de su zapato había... ¡un plátano! Jajaja. ¡Me dio mucha risa! Además, como era pequeña, me dio mucho gusto burlarme de su regalo. Mis papás, entre risas, le dijeron: “¡Los Reyes Magos ya no traen nada para ti porque estás viejo!”. Entonces, como buen jovencito, mi hermano le regaló el plátano a mi mamá para que lo pusiera en la cocina (Miriam, México).

  • En la casa de nuestra infancia, mi hermana y yo acostumbrábamos a dejar un balde con agua y otro con arroz crudo en el patio trasero. Allí, mi papá había construido una gruta de vidrio para la Virgen de Caacupé (una variante de la Virgen María en Paraguay, en honor a una ciudad con ese mismo nombre). También dejábamos nuestros zapatos. Cada 5 de enero era la noche antes para prepararlo todo y de esperar los regalos. Creo que éramos la única familia que dejaba arroz crudo, no sé por qué. Otras dejaban pasto, pienso y esas cosas. Pero no, nosotros dejábamos arroz. ¿Acaso los camellos comían eso? Nunca me lo cuestioné, pero me dejaba pensando porque mis amigos solían preguntarme al respecto. En fin, durante la mañana del 6 de enero, nos despertábamos para ver si los camellos se habían llevado las ofrendas y descubríamos emocionadas que los baldes siempre aparecían vacíos, y que nuestros regalos se encontraban cerca de ellos, junto a los zapatos (Marisol, Paraguay).
  • Mis papás me decían que debía poner agua, zanahorias y galletas para los tres Reyes Magos y para el camello, el caballo y el elefante. Mi casa de la infancia era grande, por lo que destinábamos un espacio para que todos estos grandes animales pudieran pasar e instalarse un rato ahí a descansar, mientras los Reyes dejaban los regalos. Pero, al día siguiente, ¡la casa era un desastre! Los animalitos no eran los más cuidadosos precisamente, por lo que todo terminaba en un total caos: una columna tirada, cojines en el suelo, agua regada por doquier y zanahorias a medio comer. En fin, los pobres Reyes dejaban los regalos, pero sus animalitos no se esmeraban mucho en cuidar la casa de mis papás. Yo me sorprendía mucho a la mañana siguiente, pues, además de poder ver mis regalos, la escena era impresionante (Nancy, México).
  • En Honduras, en realidad, no celebramos este evento. Sí sabemos que es un día festivo, pero tal vez solo les damos algunos dulces a los niños. En mi caso, mis papás ponían dulces en un calcetín (y creo que era para celebrar “nuestro día”, por nuestro apellido, jajaja). Pero, en general, no hay mucha consistencia o relevancia. Nosotros recibimos todos nuestros regalos en Navidad (Vianney, Honduras).
  • Tengo un hermano 5 años menor que yo. Recuerdo que el año en el que me enteré de que los Reyes eran los padres, para evitar que él (quien tenía menos de 3 años) se diera cuenta, me quedé prácticamente toda la noche en vela procurando que no se despertase en el momento en el que mis papás colocarían los regalos. Por supuesto, en algún momento, el sueño me venció y me quedé dormida. Así que, a la mañana siguiente, cuando nos despertaron para desayunar, vimos que allí estaban los regalos (Analía, Argentina).

  • Vengo de una familia atea y de ascendencia judía, por lo que nunca festejé el Día de Reyes ni tuve un árbol de Navidad en mi casa en Buenos Aires. Quizás porque mis amiguitos sí celebraban esas festividades empecé a pedir regalos. Y, cuando tenía 5 o 6 años, comencé a recibirlos. Me pedían que pusiera agua y pasto para mantener una tradición, aunque no fuera la nuestra. Sabía que mis padres me daban los regalos y hasta los ponían cuando yo estaba despierto, pero eso era irrelevante. Lo importante era participar en esa especie de juego la noche del 5 de enero y, obviamente, recibir juguetes (Camil, Argentina).

  • En mi familia siempre se respetó la tradición: dejábamos pastito, agua y los zapatos. Pero cuando yo pedía algún juguete extraño o que no tenía mucha publicidad, mis papás no sabían bien cuál era para comprarlo. Entonces, para no gastar dinero en algo que quizá no era lo que yo había pedido, iban a la juguetería (en ese momento eran tiendas pequeñas, no grandes cadenas como ahora, y todo era más personal y cercano), le avisaban al vendedor o vendedora que irían conmigo al día siguiente y, cuando me llevaban, me decían que los Reyes (o Santa Claus, según fuera el caso) habían preguntado más específicamente qué quería porque debían asegurarse de que me llegara lo correcto. Al preguntar cómo harían para que mi mensaje les llegara, me respondían que todo se hacía a través de la computadora (cosa imposible, porque los correos electrónicos aún no se utilizaban en Argentina), y yo pensaba en lo loco que era que alguien pudiera comunicarse así con los Reyes. Pero la mezcla de la magia y de la tecnología hacía que yo quedara conforme con esa respuesta. Así que, con tal de no romper mi creencia en los Reyes / Santa Claus, y de asegurarse de que yo señalara en la misma juguetería qué era exactamente lo que había pedido, mis papás llegaban al punto de coordinar una mentira piadosa con los vendedores (María Cecilia, Argentina).

¿Cuáles eran los rituales que llevabas a cabo el Día de Reyes cuando eras niña o niño? ¿Mantienes esas tradiciones con tus hijos? Comparte tus anécdotas en los comentarios, ¡estaremos encantados de leerlas!