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Trabajé en un supermercado durante 3 años, y quiero hablarte sobre el lado oscuro de este trabajo

Me llamo Tania. Tras haber trabajado tres años en un supermercado, combinando el oficio de cajera y dependiente, quiero contarte por qué los empleados, a menudo, no son muy amables con los clientes, y por qué en las tiendas se encuentran productos de una calidad más que dudosa.

Especialmente para los lectores de Genial.guru, hoy quiero compartir mis recuerdos sobre este trabajo. Espero que mis consejos te ayuden a evitar decepciones a la hora de hacer tus compras para las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

Del humano al robot, solo un paso: trabajo en la caja

El trabajo en caja carecía de sentido y era monótono. Al día tenía que repetir mil veces: “Hola, ¿necesita bolsas? Gracias por la compra, esperamos verlo de nuevo”.

No podía evitar decir esa frase mágica, ya que podía ser gravemente sancionada: podía toparme con un “cliente misterioso” en cualquier momento, una persona especialmente contratada por la empresa cuya tarea era supervisar el cumplimiento de los estándares de servicio. Además, en nuestro supermercado había una escasez total de cambio. Desde la mañana hasta la noche les rogábamos a los clientes, experimentando una alegría puramente infantil cuando alguien acudía con una bolsa llena de monedas. Algunos se enfurecían cuando les decíamos aquello de “¿No tiene monedas sueltas?”.

El primer día de trabajo estuve en la caja durante 13 horas seguidas (con dos pausas de media hora cada una). Así trabajaban todos. Me dolía la espalda debido a que pasaba mucho tiempo sentada y, a consecuencia del escáner (teníamos uno fijo al que debíamos acercar los productos), me dolían y lloraban los ojos. Salía del supermercado a las once de la noche, y, obviando la falta de seguridad en la zona, caminaba hasta mi casa durante 20 minutos. Y no es que quisiera ahorrar dinero o ya no hubiera transporte público, simplemente sentía tantas molestias en la espalda que necesitaba andar al menos un poco. Los días en los que me tocaba organizar artículos en la tienda me resultaban mucho más llevaderos.

Chequeos humillantes

Cada día, cuando entregábamos todo lo acumulado en la caja registradora, una mujer del servicio de vigilancia de seguridad nos examinaba. Todos los monederos y las billeteras de los empleados se guardaban en una caja fuerte antes de que comenzara el turno, por lo que no podíamos llevar dinero encima. Personalmente, no tenía conflictos con esa vigilante, por lo que esos controles, en mi caso, eran puramente simbólicos: ella simplemente deslizaba sus manos, casi sin tocar, sobre mis hombros y caderas. Sin embargo, resultó que no ocurría así con todos mis compañeros.

Una vez, tras terminar el control, una joven que acababa de empezar a trabajar se me acercó. Y, llevándome a un lado, me preguntó: “¿Cómo te revisan a ti? ¿Está bien?”. Me encogí por dentro, sospechando que mis derechos eran infringidos de algún modo, pero pese a eso respondí: “Bien”. A lo que ella contestó: “A mí, cada vez, la vigilante me mete sus manos por debajo del bra comprobando si he escondido algo ahí”. Y todo eso teniendo en cuenta que llevarse algo no sería posible: se contaba el contenido de la caja justo antes de nuestra salida y, en caso de haber una diferencia en negativo, teníamos que abonarla con nuestro propio dinero.

Apuntamos 4, pensamos en 8, y a trabajar 15 horas

Las empleadas nuevas pronto se iban porque el sueldo no coincidía en absoluto con las condiciones laborales estresantes. Debido a eso, siempre faltaban trabajadoras. Solo 2 o 3 cajas funcionaban, la gente hacía filas kilométricas y casi no disponíamos de días libres. Una vez llegué a trabajar 13 días consecutivos. Algunos de ellos, con jornadas de 15 horas, aunque a todos nos habían contratado prometiendo con un horario laboral de 8 horas por 5 días, con dos días libres. Además, oficialmente, cotizando al estado por cuatro horas al día.

Y un día, al despertarme a las 6 de la madrugada con los ojos hinchados, torturados por los rayos infrarrojos del escáner y odiando todo lo que me rodeaba, llamé y dije que no iría a trabajar. A mitad del día me llamó la gerente, quien comenzó a persuadirme para que me quedara en mi puesto e incluso me prometió planificar una jornada laboral de 8 horas. Después de eso trabajé un par de meses más, pero al darme cuenta de que esas 8 horas volverían a convertirse en 15, firmé mi baja voluntaria y me marché.

Los artículos “del futuro” y otros secretos de los supermercados

Pronto me di cuenta de que el supermercado albergaba sus propias ideas sobre cuánto tiempo los productos permanecen frescos.

