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15 Pruebas de que el primer maestro deja una marca indeleble en el corazón de un niño

El primer maestro tiene un impacto tremendo en los niños. Depende en gran medida de él o de ella si a los niños les encantará la escuela, si la clase será unida, si aprenderán no solo a resolver problemas, sino también a pensar, a fantasear y a razonar.

En Genial.guru estamos seguros de que todas las personas recuerdan a sus primeros maestros y maestras, sean estos recuerdos agradables o no, y nuestro artículo es una prueba directa de ello.

  • En los grados 2 y 3, nuestra maestra era muy joven. No sé cuántos años tenía, pero ella misma todavía estudiaba. Para nosotras, unas chicas que tenían dos canales de televisión y sin mucho acceso a revistas de moda, ella era una estrella: peinados a la moda, atuendos chic, manicura colorida. Y encima le gustaba hablar sobre todo eso con nosotras. Y cuando la maestra comenzó una relación con el profesor de educación física, ¡chillamos de emoción! © Marina Chekh / Facebook
  • Cuando fui al primer grado en 1988, la maestra convocó a todos los padres a una reunión y los obligó (quiero enfatizar: ¡los obligó!) a organizar una excursión para nuestra clase a los lugares de trabajo de madres y padres a lo largo de todo el año. ¡Este fue quizás el acontecimiento más sorprendente de nuestra vida! Estuvimos en una planta de fabricación de equipos petroleros, en una heladería, montamos un camión de basura, regulamos el tránsito de una patrulla, nos sentamos en el timón de un avión (en tierra), apagamos 2 barriles quemados desde un camión de bomberos, cosimos ropa y mucho más. ¡Fue genial! © tatmachok / Pikabu
  • Cuando era pequeña, vi un dibujo animado en el que aprendí que existía un animal llamado iguana. En una lección de primer grado, la maestra nos pidió que nombráramos animales que conocíamos. Me levanté con orgullo y le dije a toda la clase: “La iguana es un animal que se parece a un pequeño dinosaurio”. A lo que mi primera maestra objetó: “¿De qué hablas? ¡No existe un animal así! Si lo hubiera, yo lo sabría”. Aparentemente, nuestra maestra no era muy inteligente. © Oidoporahí / VK
  • Cuando estaba en primer grado, amaba mucho a mi primera maestra. Ella siempre vestía muy bien y era hermosa e inteligente. La idolatraba. Una vez, fui a su casa a recoger un boleto para el circo. En ese momento ella estaba lavando el piso y vestía pantalones de chándal viejos. Fue un shock para mí verla vestida de una forma tan hogareña y con un trapo en la mano. Llegué a casa y le conté a mi madre lo que había visto. A lo que ella dijo: “¡Vaya sorpresa, lava el piso! Para que sepas, también va al baño como todos los demás”. ¡¿Mi hermosa maestra iba al baño?! Mi mundo se derrumbó. © Oídoporahí / VK
  • Recuerdo a mi maestra de primer grado, en el que había niños de diferentes orígenes sociales y diferentes nacionalidades. La maestra, haciendo levantar a cada uno por turno, nos preguntó de qué trabajaban nuestros padres. Recuerdo cómo después de esta encuesta cambió su actitud hacia los estudiantes. Les sonreía dulcemente a unos (adivina quiénes eran sus padres) y se mostraba indiferente con los demás (yo entraba en esta categoría). Recuerdo haber encontrado un paquete de dinero en el suelo mientras estaba en el aula. Supuse que era el sueldo de la maestra, la encontré en la fila de una tienda y le entregué el dinero. En respuesta, escuché un seco e indiferente “gracias”... No se le podía confiar a niños pequeños con almas frágiles. © Ivan Usachev / Facebook
  • Estaba en segundo grado. Cuando era niño, era tímido. Después de una clase de educación física, quería ir al baño. Me daba cuenta de que físicamente no podía soportarlo más, y, pasando de un pie a otro y dejando a un lado toda mi timidez, grité a todo pulmón: “¿Puedo salir?”. Pero me di cuenta de que era demasiado tarde... La mancha húmeda que se extendía en la parte delantera de mi pantalón ya no se podía ocultar a los compañeros de clase. Corrí al baño y allí rompí a llorar de resentimiento y vergüenza. Me imaginé con horror cómo se burlarían de mí en la clase. La vida se había acabado.
    Entonces la maestra entró al baño. Trajo mi ropa y mi mochila para que pudiera guardar mi uniforme de educación física, y me dijo que me cambiara y que fuera a clases. Eso fue lo que hice. Luego hubo una lección, y nos fuimos a casa. Nadie recordó el incidente, nadie me señaló con el dedo ni me insultó. Me resultaba incomprensible: ¿por qué no se burlaban de mí? Más tarde, supe por mi madre que cuando me había escapado del aula, la maestra les dijo a los niños que se olvidaran de todo eso, y que si alguien se acordaba, entonces... y agitó elocuentemente el puño. Ninguno de mis compañeros de clase recordó ni una sola vez esta vergüenza infantil accidental. ¡Gracias, primera maestra! © OldScooterman / Pikabu
  • 3.er grado, lección abierta de lectura. Mi abuela me tejió un cuello de encaje. Pero tan pronto como comencé a leer, la maestra corrió hacia mí, me lo arrancó y luego me echó de la clase. Luego, la directora le dijo a mi madre que la hija de una señora de la limpieza no podía verse mejor que los hijos de médicos y gerentes. Han pasado muchos años, pero todavía recuerdo la cabeza de mi madre inclinada de vergüenza, mi collar de encaje roto en mis manos y mi cara hinchada por las lágrimas. © Oídoporahí / VK
