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Una historia sobre cómo con perseverancia podemos resolver un problema

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Dicen que para superar nuestros límites, hay que ser perseverantes. Y es que, de pequeña, me detectaron un trastorno del lenguaje que me impedía entablar conversaciones normales con los demás por más esfuerzo que pusiera en intentarlo. Así es que tenía un problema que difícilmente podría solucionar de la noche a la mañana, pero ocurrió un hecho que impidió que me rindiera y me incentivó a que practicara todos los días para lograr percibir las palabras y hacerlas fluir de mi boca con naturalidad.

Soy Marisol, autora de Genial.guru, y quiero compartir esta historia con los lectores para demostrar que con una gran predisposición, podemos llegar muy lejos, aun si el mundo nos da la espalda por nuestra afección.

Desde pequeña, sentía que era diferente de los demás. No podía pronunciar bien ciertas palabras, por lo que “perro” pasaba a ser “pero”, y “ratón” era “datón”. Esto me causó problemas, porque muchos niños de mi edad se burlaban de mí “por hablar como bebé” y algunos adultos me tomaban por una malcriada que solo buscaba llamar la atención.

Por eso me costaba relacionarme y, al final, me tomaron por callada y tímida. Con mi familia, en cambio, era muy extrovertida. No paraba de hablar y siempre hacía travesuras. Sin embargo, mi mamá estaba muy preocupada por mi situación, por lo que me mandó a varios fonoaudiólogos y psicólogos a lo largo de mi infancia. Aunque conseguía comprender ciertos conceptos y modular algunas letras, todavía me era difícil conseguir amigos fuera de mi círculo familiar. Eso también se debía a que, cuando comenzaban las burlas, me ponía violenta y luego me alejaba. Vivía en mi propio mundo.

Pero cuando cumplí los doce años, la fonoaudióloga que me atendía en esos momentos le recomendó a mi madre que me llevara a talleres de teatro o declamación porque ya hablaba bastante bien, solo me faltaba ser más desenvuelta en público. En ese entonces me encantaba escribir y dibujar. Era capaz de llenar un cuaderno con mis cuentos y garabatos sacados de mi imaginación. Como ya dominaba la escritura, llegó la hora de practicar la expresión oral, y me anotaron en las clases de declamación.

La profesora era bastante atenta conmigo, aunque no tenía piedad. Su taller consistía en recitar poemas y reflejar las emociones de cada verso con la voz y el movimiento. Pero no solo se limitaba a que leyera la poesía en voz alta, sino que también debía anotar las palabras difíciles y buscarlas en el diccionario. Si notaba que había algo cuyo significado desconocía, me mandaba a investigarlo.

Esto ocasionó que, cuando encontraba el significado de la palabra, pudiese comprender mejor lo que recitaba y así sintiera una mayor emoción. Era como si pudiera empatizar con la persona que la escribió, por lo que las palabras fluían con naturalidad. Pero no me limité solo a buscar significados en la clase, sino que lo empecé a aplicar en otros ámbitos. Cuando veía una película o leía un libro, procuraba anotar aquello que no comprendía para buscarlo después. Esto me ayudó, también, a mejorar mis escritos y a redactar mis propios poemas.

A lo largo de ese año, conseguí pronunciar mejor las palabras, pero muchos de mis compañeros de escuela todavía pensaban que hablaba muy extraño. Y si venía un alumno nuevo, me preguntaba de qué país era. Mis padres me habían dicho que eso se debía a que “hablaba demasiado bien” y que podía asimilar la tonalidad o el dialecto de mi entorno. A esas alturas, si alguien hacía algún comentario al respecto, me jactaba de que, por lo menos, no hablaba “con una papa en la boca” como lo hacían los adolescentes de aquella época.

Y así llegamos a fin de año, cuando la profesora nos anunció a mí y a mis compañeros del taller que debíamos organizar una actuación en el teatro. La temática sería el medioevo, por lo que nos vestiríamos de doncellas y caballeros. Como éramos pocos, a cada uno le tocaba recitar un poema a elección en solitario, para luego finalizar con una dramatización breve en grupo.

Pero no me sentía contenta, debido a que todavía me costaba hablar delante del público. Era un gran problema cuando debía exponer en clase o en cualquier entorno que no fuese mi familia o el taller. ¿Y si se burlaban de mí? ¿Si me equivocaba en una cosa y resultaba que no era correcto? El pasado me había dejado traumas. La profesora me dijo que no importaba si me equivocaba, que eso suele pasar con bastante frecuencia en el escenario. Yo solo debía continuar como si nada, porque es parte del espectáculo cautivar al público y disfrutar de los resultados.

Cuando llegó el día, vi que todos mis compañeros estaban igual o más nerviosos que yo. Por lo menos sentía que teníamos algo en común en esos momentos. Algunos practicábamos en pequeños grupos para coordinar los movimientos con los versos. Una hora antes, hicimos un simulacro delante de la profesora y otros asesores que la acompañaban, quienes nos indicaban que debíamos movernos por todo el escenario y exagerar nuestras expresiones para que el público nos prestara atención.

Recordé que, hacía tan solo unos pocos meses, me costaba muchísimo hablar y moverme al mismo tiempo. Lo mío era hacer lo uno o lo otro, si no perdía la concentración con facilidad. Pero eso era el pasado, ya había logrado superarlo. Y si dejaba el miedo a un lado, lograría cautivar al público aun con mi forma de hablar.

Las personas comenzaron a llegar de a poco. La mayoría eran padres o amigos de los compañeros. Vi que no solo mi familia estaba ahí, sino también algunos compañeros del colegio. ¡Eso sí que me impresionó!

“Habla bien alto y claro”; “Muévete por el escenario”; “No te trabes si cometes un error”; “Olvida que hay un público mirándote. Tú solo recita y disfruta los aplausos”. Todo eso lo tuve en mente y, cuando llegó mi turno, vi un punto en el público que era bastante oscuro. Las personas no tenían rostro, o así me lo imaginaba. Por ello pensé que podría recitar sin dejarme guiar por las expresiones que haría el público ante mi actuación.

No recuerdo bien cómo fue. Solo sé que las cosas salieron con naturalidad. Los nervios iniciales se disiparon. Por primera vez, no me importó pronunciar mal las palabras, porque sentía que mi voz había mejorado. También mi modulación. Mi pronunciación. Y cuando finalicé con el espectáculo, recibí un caluroso aplauso del público. Especialmente, de mi familia y mis compañeros.

No continué con el curso después de eso. Pero siempre que puedo, recito alguna canción o poema en voz alta para no olvidarme de pronunciar bien las letras. También pude desenvolverme mejor fuera de mi entorno familiar, porque ya no me importaba cometer algún desliz y, pronto, todos mis compañeros del colegio se acostumbraron a mi acento peculiar.

La difícil barrera de la comprensión de las palabras había desaparecido. Ya podía entenderlas con claridad, comprender su significado y sentir lo que puede connotar y denotar cada una. Y todo por perseverar, saber que cuando se vence una dificultad, es momento de avanzar hacia otro nivel.

¿Piensas que las dificultades, cualesquiera que sean, pueden ser superadas con mucha predisposición? ¿Qué fue lo que te motivó a perseverar en tus sueños y proyectos?

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