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19 Personas que se olvidaron palabras simples, pero no se dieron por vencidas y pudieron resolver la situación

La memoria humana es algo muy misterioso. Podemos recordar el precio de un helado que comimos en nuestra infancia o la regla del “gimlet”, pero al mismo tiempo olvidarnos por completo del cumpleaños del cónyuge o el segundo nombre de nuestra suegra. A veces, las palabras más simples pueden salir volando de la cabeza, y deben ser reemplazadas en el momento. Es allí cuando la fantasía tiene la oportunidad de deambular al máximo.

En Genial.guru estamos seguros de que los pequeños incidentes con la memoria no son una razón para avergonzarse, sino una oportunidad para crear nuevas palabras y practicar el arte de elegir sinónimos.

  • Le dictaba la receta de un platillo con pescado a un amigo, y entonces dije: “El mejor pescado para este platillo es... Ay, ¿cómo era? ¡Termina en ON!”. “¿Salmón?”. “¡No! ¿Qué otro pez termina en ON?”. Sufrimos durante unos 10 minutos. Resultó que era merluza. © Julia Obuhova / Facebook
  • Fui a la farmacia a comprar medicina. Cuando llegó mi turno, el nombre de las píldoras se me había olvidado. Miré a la farmacéutica con una mirada suplicante y dije: “Necesito el medicamento del anuncio en que un yerno va a la casa de su suegra y se come todo lo que hay”. Toda la cola se reía a carcajadas y la farmacéutica pudo entender de inmediato qué estaba buscando exactamente. © Elena Novitskaya / Facebook
  • Hice dos carreras universitarias, tengo dos licenciaturas. Después del nacimiento de mi tercer hijo, hubo un período en el que constantemente olvidaba las palabras. Por ejemplo, un día le dije a mi esposo: “Emmm, cómo era, el hijo de la vaca...”. Mi marido, sabiendo de mis olvidos, preguntó: “¿Y cómo se llama el hijo de una vaca?”. Tensé todos mis músculos de la memoria y exclamé: “¡Vaquito!” (asociándolo directamente con la palabra “vaca”). Mi esposo empezó a reírse a carcajadas y yo seguí con las preguntas: “¿Acaso lo dije mal?”. Él, entre risas, apenas pudo corregirme: “¡Ternero!”. Ahí fue cuando me acordé. ¡Nos reímos juntos durante mucho tiempo! © Marina Polshina-Maltseva / Facebook
  • Ayer, en una conversación de WhatsApp con una amiga que se había enfermado:
    Ella: “Es el fin, me convertí en un viejo guiñapo”.
    Yo: “Tú no eres un guiñapo, eres...” y nada. Le grité a mi marido, preguntando: “Sergio, ¿cómo se llaman las cosas viejas?”.
    Él: “Cachivache”.
    Yo: “No, las cosas caras, como obras de arte, etc.”.
    Él: “Antigüedades”.
    Fue así cómo, mientras escribía, me olvidé la palabra “antigüedad”. © Olga_S / Genial.guru
  • Mi hijo (en aquel momento tenía 12 años) dijo: “Hoy en la clase de inglés aprendimos lo que es... mmm... ¡Ah, sí! ¡Tos masiva!”. Después de una larga explicación, nos dimos cuenta de que se refería a la voz pasiva. © Ksaverija / Genial.guru
  • Una vez, cuando estaba en un sanatorio, olvidé cómo se le decía a la plancha. Me acerqué a la encargada y dije: “Por favor, deme esa cosa que hace psh, psh”. Ella se quedó mirándome con los ojos cuadrados. Traté de explicar: “Ay, cómo se llamaba... ¡La planchadora!”. Se rio, pero me entregó una plancha. © cupofcoffe / Pikabu
  • Escribo cuentos y poemas, pero me quedé parada en la caja durante 8 minutos y pedí que me dieran “3 bolsas de esa hierba fragante” ¡porque había olvidado la palabra “té”! © tapok__deda / Twitter
  • Hoy, en el examen de botánica, olvidé la palabra “lenteja” y escribí: “Tengo la palabra en la punta de la lengua, no recuerdo cómo se llama, pero se ve así”. Y dibujé una lenteja. © relarrr / Twitter
  • Me olvidé una palabra. De las más habituales, pero sucedió justo cuando más la necesitaba. Era “kilogramo”. Estaba haciendo cola, quería comprar papas. Se acercaba mi turno, y me di cuenta de que no podía formular lo que necesitaba. Me acordaba de que era una unidad de masa, que un litro de agua tenía la densidad de un... ¿un qué? Noté que al lado del precio estaba puesta la abreviatura “kg”. ¡Eso era!
    —Eeeh... Quiero papas. Un ki... kili... glimo. Un kiliglimo.
    Sentí que algo no estaba bien.
    La vendedora me miró raro, pero pesó mi pedido y me dijo el precio. Después de lo cual me preguntó alargando un poco las palabras, como si estuviera hablando con un menso: “¿Necesitas algo más?”. Y entonces me acordé de que también necesitaba manzanas:
