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17 Historias en las cuales hay tanta calidez humana que podrán mantenerte caliente durante todo el invierno

Para realizar acciones nobles y acudir en ayuda de otros sin esperar nada a cambio no se necesita ser un superhéroe. Al hacer algo bondadoso, y sin siquiera saberlo, cualquiera de nosotros puede convertirse en uno, como en las páginas de los famosos cómics. Pero hay una diferencia, y es que estas acciones son mucho mejores, ya que a este guion lo escribe la misma vida.

Genial.guru nunca perdió la fe en la sensibilidad humana, por lo que se alegra de haber encontrado 17 historias de internautas que, al leerlas, seguramente te harán decir: “El mundo tiene personas bondadosas”.

  • En la entrada del metro observé a un joven con un letrero que decía “Ayúdame a comprar mi boleto”. Me acerqué a él y decidí averiguar todo. Alejandro me dijo que era de una ciudad del sur del país, pero había estado de visita con un amigo y de regreso a casa había decidido pasear por la capital. Por la tarde lo asaltaron, le quitaron su teléfono y dinero, y además tuvo que pasar la noche en la calle. Él dijo que necesitaba ponerse en contacto con sus padres inmediatamente, y yo (aunque eso podía ser potencialmente peligroso) lo invité a casa. Le di de comer, llamé a sus padres, y ellos le enviaron dinero para que pudiera comprar su boleto. Durante 5 años mantuvimos correspondencia. En ese tiempo conseguí casarme y convertirme en mamá, y Alejandro hizo una carrera laboral. Este verano, mi esposo y yo decidimos ir a la ciudad natal del muchacho para pasear y ver el gran río que atravesaba el lugar. Mi esposo encontró un departamento de antemano y, como suele ocurrir, cancelaron nuestra reserva y se lo rentaron a alguien más. Entramos en una cafetería, comimos un poco y llamamos a 7 personas más, pero todo estaba ocupado. En ese momento recordé a mi viejo amigo. Exactamente media hora después, Alejandro abrió el portón de su casa y nos invitó a pasar. Sus padres resultaron ser personas amables, y mi esposo, mi hija y yo recibimos un pequeño piso bajo un techo. Esos 3 días la pasamos de una manera increíble. Paseamos, visitamos los lugares de interés y por las tardes nos reunimos con toda la familia para jugar al loto. Al irnos recibimos una invitación para ir más seguido. Mi alma se quedó tranquila e iluminada.

  • Era joven y tonta, y mi novio acababa de dejarme. Yo vestía una chamarra de piel y zapatos de tacón mientras caminaba a casa con máscara de pestañas en toda la cara después de nuestro último encuentro. De camino, mi mamá me envió un mensaje y me pidió que comprara limones para el té. No tenía ganas de ir de compras, pero de todos modos intenté poner mi rostro en orden y entré en la tienda de frutas y verduras. La vendedora era una mujer extranjera cubierta con un pañuelo. En ese momento le di el dinero y me preguntó:
    Ella: ¿Qué tiene?
    Yo: Nada.
    Ella: ¿Es por un hombre?
    Yo: Sí.
    Ella dijo: “Todo estará bien, limpie sus lágrimas. Encuentre a alguien que no la haga llorar”. Me dio mandarinas y chocolates gratis, y salí de la tienda con un buen estado de ánimo. No me he olvidado de esa mujer.

  • El hecho ocurrió en Grecia. Luna de miel. Mi esposo fue internado en cuidados intensivos. El diagnóstico era muy serio y la situación crítica: tuvo que pasar dos noches en el hospital. Me dieron sus cosas personales: anillo de matrimonio y una cruz. Estaba sentada sosteniendo eso entre mis manos, sin siquiera tener fuerzas para llorar. Desde hacía un día no comía, simplemente esperaba. De pronto, el doctor se acercó a mí con un café y unas donas. Lo tomé todo, pero no pude comerlo: no podía pasar nada por mi garganta. Le hice preguntas con mi pésimo inglés: “¿Cómo está? ¿Qué sucedió? ¿Se recuperará?”. Él sacó su teléfono, escribió algo en “Google Traductor” y me lo extendió. En la pantalla se leía: “Ten paciencia. Todo estará bien. Lo prometo”. En ese momento, él no tuvo que rogarme que comiera, ya que comencé a llorar a cantaros. Después me trajo unas fresas y, entre bromas y risas, curó a mi esposo. Después aseguró que amaba mucho a los extranjeros.

  • Un chico acaba de comprarle un boleto a una abuelita para que no tuviera que esperar al siguiente autobús (ya que solo hay un boleto gratis por autobús para personas mayores). El mundo aún tiene buenas personas.

  • Decidí consentirme un poco, así que entré en una tienda y compré algunas frituras. En la caja, un señor me miró, suspiró y dijo: “’¡Así es como destruyes al país!”. Lo miré y descaradamente dijo: “Toma una más, hay una promoción: 1 + 1 = 3”. Se me hizo un nudo en la garganta, así que lo abracé y le dije: “¡Gracias, padre!”.

