Genial
NuevoPopular
Inspiración
Creación
Admiración

19 Historias de la infancia que explican mejor que un psicólogo de dónde provienen nuestros complejos

“Soy de mi infancia como se es de un país”, escribió una vez sabiamente Exupéry. ¿Cómo fue la tuya, según tus recuerdos? ¿Despreocupada y llena de travesuras de la niñez? ¿O bien cargada de algo? De un modo u otro, cada uno de nosotros ha experimentado situaciones por las cuales un resentimiento puede haberse quedado en el alma durante mucho tiempo. A veces, una palabra descuidada o la falta de apoyo en un momento necesario dejan en los corazones infantiles profundas cicatrices.

Genial.guru leyó las historias de algunos usuarios que hablan sobre su niñez y las acciones de sus padres, los cuales dejaron una huella indeleble en su memoria, y decidió compartirlas con sus lectores.

Castigo injusto

Era la única zurda en la clase y no podía escribir rápido. Un día hacíamos análisis fonético de palabras. En la segunda parte de la lección, mi cerebro infantil se dio cuenta de que no tendría tiempo de hacer nada, pero que tenía que apuntar las palabras que quedaban en algún sitio para terminar de hacerlas en casa. En mi mesa hallé un cuestionario con preguntas para mis compañeros y decidí escribirlas allí. Lo abrí y comencé a apuntar frenéticamente lo que se escribía en la pizarra. La maestra lo vio y me puso la nota más baja, la primera en mi vida, con un comentario de que me dedicaba a otras cosas durante la clase.

Tuve un momento de gran frustración por el resentimiento y la injusticia, y lloré a más no poder. Al terminar la clase, corrí a casa como una bala, con la esperanza de que allí me apoyaran. Pero mi mamá, primero, miró con severidad el comentario en mi cuaderno y luego agarró el cuestionario desafortunado y lo rompió en pedazos pequeños. Cada hoja. Junto con esas hojas se perdió también mi deseo de compartir con mi madre mis sentimientos y emociones a partir de ese momento. © aleksa80711 / Pikabu

Provocar vergüenza

Sobreprotección que ahoga

Cuando nacimos mi hermano y yo, mi madre dejó su trabajo y estuvo en casa todos los días desde mi nacimiento hasta que me independicé a los 20 años. Ella es increíblemente amorosa y fiel. Cada uno de mis fracasos le rompió el corazón porque en la vida no albergaba otros intereses salvo nosotros, sus hijos. Debido a su presión y protección excesiva, me sentía acorralado, y acabé con depresión. Ella se tomó mi estado como un insulto personal. Cada una de nuestras conversaciones le provocó lágrimas durante 5 años, hasta que yo, finalmente, me sumé al ejército. Hasta hoy, con frecuencia, siento que soy una mala persona que no es capaz de estar a la altura de su amor. © DBianco87 / Reddit

Fomentar falsas esperanzas

Cuando era pequeña, mis padres se divorciaron y cada uno de ellos formó su propia familia. Me quedé a vivir con mi padre y a mi madre la veía de vez en cuando. Por eso, toda mi infancia está relacionada con una serie de promesas infinitas que no cumplía. Podría decir que iba a recogerme al día siguiente e ignorarme cuando llegaba ese momento. Pero recuerdo un caso especialmente vívido. Aquel día, yo cumplía cinco años. Mi padre me despertó temprano por la mañana, me vistió, me hizo un peinado e hicimos una pequeña sesión de fotos con mi nueva muñeca de la Sirenita.

Estaba muy emocionada porque pronto llegaría mi madre, así que salí a la entrada para ver su auto. Al final, mi madrastra me dijo que ya era la hora de la siesta, las 2 de la tarde, a lo que le respondí que ese día no dormiría para no perderme el encuentro con mi madre. Y, de repente, ella dijo: “Cariño, lo siento, pero no creo que hoy venga”. Sus palabras me entristecieron, pero estuve sentada allí hasta que acabó el día. Y mi mamá nunca llegó. Tras eso, mi corazón se rompió, y ya nunca más será como antes. Siempre trata de cumplir aquello que les has prometido a tus hijos. © HolidayArmadilluhoh / Reddit

No tomarlo en serio

Entrometerse en la vida personal

En mi infancia tenía un diario personal, y mi padre tenía una manera rara de divertirse: si encontraba el cuaderno a simple vista, lo agarraba y leía en voz alta lo que estaba escrito, imitándome. Trataba de quitárselo y él lo subía lo más alto posible para que yo, incluso saltando, no pudiera alcanzarlo. Tenía un cuaderno con cerradura y a él le gustaba rebuscar en mi habitación intentando encontrar la llave. Eso le parecía divertido, pero yo no compartía su opinión: debido a sus acciones me sentía realmente incómoda. Al final, dejé de tener un diario definitivamente. Cuando se lo conté a mi padre, me dijo que no lo recordaba. Por lo visto, para él no tenía importancia alguna. © Airaniel / Reddit

No estar cerca cuando lo necesitas

Tenía unos 11 o 12 años, y estudiaba en el segundo turno, de tarde. No muy lejos de nuestra escuela vivían gitanos que nos daban miedo. Un día decidieron esperarnos a la salida de las clases. Mi amiga y yo estábamos muy asustadas. Muchos compañeros nuestros tenían que ir en la misma dirección, que no era la mía, y esos chicos salieron en grupo sin temor alguno. Pero mi amiga y yo tratamos de esperar en la escuela.

