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16 Cálidas historias navideñas repletas de magia y bondad

En la época de las fiestas, cuando las calles brillan con coloridas luces de guirnaldas y están llenas de multitudes de clientes alegres que compran ingredientes para la cena y regalos para sus seres queridos, todos esperamos que suceda un milagro y confiamos en que pronto nos pasará algo bueno. Y, efectivamente, pasa. Porque, ¿cuándo, sino en Navidad, pueden pasar los milagros?

Genial.guru nunca ha dudado de que las fiestas navideñas son una época de verdaderos milagros que a menudo creamos nosotros mismos. Y los usuarios de la red solo confirmaron nuestras conjeturas. No podíamos pasar por alto y no compartir contigo las bondadosas historias navideñas que tienen suficiente calidez como para abrigarnos durante el resto del año.

  • Era la víspera de Navidad, las diez de la noche. Estábamos yendo a celebrar cargando 3 grandes bolsas de bebidas alcohólicas. Y bueno, por supuesto que nosotros mismos ya no estábamos del todo sobrios. Nos quedaban 5 minutos para llegar, ya estábamos saboreando la diversión, por así decirlo, cuando, de repente, a unos 10 metros, frenó suavemente un patrullero. Un sargento bajó y se encaminó directo hacia nosotros. Nuestros pensamientos sobre lo que estaba a punto de suceder, naturalmente, eran de lo más sombríos.
    Llegó el sargento:
    — ¡Las bolsas abajo! — pusimos las bolsas sobre el suelo obedientemente.
    Luego, a mi amigo:
    — Las manos al frente, — él las extendió.
    — ¡En puñado! — mi amigo, sorprendido, juntó las manos en un puñado.
    El sargento metió la mano en un bolsillo y puso un puñado de caramelos en las manos de mi amigo. Luego se dio vuelta y se dirigió hacia su auto. Cuando llegó, giró y dijo:
    — Bueno, ¿acaso no esperaban un milagro navideño? © Aleksssey / Pikabu

  • Todos los años, la noche del 25 de diciembre, tenemos la tradición de reunirnos entre todos los amigos en una plaza, junto a un gran árbol de Navidad. Una vez, llegamos y vimos a un hombre que yacía debajo del árbol de Navidad, completamente borracho. Pensamos que era un vagabundo. Una de las chicas del grupo comenzó a rogarnos que lo ayudáramos. Nadie quería complicarse la vida con él en un día festivo, pero la chica persuadió a los muchachos de, al menos, ayudarla a meterlo en su automóvil. Lo llevó a su casa, lavó su ropa y de alguna manera logró arrastrar al hombre hasta el sofá. Por la mañana, sin comprender dónde estaba y qué estaba pasando, el hombre escuchó la historia de la chica. Pasó toda la mañana disculpándose y dijo que rara vez bebía, y solo esa vez “se le fue la mano” y no logró llegar hasta su casa. Luego se fue a trabajar. Por la noche, volvió a la casa a su salvadora con un gran ramo de flores y una botella de vino, para agradecerle y conocerla un poco más. Resultó que el hombre se dedicaba a los negocios, logró éxito en la vida, pero no había tenido suerte con su vida amorosa. Lo más interesante es que luego se casaron. A la pregunta: “¿Dónde encontraste a un hombre así?”, ella simplemente responde: “Debajo del árbol de Navidad”. © Ghykinio / Pikabu

  • Creciendo en un orfanato, mi amiga, como todos los demás niños del lugar, en la víspera de Navidad pedía encontrar una familia. Con el tiempo, perdió la fe en que la adoptaran y un año pidió un gran perro cariñoso, porque asociaba el hecho de tener un perro con tener un hogar. Ese año fue adoptada por una familia maravillosa. Mi amiga estaba en estado de estupor, no podía creerlo. Cuando llegó a su casa, vio una hermosa labradora y se echó a llorar. Entonces se dio cuenta de que estaba en casa. Crecieron juntas, y la perra ha sido su fiel amiga todos estos años. Dejó cachorros, uno de los cuales vive con mi amiga y el otro conmigo. Cuando miro a mi cachorro, que ya no es un cachorro, sino un travieso perro adulto, pienso en aquella pequeña niña que pidió sinceramente un deseo en la víspera de Navidad, y se hizo realidad para ella. © Oídoporahí / VK

