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19 Historias conmovedoras sobre los animales que penetran en lo más profundo de los corazones

Las mascotas no son solo animalitos que comparten nuestro hogar con nosotros; son verdaderos miembros de nuestra familia y guardamos en nuestra memoria los recuerdos más entrañables vividos con ellos.

Genial.guru adora leer las historias narradas por usuarios en Internet sobre sus peluchines de cuatro patas. Y por eso se apresura a compartir contigo las mejores que hemos encontrado.

  • Mi esposa trajo un gatito bajo la premisa de que “lo curaremos para encontrarle una nueva dueña”. Yo me resistía y cada día le recordaba que ya iba siendo hora de entregarlo. Finalmente, llevo ya casi un año despertándome a las 5 de la madrugada porque alguien me está lamiendo la cara. No, no es mi esposa. © mpakmop / Pikabu

  • Mi perro, cuando era pequeño, siempre quería subir a mi regazo pero no alcanzaba, por lo que yo le ayudaba. Cuando creció, ya saltaba por su cuenta y nos quedábamos abrazados. Ya va haciéndose viejo, sigue queriendo subirse a mi regazo, pero le cuesta trabajo. De nuevo, le ayudo a lograrlo. Adoro a mi viejito. © Chervonec14Ru / Twitter

  • Una vez, después del Día de la Ciudad, me agaché para acariciar a un gatito negro que buscaba caricias a la altura de mis pies, y se metió por debajo de mi chaqueta de jean. Y ya está, me convertí en el dueño del mejor gato de mi vida. © MisterSmith / Pikabu

Cómo endulzar una situación lamentable.

  • Fui a una exposición felina, quería comprar un pequeño gatito. Vi sus precios y me fui de allí. Cuando regresaba a casa, me topé con un gatito. Este lamió mis piernas, maulló y me pidió que lo tomara en brazos. Yo, tragándome mi orgullo, recogí al gatito y me lo llevé a casa. Le di de comer, lo lavé y lo peiné. Y resultó que Margarita no tiene nada que envidiarles a los gatos de cientos de dólares. © Escuchado / Vk

  • Ya llevo siete años pasando las vacaciones en una ciudad cerca del mar. Y no, no me gusta el hotel; la ciudad en sí misma, tampoco, las vacaciones allí son regulares. Pasa que en este lugar tengo un amigo. Un gato. Sí, sí, es un gato.
    Thomas y yo paseamos por las calles, descansamos y leemos en la terraza, tomamos el sol cerca de la piscina. Yo hablo con él y él me escucha y me entiende. Sabes, puede parecer una tontería, ¡pero Thomas siempre reacciona con tanta precisión! Y el último día, echa un largo vistazo al taxi, esperando a que yo asienta con la cabeza y luego se va. Y nos separamos por un año. © Habitación № 6 / Vk

  • Hace 3 años, en enero, vivimos unas heladas muy severas. En un grupo local publicaron que en una zona en construcción se había congelado una perra con 7 cachorros. Cuatro de ellos también se congelaron y el resto apenas seguía con vida. Nos los llevamos a casa, los cuidamos. A uno le encontramos una familia, pero no logramos conseguirles un hogar digno a los otros dos. Cuando surgió el tema del refugio, decidimos quedarnos con ambos porque ya estábamos acostumbrados a ellos. Así viven: juguetones, descarados y muy amados. © Mama Govarda / AdMe.ru

Ravioli viendo por primera vez a sus cachorros.

  • En nuestro pueblo vivía un hombre que solo podía desplazarse en silla de ruedas. Le enseñó a su perro a ir a comprarle comida. Le ponía una especie de chaleco con bolsillos, colocaba el dinero en este y la lista de compras. El perro traía pan, mantequilla, fósforos y, en general, todo lo que podía cargar. El único producto que tenía prohibido comprar eran embutidos. A pesar de su buena educación, el perro no podía resistirse a estos y nunca llegaban a casa. © Habitación № 6 / Vk

  • Durante un paseo, un perrito nos empezó a seguir, y eso que había mucha gente alrededor, pero precisamente nos eligió a nosotros. Casi sin pelo, flaco y enfermo, con orejas y cola ridículamente cortadas. Se movía lentamente, sufría calambres, emanaba un olor a podredumbre. Parecía que no lograría sobrevivir. Nuestro corazón no pudo soportarlo y lo acogimos, aunque no estaba en nuestros planes tener un perro. Lo llamamos Pléshik (“calvo”). Tras pasar tres meses, el perro se transformó en otro y se convirtió en Plúshik (“peluchín”). © ArinaLucifer / Pikabu