  • En la primaria, mi compañera de clase y yo resolvimos un problema en el examen de matemáticas, pero yo sentía que estaba mal. Le dije a esa chica que había un error, ella no estuvo de acuerdo, pero me arriesgué y lo corregí. Como resultado, ella se sacó una A y yo una B porque, según la maestra, “mi respuesta era correcta, pero estaba desprolija, con tachaduras, mientras que la otra nena tenía todo bellamente anotado”. En resumen, ahora doy clases de matemáticas y trato de ser objetiva, porque la injusticia no se olvida. Y no se trata de la nota en sí... © Konul Eliyeva / Facebook
  • Hace unos 3 años, el primer día de clases, una nena de al lado era llevada al primer grado por primera vez. Ella, feliz, tenía muchas ganas de ir a la escuela. La mamá le juntó un hermoso ramo de diferentes flores en un lindo envoltorio y con una cinta. Pasó una hora y media. Volvieron: la mamá estaba molesta, la niña estaba llorando. Resultó que la “maestra” eligió varios ramos “hermosos” de todos los ramos, y el resto, incluido el de mi vecina, los arrojó sobre el escritorio y dijo: “Que alguien se lleve estas escobas a la basura”. © lena.elena70 / Pikabu
  • En nuestra clase estudiaba una niña de una familia disfuncional, digamos que se llamaba Luz. Cuando ingresó a la escuela (1979), Luz no sabía escribir ni leer, y no hablaba con oraciones, ni con frases, sino con palabras. Se le preguntaba algo y decía la última palabra de la respuesta prevista. O la primera. O la del medio. No sé por qué habían enviado a Luz a una escuela normal y no a una para niños con discapacidades. Al principio, Luz solo se sentaba en el aula, mirando fijamente un solo punto, su mano izquierda torcía constantemente la punta de su cabello y se chupaba sin parar el pulgar de la mano derecha.
    En primer lugar, mi primera maestra le enseñó a Luz a no chuparse el dedo. ¡Se liberó una mano entera! ¡Luz inmediatamente comenzó a dibujar! En el escritorio. No reconocía cuadernos ni álbumes. Podía sentarse, no hacer nada y luego comenzar a poner puntos, a conectarlos, a terminar de dibujar. Pero siempre en el escritorio. La maestra nunca regañaba a Luz. Su escritorio estaba cubierto con un trozo de papel, abrochado alrededor del perímetro con botones. Al final del día, se retiraba la hoja pintada y al día siguiente aparecía una nueva. Poco a poco, Luz empezó a hablar con normalidad, dejó de torcer la punta del cabello, y la maestra acercó sus exigencias a las generales e incluso la llamaba a la pizarra.
    Luz se graduó en la escuela con casi todas las notas excelentes. Ingresó a la universidad, a una especialización en química. ¿Cuál es el secreto? Como se supo más tarde, mi maestra llevaba las obras de arte de Luz, sacadas del escritorio, a un psiquiatra infantil, un verdadero especialista conocido en el campo en ese entonces. Juntos miraban y descifraban los garabatos de Luz, ideaban minicursos separados para ella y verificaban la exactitud del camino según cambiaban los dibujos de la niña. Era una maestra común de una escuela ordinaria. ¡Una Maestra con mayúscula! © Atatash / Pikabu
  • Soy pelirroja. Ahora mi cabello es más bien cobrizo, pero en la infancia era dorado, casi naranja. ¡Cómo envidiaba a las chicas con cabello castaño normal! Nadie se burlaba de mí, ni me ofendía, pero por dentro odiaba mi color de pelo. Y habría crecido con terribles complejos si no fuera por mi primera maestra. Ella me llamaba “niña del sol”, “niña de oro” y decía constantemente lo hermoso que era mi cabello. Para el sexto grado, casi todas mis compañeras de clase se teñían de pelirrojo. © Oídoporahí / VK
  • Soy zurda, y cuando fui a la escuela (ya sabía escribir), por alguna razón, mis padres decidieron que tenía que escribir con la mano derecha. Cuando mi maestra vio el horror en mi cuaderno y descubrió la razón, rápidamente tuvo una conversación seria con mis padres. Le estoy muy agradecida: si no fuera por ella, creo que mis padres habrían continuado torturándome. © Agnetc / Genial.guru
  • Recuerdo que tuve que escribir en la escuela primaria palabras que comenzaran con “cha”. En ese entonces, mi papá me trajo un brazalete hecho de charoíta y decidí escribir esta palabra. Mi maestra quiso convencerme persistentemente de que tal palabra no existía y me sugirió escribir un simple “chaleco” en su lugar. © silemtina / Twitter
  • En la escuela primaria, la maestra de mi hija una vez le bajó la nota por resolver el problema “Se plantaron 5 filas de manzanos en el jardín, 4 manzanos en cada una. ¿Cuántos manzanos hay en el jardín?” con una expresión de 5×4 = 20. Dijo que lo correcto era: 4×5 = 20, porque, ¡atención!, según la maestra, si multiplicabas las filas por los manzanos, obtenías filas. © Silverchiffa / Genial.guru
  • Recuerdo a nuestra primera maestra. Nosotros también éramos sus primeros estudiantes. ¡Era nuestro amor! Nunca regañaba ni alababa a nadie en las reuniones de padres. Llevaba un cuaderno por cada alumno y lo ponía sobre la mesa donde estaba sentado el niño. Los padres leían sobre su hijo. Han pasado 20 años desde que nos graduamos de la escuela, pero ella nos recuerda a todos, ¡siempre se dirige a nosotros por nuestro nombre cuando nos cruzamos! © Elena Tsybulina / Facebook

¿Cómo era tu primer maestro o maestra?

Imagen de portada © Oídoporahí / VK
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