  • En ocasiones llegaban artículos “del futuro”, por ejemplo, en el yogur o en la leche se colocaba una fecha de producción para dos o tres días después. Cuando estos productos llegaban a la tienda, estaban perfectamente “frescos”. Los artículos que llevaban la fecha de producción de mañana o pasado mañana se guardaban en el almacén del supermercado, y solo el helado (pocas personas comprueban su fecha de caducidad) se colocaba inmediatamente en el congelador. Hubo casos en los que se confundían de número y el producto lucía la fecha de producción del año siguiente.

  • Si aprecias tu salud, es mejor que nunca compres productos a granel. Pueden haberse derramado, caído y haber sido pisoteados. Algunos no encajan con la normativa sanitaria, y por estos productos pueden pasar cucarachas, ratones e incluso pájaros. Está claro que las galletas que se caen serán colocadas en la misma caja. Bueno, nadie va a tirar los restos de caramelos o galletas, simplemente añadirán los frescos a ese contenido y los mezclarán. Así que, entre las galletas frescas puedes encontrar unas cuantas caducadas desde hace tiempo.

  • Al comprar tazas, es mejor que las limpies con agua hirviendo. Algunos trabajadores sin escrúpulos pueden beber de ellas hasta que lleven al trabajo la suya y luego volver a colocarlas en las estanterías. Quizás este sea un caso atípico, pero personalmente presencié una situación de este tipo. Una empleada, en repetidas ocasiones, tomó una taza para la hora de su almuerzo (¡una diferente cada vez!), hasta que la encargada la amenazó: “La próxima vez que tomes una taza, tendrás que comprarla”.

  • Si te diste cuenta de que el cajero no te devolvió el cambio, puedes exigir un recuento de lo existente en caja. Si en esta encuentran una cantidad de más, te devolverán el dinero. Aunque es posible solo hasta que termine el turno de ese cajero. Después, la cuantía en caja será entregada, siendo imposible devolver lo que no te han dado.

  • A menudo, los dependientes colocan artículos defectuosos en el frente de los estantes, ya que deben venderse lo antes posible: una botella con una tapa entreabierta, un paquete de galletas deteriorado o roto. Si una bolsa de algo congelado se rompe, esta puede sellarse cuidadosamente con cinta adhesiva y colocarse en el refrigerador, encima de otros productos congelados. Además, seguramente muchos ya saben que, en los supermercados, constantemente se hace una rotación: se colocan los productos más frescos hacia atrás, y los más antiguos, hacia adelante.

  • Pagamos por el aire. Los fabricantes cuentan con un truco de marketing que les permite vender más productos: llenan el embalaje con aire para que parezca más voluminoso. Este no es un engaño directo porque siempre podemos comprobar la etiqueta donde especifica el peso de los productos, pero, aun así, siempre nos decantamos por el embalaje que visualmente parece más grande.

  • No te lleves un producto con una fecha borrosa: tal vez la hayan cambiado. Aunque los artículos caducados se envían de vuelta al almacén para su eliminación, a veces, una parte retorna, pero con una fecha nueva.

  • Es mejor nunca comprar queso cortado y envasado en el mismo supermercado, y no solo porque cortan las piezas con cuchillos que no lavan sobre tablas que no han visto detergente en toda su vida útil, sino porque también se vuelven a envasar 5 o 6 veces para colocarles una nueva fecha de caducidad (mientras que la vida útil del queso cortado es de 7 a 10 días). Si quieres comprar un producto realmente fresco, júntate con un par de amigos y adquiere para todos una pieza completa, o mejor opta por una que venga ya envasada desde fábrica.

  • Haciendo fila, no solo los niños, sino también los adultos, a veces agarran chocolates o galletas. Los especialistas en marketing conocen a la perfección esta condición humana, por lo que, en el mostrador, al lado de la caja, a menudo se colocan productos que llevan tiempo en el lugar. Al tomarlos en el último momento no se te pasará por la cabeza comprobar su fecha de caducidad.

  • Cualquier producto al corte, y especialmente las ensaladas de elaboración propia, deben comprarse con precaución. Seamos sinceros: muchos empleados simplemente pagan por adquirir el carné para manipular alimentos. Es más rápido, más económico, y mucho más sencillo. Y, después de visitar el cuarto de baño, solo unos pocos se lavan las manos. Ve a cualquier servicio público y compruébalo por ti mismo.

El empleo en un supermercado es un trabajo desagradecido, rutinario y mal pagado. El período de prácticas y el inventario nocturno de los bienes no se pagan en absoluto; sin embargo, de nuestro salario mensual se descontaba una cantidad notoria debido a la falta de bienes por robo o deterioro a causa de algunos clientes. Pero, por muy extraño que parezca, para mí, este trabajo fue relativamente útil: aprendí cómo responder a las groserías y defenderme. Así que, si sufres por falta de autoconfianza y te quedas callado cuando alguien te insulta, bienvenido al mundo del comercio. En unos cuantos meses no quedará rastro de tu timidez.

¿Qué situaciones extrañas has vivido en carne propia o presenciado en un supermercado o en una tienda? Comparte tus historias y observaciones con nosotros en los comentarios.