  • En nuestra casa privada vivían un gato y una gata. En verano, mi padre les dejaba comida en latas vacías en la calle. Una vez, los gatos descubrieron que por la noche llegaba un erizo a inspeccionar esas latas. Entonces comenzaron a dejar algunas sobras para él. © tanuhama / Pikabu

  • Mi padre iba a casa en el metro. Había poca gente, muchos asientos vacíos. En la siguiente parada, al vagón entró un perro parecido a un perro salchicha y este se tumbó en el asiento a su lado. Se relajó con confianza, sacó la lengua y sonrió. A casa, llegaron ya juntos.© WinkingFox / AdMe.ru

  • Hoy se cumplen exactamente dos meses desde el momento en que nos encontramos con este erizo. Parásitos, peso de 150 gramos, calvicie y ceguera temporal, todo ya quedó detrás.
    Como resultado, esta linda criatura no es capaz de separarse de sus humanos ni tan siquiera por media hora. © over136clock / Pikabu

  • Fui testigo de un accidente de carretera y presté primeros auxilios al conductor: le vendé la cabeza y le hice hablar para que no perdiera el conocimiento. Enseguida, me dio las llaves de su departamento, me dijo la dirección y luego añadió: “Por favor, ¡ve a mi casa, dale de comer a Marinita! Probablemente, tenga hambre. Puedes pasar la noche allí, juega a la consola, haz lo que quieras pero no te olvides de darle de comer a Marinita”. Llegaron los médicos, se lo llevaron al hospital y yo me fui a su casa y durante aproximadamente una hora estuve buscando a Marinita. Pensé que se había asustado y escondido debajo de la cama o en algún otro lugar. Pero resultó que Marinita no era un gato ni un perro, sino un pequeño pez. © Habitación № 6 / Vk

  • Nuestro gato Rubio venía incluido con un departamento que alquilamos. Los dos ancianos que vivían allí se habían mudado a una residencia para adultos mayores. Nos pidieron encarecidamente que no abandonáramos al felino, incluso ofreciéndonos dinero. Lo aceptamos tal cual, sin más. ¡Rubio ha vivido con nosotros durante 11 años y nos ha acompañado ya en cinco mudanzas! © Ilana Schenker / Facebook

  • Mi gata se llama Zoe. Sus antiguos propietarios la abandonaron cuando se mudaron a vivir a un lugar nuevo. Cada vez que empaco las cosas para mudarme, ella entra en depresión: deja de comer y lavarse, invadiéndole la apatía. Su estado mejora tan pronto como Zoe se da cuenta de que viene conmigo.
    Nuestro nuevo hogar debería ser permanente. Ahora Zoe será feliz para siempre. © Linda Culver / Quora

  • Modifiqué la jaula para mi periquito, que sufre de una parálisis en las patas. Se enfermó hace dos años y, él y yo, juntos, desarrollamos el diseño óptimo de su hogar.
    El veterinario le dio un máximo de seis meses de vida, pero el periquito vive una vida de pájaro en plenitud: come bien, canta, vuela y habla. A veces parece que desde hace mucho se olvidó de sus patas. © stanley004 / Pikabu

  • Sammy era un gato guerrero. Controlaba todo el barrio, peleaba con otros gatos y perros. La única debilidad de Sammy era su familia. Cuidaba a mis hijas, como si fueran gatitos. Si, después de acostarlas, estas salían de la habitación, él las perseguía y apelaba a que regresaran a la cama. Las gatitas necesitaban dormir. © Mindy Lou Johnston / Quora

  • Queríamos un perro. Fuimos a un criador y lo elegimos. Pero mi esposo me convenció de que no tomase la decisión enseguida, sino que fuéramos ese mismo día a ver unos gatitos. Acepté con resignación. Fuimos a un lugar a 80 kilómetros de nuestra casa. Mientras en mis fantasías me veía paseando con un perro, en mi regazo se acurrucó una bolita gris que se quedó dormida. Así me quedé sin perro, pero con gato. © Anna Eronina / Facebook

¿Qué historias sobre mascotas se han quedado en tu memoria? ¿Has vivido situaciones que demostraron que tú y tus amados animales conforman una verdadera familia?