Me acordé de que mi madre tenía un día libre y la llamé sollozando, pidiéndole que viniera a recogerme. Pasaron unas dos horas y empezó a oscurecer afuera. Los gitanos se cansaron ​​de esperarnos y se fueron. Regresé a casa y vi a mi mamá y a mi hermano, siete años mayor, bebiendo té y manteniendo una conversación divertida. Resultó que ni pensaban en ir a buscarme. Desde entonces se levantó un muro de desconfianza. © Anviko / Pikabu

No respetar los secretos de los niños

Acciones indignas para un adulto

A menudo, mi tía me enviaba a una tienda y me recompensaba con dulces. Para mí, eso no era lo importante, sino su confianza y el amor. Pero una vez, en la tienda recibieron unos bombones muy ricos y caros, y me enviaron a comprar un kilo de esos. Entonces, otra tía mía decidió persuadirme diciendo: “Come unos cuantos de camino. En todo caso, luego te darán algunos y no pasará nada”. Sus argumentos me parecieron lógicos y de vuelta me comí tres o cuatro.

Al regresar a casa, esta segunda tía le dijo a la primera: “Comprueba los bombones por si nuestra sobrina ya se ha comido unos cuantos”. Tras oír esas palabras, la primera se quedó pensativa y lo comprobó. Me acusaron de robo, todos mis argumentos apelando a la segunda tía de que fue ella la que me aconsejó hacerlo cayeron en saco roto, y, para colmo, también me acusaron de ser mentirosa. Tenía unos 10 años, y ahora tengo 45. Todavía me siento mal cuando recuerdo esa historia. © Duba1972 / Pikabu

Cuando los padres tienen un hijo preferido

Cuando mis padres se divorciaron, mi papá se volvió a casar y tuvo dos hijos con su nueva esposa. Por eso, mi hermana y yo tenemos dos hermanastros. Cuando tenía unos 14 años, la familia de mi padre nos invitó a mi hermana y a mí por Navidad. Había un gran árbol con un montón de regalos debajo de este. Al final, nosotros dos estábamos sentados mirando cómo mi padre, mi madrastra y mis hermanastros abrían regalos grandes y costosos. Y nosotros recibimos una sudadera y un cheque-regalo.

En aquel momento, no fueron los regalos lo que me preocupó, sino la flagrante ausencia de esfuerzos y deseo que mi hermana y yo nos sintiéramos parte de esa familia. Todavía recordamos aquel sentimiento cuando tu propio padre no muestra interés alguno por tu desarrollo y ves cómo enfoca toda su energía en sus otros hijos. © TonkaButt / Reddit

Restricciones que asfixian

Responsabilidad por la mala conducta de los demás

Mis padres, mi primo segundo y yo fuimos al bosque a recoger fresas silvestres. En aquel momento tenía unos 5 años. Mi primo se comía enseguida todo lo que recogía, mientras que yo llenaba pacientemente mi cubo, al mismo tiempo que intentaba detener sus intentos por robarme unas cuantas fresas. Imaginaba que luego, en casa, me comería muchas de golpe.

Entonces, cuando todos subimos al auto, mi primo llevó a cabo un intento exitoso de robarme algunas de las fresas, pero yo no aguante más y le di un golpecito. Después de eso, mi padre me quitó el cubo y me dijo que no habría nada para mí, en absoluto. Desconozco el destino de esas fresas. Pasaron ya más de 20 años, pero aún recuerdo esa situación como si hubiera sucedido ayer, sumada a esa sensación de injusticia hacia mi persona. © Korellian / Pikabu

Otros lo necesitan más

En 2001, mi hermana y yo estábamos en un campamento. Pasaba casi todos los días en la biblioteca y, al final del turno, el bibliotecario premió a los mejores lectores. Me tocó mi sueño: un teléfono de juguete para atrapar anillas. Me sentía la estrella de nuestro grupo, y, al regresar a casa, ¡la estrella de toda mi calle! Un día de verano me fui con mis amigas a bañarme y dejé mi tesoro en casa, cerca del equipo de música.

Volvía a casa corriendo: tenía muchas ganas de volver a jugar con mi teléfono. Para mí era especialmente importante porque no me lo regalaron sin más, sino que ¡me lo merecía! Es fácil adivinar que mi juguete no estaba en su sitio. Fue corriendo hacia mi madre, preguntándole sobre mi teléfono. “Mi amiga, Tania, vino con su hijo para cortarse el pelo, y este se aferró a él llorando. Bueno, se lo di”, respondió.