    —Sí, manzanas, por favor.
    —¿Cuánto?
    Ya no me atreví a repetir kiliglimo, así que dije:
    —La misma cantidad que las papas. © Stirliz85 / Pikabu
  • Trabajaba en un restaurante que estaba en la zona turística de la ciudad. Obviamente, venían muchos extranjeros. Una vez vino un grupo de chicas que hablaban inglés. No conocían otros idiomas. Y teníamos un chico lingüista que hablaba inglés con fluidez. Este decidió ayudarle al mesero a tomar la orden. Ocurrió un incidente: las chicas no podían entender qué tipo de platillo era el “pato a la pekinesa”, y nuestro empleado había olvidado por completo cómo se decía “pato” en inglés. Y entonces trató de explicarles de varias maneras, pero no tuvo éxito. No podía fijarse en el traductor de Internet, ya que estaba prohibido usarlo en el trabajo. Desesperado, se paró frente a las chicas, se agachó y comenzó a agitar los codos y a gritar “cuac, cuac”. Ese método resultó ser efectivo, todo el restaurante se rio por un largo rato, pero lo principal fue que las chicas se dieron cuenta de que era un pato. Luego venían a comer solo a nuestro restaurante, y siempre le dejaban buena propina a ese chico. © Oídoporahí / VK
  • Estábamos hablando de gatos. Un colega preguntó sobre la edad del mío. Se me olvidó cómo se suele decir la edad, así que dije que tenía las seis y media. © AnzhieArt / Pikabu
  • Cuando tenía 5 años, viajábamos en tren. El único entretenimiento era mirar por la ventana los paisajes desérticos. Pasamos al lado de un asentamiento y me impresionó mucho un animal de orejas largas y hocico triste, que masticaba heno con cansancio a la sombra de un cobertizo. Quería enseñárselo a todos, pero se me olvidó su nombre... Y como era algo urgente, no encontré nada mejor que gritar a todo el vagón, apuntando con el dedo por la ventanilla: “¡Mira, un alce apoyado contra la cerca!”. Los pasajeros corrieron a la ventana para ver al alce... ¡Pude captar la atención de todos! Durante el resto del viaje, todo el vagón se reía recordando al burro triste apoyado contra la pared del cobertizo. © Oídoporahí / VK
  • Solo tuve bloqueo cerebral cuando estaba embarazada. Estábamos renovando el departamento en ese momento. Olvidé la palabra “taladro”. Así que le dije a mi marido algo como “hélice de clavos”. Y cuando decidí elogiarlo, diciéndole lo prudente que era, no pude recordar esa palabra y solté: “¡Qué vigía eres!”. © Zhanna Bartunskaya / Facebook
  • Siempre olvido la palabra “curita”. Así que en la farmacia digo algo como: “Deme esa, como era... ¡cinta médica! Bueno, me olvidé la palabra, pero sabe a lo que me refiero”. © MadNat / Pikabu
  • Mi esposa es doctora en Física Nuclear. Recuerda las masas de piones y muones, cualquier valor constante hasta diez dígitos después del punto decimal. Pero olvidar palabras es su pasatiempo favorito. Por eso en casa tenemos un “cubo con ruedas”, un “tubo con agua”, “la cosa peluda del piso” y “esa cosa de allá con esa otra cosa que se parece a... ay, olvídalo, lo traeré yo misma”. © Grib Muhomor / Genial.guru
  • Hace poco olvidé la palabra “perro”. Parecería que nada presagiaba problemas, pero en un intento de explicarlo, lo llamé “el padre del cachorro” y “gato ladrador”. © nikkoscemo / Twitter
  • Muchas veces olvido mi edad, en ocasiones algunas palabras elementales se me escapan de la memoria, pero las recuerdo en otros idiomas, así me salvo. En la última reunión, no pude recordar la palabra “colegas” y comencé mi discurso con “queridas personas que también trabajan aquí”. © Comentatorka / Genial.guru
  • Mi comadre tenía un gato llamado “Llorón”. Ella se tuvo que ir de viaje y yo iba a darle de comer al animal. Y un día, me olvidé por completo de cómo se llamaba. Como resultado, caminaba por su casa gritando: “¡Tristeza! ¡Tristeza, hora de comer!”. © Julia Kulagina / Facebook
  • Al final del embarazo, mi cerebro se negaba a funcionar, me olvidaba las palabras más simples. No podía recordar la palabra “fundas de almohada” en absoluto, así que las llamaba envoltorios de almohadas. Recuerdo cómo una vez llamé a mi marido y me puse a llorar porque no entendía lo que yo quería. Y yo solo pedía comprar manzanas peludas y un dulce erizo, lo que, traducido al idioma normal del embarazo, significaba duraznos y piña.

¿Alguna vez has olvidado palabras sencillas o tu memoria es impecable?

Imagen de portada Oídoporahí / VK
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