  • Tenía unos 8 años cuando en la Nochebuena llamaron a la puerta y mi madre me envió a ver quién era. Abrí, y no había nadie, ¡solo unas huellas de enormes botas, que llevaban a la otra entrada de la casa! Corrí hacia la otra puerta, escuchando el timbre y dándome cuenta de que era Santa Claus el que había rodeado mi casa, ¡y un verdadero milagro navideño estaba sucediendo frente a mis propios ojos! Abrí, ¡y no había nadie allí, solo una enorme jaula con el codiciado hámster que yo venía pidiendo desde hacía mucho tiempo! Y mi madre y mi abuela solo sonreían con picardía, actuando sorprendidas. © Oídoporahí / VK

  • Cuando era pequeño, toda la familia celebraba la Navidad en una mesa grande, con un árbol de Navidad decorado, regalos y fuegos artificiales. Y luego todos crecieron y se mudaron a alguna parte. Durante muchos años llamé a mi madre por Skype la noche del 24, y cada año ella preparaba una mesa para sí misma y celebraba sola. Una vez, decidí cambiar las cosas, y aunque vivo a 4 mil kilómetros, compré un boleto y volé a mi ciudad natal el 23 de diciembre. Fui al mercado, compré unas hermosas orquídeas rosadas, y el 24 de diciembre nos sentamos a la mesa, y después de la medianoche salimos a ver los fuegos artificiales. Nunca la había visto tan feliz. Mi mamá tiene 81 años. © Oídoporahí / VK

  • El mayor milagro navideño de mi infancia era el “cultivo” de Santa Claus de chocolate. Unos meses antes de las fiestas me compraban un pequeño Santa Claus de chocolate y lo ponían dentro de una tetera en un aparador. Y era allí donde yo lo “alimentaba” con dulces y galletas. En la víspera de Navidad, abría la tetera y encontraba un gran Santa Claus de chocolate. Mis padres se ocupaban mucho y hasta ponían versiones de Santa intermedias de tamaño mediano para que cuando yo lo revisara me diera cuenta de que realmente estaba “creciendo”. © Oídoporahí / VK

  • Durante 2 años seguidos me vestí de Santa Claus para felicitar a los hijos de mis colegas en Navidad. Y, por supuesto, también iba a felicitar a mi hija. Ella recibía los regalos de Santa Claus en persona, y eran exactamente aquellos que había pedido. En la víspera de esta Navidad, se jactó frente a sus amigos del kínder de que su padre era Santa Claus. Fue muy dulce cuando los pequeños se acercaban y me preguntaban: “¿Realmente eres Santa?”, y me decían sus deseos para la Navidad. Transmití sus deseos a sus padres. Me gusta que los niños crean en la magia navideña. © Oídoporahí / VK

Cuando vez las luces navideñas por primera vez en la vida.

  • Decidí celebrar la Navidad en mi casita de campo. Pensaba llegar, encender la estufa y calentar la casa. Luego cortar las ensaladas, poner el pollo en el horno y vestirme a tiempo. La jornada laboral, como siempre antes de las fiestas, fue muy intensa y larga. Y ya eran las 8 de la noche del 24 de diciembre, estaba manejando por la carretera nocturna y pensando: “¡No llego a tiempo a hacer nada! Hasta que limpie la nieve, hasta que junte la leña, hasta que despeje el lugar para el auto... Se habrá acumulado más de medio metro de nieve, me llevará más de 3 horas despejar el camino hacia la casa y para estacionar el auto. ¡Maldita sea, antes de las 12 ni siquiera tendré tiempo para tomar un té!”. A eso de las diez y media llegué hasta mi casita y... ¡¿Qué es eso?! La luz está encendida, los caminos están despejados, ¡y hasta tienen adornos de nieve en los costados¡, y el lugar para el automóvil está aplanado de manera uniforme y con ramitas puestas en las esquinas del “garaje”. No lograba comprender quién había hecho todo eso, ¿cómo era posible? Corrí por el camino crujiente de nieve hacia la casa, pensando: “Excelente, la mitad de las cosas están hechas, ahora pondré rápidamente la tetera al fuego, encenderé la estufa y cortaré las ensaladas. No tengo tiempo para el pollo, pero bueno”. Entré corriendo a la casa: no había nadie, la estufa y las luces estaban encendidas. El horno también estaba prendido, como diciendo: “mete el pollo, solo le queda hornearse”. Fui a buscar la tetera, ¡y estaba llena y caliente! Y entonces ya se me llenaron los ojos de lágrimas... Resultó que dos de mis vecinos se habían dado cuenta de que estaba llegando tarde y no lograría hacer todo a tiempo, y me ayudaron con todo lo que pudieron. Siempre nos dejamos una copia de las llaves de nuestras casas por si acaso.