  • Yo era la estudiante más pequeña del colegio y al final obtuve una mención honorífica. Mis amigas más grandes comenzaron a sacarme de quicio, diciéndome que fuéramos a celebrar. Nos quedamos a platicar, así que el último tranvía del día se fue, y comenzó a llover. Dos hombres se acercaron a mí y me ofrecieron irme con ellos. Dijeron: “Vamos a alimentar al perro. Quédate hasta mañana si no tienes donde dormir”. ¡Ahora recuerdo que se me pusieron los pelos de punta! Me llevaron a una casa, pusieron el despertador a las 7:00 a. m. y dijeron: “Aquí está la llave y unos calcetines de lana. Duerme, cierra y deja la llave bajo el umbral de la puerta. Bueno, ¡adiós!”. Ellos se fueron. Yo era muy joven, ni siquiera pensé en eso. Ahora me asustaría, pero, en ese entonces, aún creía en la bondad. Y no fue en vano.

  • Estábamos cansados, pero fuimos al supermercado. El niño estaba durmiendo en el asiento trasero, y mi esposo fue por los productos. Estaba sentada al volante ya que no tenía fuerzas para ir a ningún lado. Empecé a quedarme dormida... hasta que alguien golpeó la ventana. De la sorpresa me asusté y levanté la cabeza. Un joven me preguntó: “¿Todo está bien?”. Le sonreí y dije: “Todo bien”, y le hice un gesto. ¡Fue agradable saber que las personas no son indiferentes! Tal vez alguien está al volante y se siente mal. Seamos más atentos y bondadosos, como ese muchacho.
  • Hoy, de regreso a casa, me detuve a llenar el tanque de gasolina. De pronto, una abuela de aproximadamente 70 años llegó acompañada de sus hijos. Ellos se acercaron al conductor de un camión de carga y se produjo el siguiente diálogo:
    — ¿Puede darle un aventón a mi mamá? ¡Puedo pagarle por el viaje!
    —Está bien. ¿Alguien la encontrará en el pueblo?
    — No. ¿Pero puede llevarla a su casa, por favor? — le ofrecieron el triple de dinero del costo de un boleto de camión.
    — Sí, ¡pero llévense su dinero! No me avergüencen. La llevaré hasta su casa.
    La abuelita se sentó, y lo más agradable de todo fue ver su sonrisa. Aún hay personas buenas a nuestro alrededor.
  • Fui al supermercado. Me acerqué a la caja y, en ese momento, vi a un niño pequeño (tenía unos 7 años) entregándole al cajero un chocolate y un puñado de centavos. El empleado contó el dinero y le dijo que le faltaba un poco. El niño recogió la golosina, bajó la cabeza y la puso en el mostrador. En ese momento le hablé y le dije que tomara el chocolate, que yo pagaría por él. El niño simplemente se sonrojó de felicidad y después, tímidamente y en voz baja, dijo: “Gracias”. Por supuesto, esta fue una pequeña acción, pero fue muy agradable llevarla a cabo.
  • Salí al balcón y vi que un hombre estaba columpiando a un gato en los columpios. Al parecer no estaba ebrio, y el felino incluso parecía estar contento. Le pregunté: “¿Qué hace?”. En respuesta dijo: “Salí a la calle y ese pobre gatito estaba sentado solo en el columpio. ¿Por qué no alegrar un poco al animalito?”. ¡El mundo aún tiene buenas personas!
  • Mi mamá, el perro y yo estábamos en la carretera. Pronto sería 2003, y yo tenía 12 años. Ese día habíamos ido con mi padrastro a recoger hongos al pueblo, el cual quedaba lejos de la ciudad. En la tarde, él bebió demasiado y comenzó a ponerse violento. Mi mamá me tomó a mí y a nuestro pequeño perrito y nos fuimos caminando. Eran las 23:00. En una hora y media solo se detuvieron dos carros, pero al ver que íbamos con un perro no aceptaron llevarnos. Después de dos horas de caminar, mi madre intentó detener a un tráiler. El conductor pasó 200 metros al lado de nosotros y solo entonces comenzó a frenar. Cuando nos subió a la cabina, comenzó a explicarnos que eran tiempos difíciles y que tenía miedo de detenerse, pero después nos vio con el perro y se dio cuenta de que era poco probable que fuéramos delincuentes. Él nos llevó a la ciudad, nos alimentó en el camino y nos dio dinero para el taxi. Era un muchacho de unos 27-30 años. Recuerdo esto aún después de muchos años, y siempre trato de pagar mi deuda hacia él con otras personas.
  • Trabajo como instructor de manejo. Tengo un peculiar cliente: una abuelita de 84 años. Cuando manejamos, todo colapsa. No siempre cumple con las reglas de tránsito, maneja con inseguridad y despacio. Al final nos rendimos y nos pusimos de acuerdo para que pasara todos los exámenes. En la última clase tuvimos tal diálogo:
    — No se preocupe, de todos modos yo no conduciré.
    — Entonces, ¿para qué quiere la licencia?
    — Es por mi nieto. Él no pasó el examen de manejo, se rindió y dijo que no era lo suyo. Por eso llegaré con mi licencia para decirle que, si yo pude, entonces, él también podrá.
  • La profesora de física le dio permiso a mi hija para dibujar a un gato en las hojas de su cuaderno con la condición de que realizara todas las tareas y trabajos en clase. Cuando le pregunté para qué quería dibujar algo, ella respondió: “Porque los maestros revisan y revisan los cuadernos, ¡y siempre encuentran lo mismo! Esto lo hará más interesante”. Puede ser pequeña, pero tiene mucha calidez en el alma.

¿Te han ocurrido historias similares, después de las cuales comenzaste a creer en la bondad de las personas? Cuéntanos en los comentarios.