Nunca les había gritado a mis padres hasta aquel momento. Esa fue la primera vez. Tenía tanto resentimiento y frustración que ellos se sorprendieron mucho. Luego fui a la casa de este niño, pero su madre me dijo que él ya había roto el juguete. Ni siquiera se disculpó. Esa fue mi primera decepción con la gente. © Lozbenidze / Pikabu

Inculcar desconfianza hacia el mundo

Cuando los demás siempre son mejores

En mi infancia, por televisión salía un anuncio de algunos dulces, y en él participó una actriz a la que mi madre consideraba, simplemente, una belleza absoluta. Cada vez que salía en pantalla ese video, mi madre se deshacía en elogios por la increíble apariencia de esa estrella de Hollywood. Finalmente, al perder los estribos por oír esos comentarios cada vez que se producía un corte comercial, yo expresé todo lo que pensaba: que la actriz no era tan hermosa y que tenía una apariencia extraña.

Y entonces, mi madre soltó lo siguiente: “Ella es más hermosa de lo que has sido tú alguna vez en tu vida”. Recuerdo, como si fuera ahora mismo, ese tono frío y desagradable con el que se pronunció aquello. Ella quería hacerme daño y me hirió gravemente. Hasta hoy en día sus palabras siguen en algún lugar profundo de mi memoria. Nuestra familia no estaba pasando por el mejor momento, pero nunca entenderé su reacción, porque yo me cortaría mi propia lengua antes que decirle a mi hija que no es tan bonita como alguna mujer de la tele. © La_Vikinga / Reddit

Sueños rotos

Cuando tenía ocho años me entraron muchas ganas de aprender a tocar el violín. La profesora de música dijo que yo tenía un gran potencial, pero mi padre no veía sentido alguno a comprar un instrumento. Por eso, en la siguiente clase de música, fuimos a despedirnos de la profesora. Estaba muy triste, y durante mucho tiempo trató de persuadir a mi madre para que me diera una oportunidad. Finalmente, esa docente nos dio un violín y un arco gratis, prestándonoslos por un tiempo. Lo único que tenían que hacer mis padres era comprarme un estuche, pero no lo hicieron, así que iba a las clases envolviendo el violín en un trapo y una bolsa. Es horrible, lo sé...

Nadie creyó en mí, a pesar de todos los esfuerzos de la profesora. Una noche, mi padre exigió un “concierto” para ver por qué estaba pagando dinero. No le gustó. Hizo una mueca y dijo que yo era mediocre. Y lloré amargamente. Tenía ocho años. Después sucedió aquello que nunca perdonaré a mis familiares. Fuimos al cumpleaños de mi tía (la hermana de mi padre). Esta, durante mucho rato, elogió a mi prima por sus logros en la escuela de música. Mi prima es un año mayor que yo y asistía a clases de piano. Mi madre también mencionó mis logros, pero recibió la siguiente respuesta: “¿Para qué necesita un violín? ¡Si será una limpiadora, de todos modos!”. La odio. Se acabaron mis clases de música. © Ekaterina / “Yandex. Zen”

Los chicos grandes no lloran

Autoestima denigrada

Mis padres, jóvenes, gozaban de buena apariencia. Buena genética, a la que había que sumar su estilo de vida. Mi padre hacía deporte, adoraba el turismo, era geólogo de profesión y pasaba mucho tiempo en expediciones. Mi madre es simplemente una de esas brujas que comen y no engordan. Mientras que yo siempre era una cabeza más alta que mis compañeros de clase. Luego sufrí de una úlcera de estómago y gané mucho peso. Y entonces, todo comenzó. Mi madre dijo que yo estaba gorda y mi padre lo confirmó. Cada kilo que yo perdía en mi propia batalla, mi madre lo comentaba con un “todavía te queda mucho camino por delante”.

Elegir ropa para mí siempre era una humillación. Sobre mi apariencia hubo comentarios del tipo: “No debes llevar un flequillo, tienes las mejillas de un hámster”. Ahora tengo bulimia. Siento una vergüenza tortuosa por cada trozo de comida. Al mismo tiempo, la sensación de hambre no me abandona, no siento saciedad en absoluto y puedo comer hasta reventar. Estoy convencida de que, si mis padres me hubieran apoyado, entonces no tendría estos complejos. © berenfang / Pikabu

Prohibición de sentimientos

Mi padre percibía mis lágrimas como una debilidad. Cuando estaba triste y lloraba, se ponía furioso, lo que provocaba que llorase todavía más. En la escuela secundaria empezaron mis problemas con la ansiedad y tuve que ir a un psicólogo del colegio. Cuando mi padre se enteró de esto, me llamó la reina del drama. No puedo expresar ni una sola emoción debido a cómo este se comporta conmigo. Incluso ahora, cuando ya tengo 21 años, visito a mi psiquiatra en secreto porque tengo mucho miedo de que mi padre se entere de eso y se burle de mí. © potatobug25 / Reddit

¿En tu infancia viviste historias o situaciones que hicieron que el resentimiento permaneciera contigo durante mucho tiempo? Cuéntanos a continuación. Tus comentarios son muy importantes para nosotros.

Imagen de portada berenfang / Pikabu