  • Estaba celebrando la Navidad en un bar. Por coincidencia, mi expareja y sus amigos también estaban allí. Fingí no haberlo notado, porque no nos habíamos separado bien: yo lo había atrapado engañándome y lo había echado de mi casa. Luego, sonaron las campanas de las doce de la noche en la tele, y mi ex, mirándome mientras abría el champán, dijo: “¡Felicidades, cerda!”, y el corcho voló directamente a su ojo. Él gritó y se escuchó mi risa homérica. © Oídoporahí / VK

  • Con una amiga pedimos pizza. El repartidor resultó ser un chico atractivo. Yo, estando bajo el encanto de la Navidad, abrí la puerta contenta y lo felicité de todo corazón. Luego, durante toda la noche recibí sus mensajes de texto con las preguntas acerca de si la pizza estaba rica. Después pasamos a las preguntas sobre el nombre, la ocupación, los pasatiempos, la música y las flores favoritas, etc. Yo estaba tomando champaña, y solo a la mañana siguiente mi amiga me explicó que aquello no era un cuestionario de la pizzería a fin de hacerles una encuesta a sus clientes. Y por la noche, en mi puerta estaba ÉL con un ramo de mis lirios favoritos. © Oídoporahí / VK

  • Sucedió en el 1984. Era la víspera de Navidad, y mi papá trajo del trabajo una canasta navideña: había uvas, plátanos y una caja de bombones “ciruelas pasas bañadas en chocolate”. Al abrir la caja, encontramos unas esbeltas filas de grandes bombones envueltos individualmente en brillante papel púrpura, y maravillosamente ricos. ¡Qué bombones tan deliciosos! Y cuando solo quedaba la caja vacía y estábamos a punto de tirarla, ya sea por curiosidad o por descuido, saqué el soporte dorado sobre el que estaban colocados los bombones. ¡Y entonces ocurrió un verdadero milagro navideño! Debajo del soporte, había 3 más de esos mismos bombones, cuidadosamente envueltos en la misma lámina púrpura. Es decir, ¡cada miembro de la familia tuvo un bombón entero extra! Y al lado había un pequeño cartón con un texto impreso: “Empaquetador N° 2”, la fecha y una inscripción escrita a mano “¡Feliz Navidad!”. Han pasado muchos años, pero el agradecimiento hacia el empaquetador N° 2 permanece en mi alma y, aparentemente, se será así para siempre. © Yakamozwadozz / Pikabu

  • Esto me lo contó mi madre: eran los años 60, ella terminó de trabajar y corrió en Nochebuena al lugar en el que había acordado encontrarse con su esposo (mi padre) y sus amigos en “su” lugar en el bosque. Llegó y vio un cuento de hadas: ¡velas en círculo, una hoguera y un grabador de portátil reproduciendo el sonido de las campanadas! Y encima de todo eso, en el cielo se veía una aurora boreal. Mi mamá murió hace 23 años, pero llevo esta historia suya conmigo. Y cada año, en Navidad, la recuerdo y es como si la viera: joven, feliz y hermosa. © Oídoporahí / VK

  • En mi infancia, mi papá siempre ponía un árbol de Navidad vivo. Lo traía el 22 de diciembre, y durante un par de días se quedaba en la calle, congelándose, de modo que al entrar en calor y descongelarse el olor a agujas de pino fuera más fuerte. Una vez, era el 24 de diciembre, pero no había árbol de Navidad. En ese entonces yo estaba en 4º o 5º grado, no recuerdo exactamente. Tomé un hacha y a nuestro perro mestizo, Bim, me subí a unos esquís y me fui 4 kilómetros hacia el bosque (vivía en un pueblo). Cuando llegué a mi destino, encontré un bello pino, lo corté, me lo até a la espalda y lo llevé encima los 4 kilómetros de regreso. Era terriblemente pesado, estaba oscureciendo, y alrededor de mí la nieve caía en grandes copos... Llegué al pueblo y todas las luces ya estaban encendidas: ¡un verdadero cuento de hadas! En casa, por supuesto, había una conmoción terrible (¡el niño había desaparecido!), y me retaron como nunca. Al final, resultó que papá sí había traído el árbol, solo que lo habían escondido de mí para darme una sorpresa. Así que terminamos con dos árboles ese año... Han pasado muchos años, mis padres han envejecido, Bim murió hace mucho tiempo, pero nunca olvidaré esa travesía. © Oídoporahí / VK

  • Era Navidad y Santa Claus había ido a entregarle un regalo a mi hermana menor. Llegué justo a tiempo con un regalo para mis padres. Cuando Santa estaba a punto de irse, lo detuve en la puerta con las palabras: “Abuelo, olvidaste darles un regalo a mis padres. Lo dejaste en mi sofá”. Resultó ser un buen hombre y me siguió la corriente, ¡haciendo que mi madre le recitara un poema para recibir su regalo! Ella, como una verdadera colegiala, se puso derecha y con gran placer recitó un verso sobre conejitos. ¡Cuánta alegría había en sus ojos! © Oídoporahí / VK

“Le hice una sorpresa a mi madre, llegando para celebrar la Navidad con ella”.

  • En mi infancia, la Navidad se celebraba tradicionalmente en la casa de los vecinos. Y cuando regresábamos a casa, debajo del árbol siempre había regalos. Mi hermano es mayor que yo, era el último en irse, revisando previamente el espacio debajo del árbol, y era el primero en entrar al departamento. Pero los regalos aparecían igual, y mi madre afirmaba que los había dejado Santa Claus. Mi hermano y yo ya tenemos más de 40 años, pero todavía no sabemos cómo mamá lograba ponerlos debajo del árbol de Navidad sin que nos diéramos cuenta. Hace mucho tiempo que decidimos dejar de intentar averiguarlo para que siga siendo su pequeño secreto y nuestro milagro infantil navideño. © Oídoporahí / VK

  • Quedaba muy poco tiempo para la llegada de la Navidad y me di cuenta de que no había comprado las mandarinas para la acción que haríamos en unos hospicios infantiles de mi ciudad. Di la vuelta el auto y fui al mercado. Compré 3 cajas de mandarinas, cargué mi tesoro en un carrito y me dirigí a la salida. A los pocos metros, disminuí un poco la velocidad: vi unos hermosos melones que parecían pedir a gritos estar en una mesa festiva. El vendedor, que pesaba un melón, me preguntó en broma si no me había quedado corta con las mandarinas. Le expliqué que eran para el festejo de Navidad de los niños de un hospicio. El vendedor me preguntó una vez más sobre el lugar de entrega de las mandarinas para asegurarse de que me había entendido bien, y entonces su rostro se puso serio. Tomó una gran caja de caquis y entregándomela, dijo: “Toma, dáselo de mi parte a los niños”. Mis sentimientos se mezclaron... Y él preguntó: “¿Estos niños no tienen madre?”. “Tienen una madre”, respondí, “pero están en un hospital, muchos tienen una enfermedad terminal y estamos tratando de hacer que tengan una pequeña fiesta”. Entonces, el vendedor tomó una caja de hermosos tomates y la puso en mi carrito. “Y esto también es para los niños”, dijo. “No... no es necesario... Probablemente no puedan comer eso”, dije con la voz ya temblorosa (sin encontrar palabras para agradecerle a este joven). “Pueden... sé que pueden”, respondió. Y me dirigí hacia mi auto, con un carrito lleno de deliciosos regalos y los ojos llenos de lágrimas. © Irina Fesenko / Facebook

Este es el joven vendedor que les regaló una caja de caquis y otra de tomates a los niños.

¿Qué historias milagrosas te sucedieron a ti en la época navideña?

Imagen de portada Irina Fesenko / Facebook